De Vitoria a Lisboa, el mismo monstruo responde a doce nombres distintos y casi ninguno se inventó de la nada: detrás de la mitad hay un sumario, un garrote vil y un cadáver con nombre y apellidos. Recorrido por el mapa español del miedo infantil, provincia a provincia, justo cuando el cine vuelve a Álava a buscar al primero de todos.
Un niño de Vitoria y otro de Águilas se acostaban en 1900 con la misma amenaza encima de la cama y no habrían sabido entenderse. Al de Vitoria le decían que venía el Sacamantecas; al de Águilas, el Tío Saín. Cien kilómetros más allá era el Butoni, o lo Marraco, o el tío Camuñas. La criatura es la misma —un hombre solo, un saco, un niño que no vuelve— pero el idioma cambia con la provincia, y con el idioma cambia también de qué caso real salió.
Porque eso es lo interesante, y es lo que casi nunca se cuenta junto: los nombres del hombre del saco ibérico se reparten en tres familias gramaticales. Están los que comen (el papão portugués, el papón asturiano, el papu catalán, todos del latín pappare, comer, con aumentativo). Están los que solo enseñan la cara (el coco, la coca, el marraco, la bubota: máscaras, calabazas huecas, figuras de procesión). Y están los que extraen: sacamantecas, sacaúntos, tío del unto, tío Saín. Esta tercera familia es la única que deja rastro en los archivos judiciales. Los que comen y los que asustan son folclore. Los que extraen tienen sumario.
Sacamantecas, la película que David Pérez Sañudo presenta en el Festival de San Sebastián con Antonio de la Torre y Patricia López Arnaiz, vuelve al primer nombre de esa lista. Aprovechemos para recorrer los demás.
Eguílaz y Vitoria (Álava)
Juan Díaz de Garayo nació en Eguílaz el 17 de octubre de 1821, jornalero analfabeto. Mató a seis mujeres en dos rachas separadas, entre 1870 y 1874 y entre 1878 y 1879, y las mutiló con una saña que se adelantó casi veinte años a Whitechapel. El apodo no se lo puso él: la voz «sacamantecas» ya circulaba por Castilla y el norte desde principios del XIX, y Vitoria se limitó a colgársela al hombre que tenía a mano. Murió a garrote vil el 11 de mayo de 1881, en el patio de la antigua Casa de la Pólvora.
Lo que convierte el caso en algo más que una crónica de sucesos es lo que vino después. Ese mismo año, el doctor José María Esquerdo pronunció sus dos conferencias tituladas «Locos que no lo parecen», tomando a Garayo como ejemplo para sostener que aquel hombre no era un monstruo sino un imbécil moral, un enfermo. Ahí, sobre el cadáver de un jornalero alavés, empieza a discutirse en España la imputabilidad del criminal. El coco, sin querer, fundó una disciplina.
Allariz (Ourense)
Treinta años antes ya había pasado, y con el nombre gallego. Manuel Blanco Romasanta, nacido en 1809 en Regueiro, buhonero y hilandero, atrajo entre 1846 y 1852 a mujeres y niños con promesas de trabajo en Castilla. Confesó trece muertes; se le probaron nueve. Vendía el unto: de ahí o sacaúntos, o home do unto. En el juicio de Allariz alegó que una maldición lo convertía en lobo las noches de luna llena, y ese es el primer proceso español en que un tribunal tiene que pronunciarse sobre la licantropía.
La sentencia de garrote llegó el 6 de abril de 1853. Y entonces ocurrió algo poco creíble: un hipnotizador francés que jamás lo vio ni pisó España escribió al ministro de Gracia y Justicia diciendo que aquello era una monomanía tratable. Por real orden de 13 de mayo de 1854, Isabel II le conmutó la pena por cadena perpetua.
Redondela (Pontevedra)
Bajemos a la ría. Aquí el monstruo no se lleva a nadie de noche: sale a la calle el día del Corpus, a plena luz, y se llama a Coca. Hay noticias de la fiesta desde el siglo XVI, y versiones hermanas en Betanzos, Baiona, Tui o Pontevedra. La leyenda dice que la bestia salió del mar y devoró a unas muchachas hasta que unos mozos con espadas la mataron; de ahí la danza de espadas que aún se baila.
Y aquí está el eslabón que casi nadie coloca: coca y coco son la misma palabra. Covarrubias, en su Tesoro de la lengua castellana de 1611, define coco como, en lenguaje de niños, figura que causa espanto, sobre todo si está a oscuras o es de color negro. El coco no era un ser: era una careta. La misma careta que en Redondela desfila con permiso municipal.
Lisboa, sobre la ribeira de Alcântara
Al sur de la raya, el monstruo se llama papão, el que papa, el gran comedor. Pero Lisboa dio también su versión de carne y hueso, y la dio con acento gallego: Diogo Alves, nacido hacia 1810 en Galicia, emigrado a la capital, se apostaba en el estrecho paso del acueducto de Águas Livres para robar y arrojar a sus víctimas desde unos sesenta y cinco metros. La policía tardó en darse cuenta porque contabilizaba aquello como una racha de suicidios. Fue ahorcado el 19 de febrero de 1841, aunque no por el acueducto, sino por el asalto a casa de un médico. Le cortaron la cabeza para estudiarla y ahí sigue, en formol, en la Facultad de Medicina de Lisboa. Es probablemente el único hombre del saco europeo al que se le puede mirar a la cara.
