Pasada la hora y media de naufragio, Titanic apaga a sus dos protagonistas y dedica poco más de dos minutos a gente de la que apenas sabemos el nombre. Todos existieron, casi todo lo que hacen está documentado, y lo que no lo está explica bastante bien cómo funciona la película entera.
El violinista Wallace Hartley (lo interpreta Jonathan Evans-Jones, violinista profesional de verdad) despide a su banda con una frase corta, la banda se dispersa por la cubierta inclinada y él se queda solo tocando. Uno a uno vuelven. Y entonces James Cameron hace algo que una película de 200 millones de dólares y 195 minutos no suele permitirse: durante poco más de dos minutos retira a sus dos estrellas de la pantalla y monta un inventario de muertes ajenas.
No hay diálogo, salvo un rezo. No hay rescate. No hay ni un solo plano de Leonardo DiCaprio ni de Kate Winslet. Es la secuencia mejor construida de la película y también la más discutible, y las dos cosas por el mismo motivo.
Seis destinos, seis planos
El montaje encadena viñetas de personas reales, y conviene saber quiénes son porque la película no se detiene a presentarlas:
- El matrimonio abrazado en la cama mientras entra el agua son Isidor e Ida Straus, 67 y 63 años, copropietarios de los almacenes Macy's. Ida se negó a subir a un bote sin su marido. El superviviente Archibald Gracie recogió su frase: «No me separaré de mi marido. Como hemos vivido, moriremos: juntos». El cuerpo de Isidor apareció; el de Ida, nunca.
- El hombre de esmoquin con la copa en la mano es Benjamin Guggenheim, 46 años, que se cambió de ropa durante la evacuación. Su camarero, Henry Etches, sobrevivió y transmitió el mensaje: se habían vestido con sus mejores galas y estaban preparados para hundirse como caballeros.
- El hombre solo frente al reloj del salón de fumadores es Thomas Andrews, el ingeniero que diseñó el barco.
- El capitán que se encierra en la timonera es Edward Smith.
- El sacerdote que reza en la popa es el padre Thomas Byles, 42 años, que rechazó dos veces un sitio en un bote para quedarse confesando y dando la absolución a los pasajeros atrapados en la popa. En pantalla recita el Apocalipsis 21,4.
- La madre irlandesa que arropa a sus dos hijos y les cuenta Tír na nÓg, la tierra de la eterna juventud, es la única que no tiene nombre real. La actriz sí es un guiño: Jenette Goldstein, la Vasquez de Aliens y la madre adoptiva de John Connor en Terminator 2. Cameron la ha usado en tres películas y aquí la coloca en el único plano de tercera clase de toda la secuencia.
Ese reparto no es casual. Cinco de las seis viñetas son de primera clase o de la tripulación: son las muertes de las que hay testimonio escrito porque las contaron supervivientes con acceso a la prensa. La sexta, la anónima, es la que representa a los cientos que murieron sin que nadie recogiera su nombre.
El himno que nadie puede demostrar
La banda de Hartley tenía ocho músicos. Murieron los ocho. Que tocaran hasta el final está sostenido por muchos testimonios; qué tocaron al final, no.
«Nearer, My God, to Thee» tiene dos melodías distintas: Bethany, la habitual en Estados Unidos, y Horbury, la que habría reconocido cualquier británico. Hartley era inglés, de Lancashire, así que lo lógico sería Horbury. Cameron eligió Bethany, que es la que su público mayoritario reconocería de inmediato: la decisión no es histórica, es de eficacia emocional.
Y hay una tercera versión. Harold Bride, el operador de radio, declaró que lo último que oyó fue «Autumn», que suele interpretarse como el vals Songe d'Automne. Bride fue un testigo poco consistente y la mayoría de historiadores se inclina por el himno, entre otras cosas porque ese vals es difícil de tocar de memoria. Pero el dato existe y la película no lo menciona.
James Horner resolvió la costura con elegancia: el himno empieza como música que suena dentro del barco, tocada por los músicos, y va convirtiéndose en la partitura orquestal que arrastra el resto de la secuencia. Cuando dejamos de ver a la banda, el himno sigue sonando, pero ya no lo toca nadie.
Lo que la secuencia arregla y lo que se calla
Cameron trabajó con los historiadores Don Lynch y Ken Marschall, autores de Titanic: An Illustrated History, y bajó doce veces al pecio en 1995 con los sumergibles Mir. Lynch tiene incluso un cameo sin acreditar en la película, como el pasajero Frederic Spedden mirando a su hijo hacer girar una peonza. El rigor está, pero es selectivo.
Andrews frente al cuadro Plymouth Harbour, de Norman Wilkinson, viene del relato de un camarero, John Stewart, que abandonó el barco en el bote 15 hacia la 1:40. Hay testimonios que lo sitúan después ayudando en cubierta y lanzando tumbonas al agua para que sirvieran de flotadores. Es decir: la imagen más famosa de Andrews es probablemente un momento intermedio convertido en final.
Con los Straus pasa algo parecido, y aquí sabemos que Cameron lo sabía. Rodó una escena en la que Isidor intenta convencer a Ida de subir al bote —que es lo que describen los supervivientes, en cubierta— y la descartó. Se quedó con la cama inundándose, un plano que viene directamente de La última noche del Titanic (1958), la película que Cameron ha citado siempre como referencia. Entre el documento y la imagen, ganó la imagen.
El caso Murdoch, o el mismo criterio al revés
Lo interesante es comparar esta secuencia con lo que la película hace media hora antes. El primer oficial William Murdoch aparece aceptando un soborno, disparando a un pasajero y suicidándose. No hay ninguna prueba de nada de eso, y la propia Fox lo admitió por escrito. En 1998, el vicepresidente del estudio, Scott Neeson, viajó a Dalbeattie, el pueblo escocés de Murdoch, se disculpó ante su sobrino de 80 años y entregó 5.000 libras para el premio que lleva el nombre del oficial en el instituto local. Cameron ha reconocido después que fue un error.
Los mismos guionistas, la misma película, el mismo material histórico. Con los Straus, Guggenheim y Byles, Cameron se limita a poner en imágenes lo que ya contaban los testigos, y no hace falta más. Con Murdoch inventó un villano porque el tercer acto necesitaba tensión. Cuando la historia real bastaba, la secuencia es formidable; cuando no bastaba, la película mintió sobre un muerto con descendientes vivos.
Dos violines
Añadan a esto un detalle de producción que suele pasarse por alto: el agua del tanque de Rosarito, donde se rodó el hundimiento, estaba a unos 27 °C. El vaho helado que sale de las bocas es un efecto digital añadido después. Todo ese frío que se ve es falso; el frío que pasó Kate Winslet, hasta el punto de sufrir hipotermia por las horas acumuladas en el agua, no.
Y un epílogo con cifras. El violín que Hartley llevaba encima apareció con su cuerpo, con la placa grabada por su prometida —«For WALLACE on the occasion of our ENGAGEMENT from MARIA»—, y se subastó en octubre de 2013 en Devizes por 900.000 libras. El violín de atrezo que sostiene Evans-Jones en la película también acabó en subasta: 54.000 libras. Un objeto vale dieciséis veces más que el otro, y los dos deben su precio a la misma escena.
The source, in a museum
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