Gádor (Almería)
El nombre castellano estándar, «el hombre del saco», se fija en 1910 y se fija aquí. La noche del 27 de junio, Francisco Leona, barbero y curandero, se llevó a Bernardo González Parra, siete años, del vecino pueblo de Rioja. Lo mataron al día siguiente. El encargo venía de Francisco Ortega, «el Moruno», cincuenta y cinco años, tísico y con dinero, a quien la curandera Agustina Rodríguez había convencido de que la sangre y la grasa de un niño sano curaban la tuberculosis.
Repárese en lo que significa: la superstición del sacamantecas no era una fábula para dormir críos, era una prescripción médica. La grasa humana, axungia hominis, había figurado durante siglos en los recetarios europeos. Leona murió en la cárcel antes del garrote; Ortega y Agustina fueron ejecutados; a Julio «el Tonto» le conmutaron la pena por demencia. La prensa nacional lo llevó a todos los pueblos, y con la crónica viajó la frase.
El Raval (Barcelona)
Dos años después le tocó a Barcelona, con la variante urbana y femenina. El 27 de febrero de 1912 una vecina avisó a la policía al ver asomada a la ventana a Teresita Guitart Congost, desaparecida días antes. Vivía en casa de Enriqueta Martí. La prensa la bautizó la Vampira del Raval y le atribuyó ungüentos de grasa infantil y clientela de la buena sociedad. Murió en la prisión de Reina Amàlia el 12 de mayo de 1913 sin que se le probara jamás un solo asesinato. Historiadoras que han vuelto sobre el sumario sostienen que buena parte del monstruo lo fabricaron los periódicos. Es el punto exacto en que el hombre del saco deja de nacer en la aldea y empieza a nacer en la rotativa.
Camuñas (Toledo)
Hacia el interior, el coco tiene DNI y hoja de servicios. El tío Camuñas fue Francisco Sánchez Fernández, «Francisquete» (1762-1811), guerrillero manchego natural de Camuñas al que temían las columnas de Napoleón. Cayó herido y prisionero y lo fusilaron el 13 de noviembre de 1811 junto a las murallas de Cuenca, a los cuarenta y nueve años. «¡Que viene el tío Camuñas!» empezó siendo un aviso militar en los caminos; acabó siendo lo que se le dice a un niño que no se duerme. Un héroe convertido en amenaza doméstica por puro desgaste oral.
Sierra de la Almenara (Murcia)
En el sureste el nombre es el más franco de todos: el Tío Saín. Saín es la grasa del animal. Sombrero de fieltro negro y grasiento, chozo en la sierra al sur de Cotes, y la promesa de sacarte la sangre o la manteca y tirarte a un pozo. Comparte territorio con el Tío del Saco y el Tío Garrampón. En Extremadura, Soria, Aragón y Ciudad Real la misma criatura se llama Tío Sacamantecas, y en tierras aragonesas se le añade el detalle vampírico de la sangre.
L'Horta de València
Aquí conviven dos: l'home del sac, calco del castellano, y el autóctono Butoni, que muta con la comarca —Botoni en la Safor, Bataroni en las Riberas, Batoni, Butatoni—. El Butoni es más antiguo y más demonio que ladrón de niños, y su nombre llegó a saltar del cuento a la vida civil: en Valencia se conoció como «ronda del Butoni» a un cuerpo de vigilancia nocturna posterior a la Guerra de la Independencia. Ponerle a la policía el nombre del coco es una decisión de una sinceridad admirable.
Lleida
Y en Ponent el miedo se hizo cartón piedra. Lo Marraco es el dragón de boca desmesurada con el que se amenazaba a los críos de Lleida, y desde 1907, año de su primera figura oficial, es también parte del séquito festivo de la ciudad. Un caso limpio del recorrido completo: amenaza doméstica, personaje de calle, patrimonio municipal. El coco termina en la comparsa.
Grado, Zaragoza y Palma
Quedan los que nunca tuvieron sumario. En el occidente asturiano, el Papón: papada enorme, ojos de fuego, estómago de horno. En Aragón, el Cocón, aumentativo del coco. En Mallorca, sa Bubota, la bubota negra, que a veces era literalmente un muñeco muy oscuro que se le enseñaba al niño. Ninguno de los tres se llevó a nadie de verdad, y por eso ninguno tiene fecha ni expediente. Sobrevivieron igual. Quizá mejor: nada envejece peor que un monstruo con biografía.
Lo que enseña el mapa
Puestos en fila, los nombres dibujan una geografía económica antes que fantástica. Donde había buhoneros de caminos, el monstruo vende unto. Donde había tisis y curanderos con clientes ricos, el monstruo receta sangre de niño. Donde llegó el ferrocarril, se contó que la grasa que engrasaba aquellos monstruos de metal salía de los críos desaparecidos. Y donde llegó el periódico de gran tirada, el monstruo dejó de ser vecino para volverse personaje. El hombre del saco no ha cambiado nunca de oficio: se limita a hacer lo que en cada comarca daba más miedo perder.
Goya lo entendió antes que nadie. El capricho número 3 de la serie de 1799 se titula «Que viene el coco» y no está del lado del coco: retrata a una madre encogiendo a sus hijos con una sombra, y lo que denuncia es el método, no el monstruo. Esa estampa lleva desde entonces en dominio público, y es de ahí —de la estampa, no de la leyenda— de donde sacamos una de las camisetas que llevamos en la tienda. Nos gusta que la broma sea doble: la lleva puesta alguien a quien de pequeño le dijeron exactamente eso.
The source, in a museum
The Metropolitan Museum of Art · public domain · record
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