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Tadeo Jones y la lámpara maravillosa

dialogo

¿A qué año mando a la momia? Un egiptólogo contesta al guionista

Un genio concede un deseo y una momia pide volver a cuando era joven. Nadie pregunta a qué año exactamente, y ahí empieza el problema: Egipto duró tres mil años y en ese margen cabe cualquier disparate. Hemos sentado a discutirlo a un egiptólogo y a un guionista de cine familiar.

Tadeo Jones y la lámpara maravillosa se estrena el 26 de agosto de 2026, dirigida otra vez por Enrique Gato y escrita por Manuel Burque y Josep Gatell. Tadeo y Sara son ahora padres de Olimpia, una niña de dos años, y Momia —celoso de haber dejado de ser el centro de atención— usa la lámpara de Las mil y una noches para pedir volver a la época en que era joven y todos lo adoraban. El viaje los arrastra desde Paititi hasta la Grecia clásica y la cueva de Alí Babá. Petra Martínez pone voz a la genio; Carlos Latre, entre otros, a Jeff y a Belzoni.

Sobre esa excusa hemos montado la conversación que sigue. Los dos interlocutores son un artificio —Irene Caldas y Damián Rota no existen, son la egiptóloga y el guionista que uno imagina discutiendo en una sala de reuniones—, pero lo que se dicen no lo es: cada dato viene de una excavación, un papiro o un estudio publicado, y va con su nombre puesto.

«Mi momia quiere volver a cuando era joven. ¿A qué año la mando?»

Caldas. Esa pregunta es la película entera y normalmente nadie la hace. Egipto dinástico dura casi tres milenios. Entre la Gran Pirámide, hacia 2560 a. C., y la muerte de Cleopatra en 30 a. C. hay unos 2.500 años. Entre Cleopatra y el primer alunizaje hay menos de 2.000. Cleopatra vivió más cerca de nosotros que de las pirámides.

Rota. El público no distingue.

Caldas. No necesito que distinga. Necesito que la película no mezcle. Si tu momia es del Imperio Antiguo, no puede saludar a nadie llamándolo «faraón»: pr-ꜥꜣ, «casa grande», designaba el palacio, no a la persona. El primer caso seguro de la palabra aplicada al rey es una carta dirigida a Akhenatón, ya en la dinastía XVIII, más de mil años después de Keops.

Rota. O sea que mi momia lleva mil años llamándose mal.

«La lámpara. ¿Cuánto me estoy inventando si la entierro en Egipto?»

Caldas. Del todo, pero el invento no es tuyo. Aladino no aparece en los manuscritos árabes antiguos de Las mil y una noches: es uno de los llamados cuentos huérfanos. Antoine Galland lo anotó en París en 1709 de boca de Hanna Diyab, un maronita de Alepo, y lo situó en «China», que en la geografía mental de la época significaba sencillamente el confín del mundo.

Rota. Entonces estoy robando dos veces.

Caldas. Estás heredando. El problema no es la lámpara, es el paquete: pirámide, genio, camello y Cleopatra en el mismo plano, como si fueran la misma cultura y el mismo siglo. Por cierto, las lámparas egipcias existían y no tenían pico ni panza: eran cuencos abiertos con una mecha flotando en grasa o aceite.

«Necesito el plano de los esclavos arrastrando el bloque. ¿Me lo quitas?»

Caldas. Te lo quito. En abril de 1990 el caballo de una turista tropezó con un muro de adobe en la meseta de Guiza. Debajo estaba el cementerio de los constructores. Mark Lehner y Zahi Hawass acabaron sacando la ciudad obrera entera: barracones, panaderías, cervecerías, carnicerías, graneros, fundición de cobre. Los enterrados comían pan, cerveza y bastante vacuno. Hawass lo resumió así: si hubieran sido esclavos, jamás los habrían enterrado en Guiza.

Rota. Vale, pero me acabas de quitar el conflicto. ¿Qué pongo?

Caldas. Logística, que es mejor. En 2013, la misión de Pierre Tallet halló en Wadi al-Yarf, en el mar Rojo, los papiros escritos más antiguos que se conocen. Uno es el diario de un inspector llamado Merer, del año 27 de Keops: anota travesías en barco cargando caliza de Tura para el revestimiento de la pirámide, del orden de treinta bloques de dos o tres toneladas por viaje, dos o tres viajes por cada semana de diez días. Tu película de aventuras es, en realidad, una película de transporte fluvial con plazos.

Rota. Los plazos no emocionan.

Caldas. Entonces coge la huelga. Año 29 de Ramsés III, hacia 1157 a. C.: los artesanos de Deir el-Medina llevan dieciocho días sin cobrar su ración de grano, sueltan las herramientas y marchan gritando que tienen hambre. Lo registró el escriba Amennajt y el documento se conoce como Papiro de la Huelga de Turín. Es la primera huelga documentada de la historia. Tiene protagonistas, agravio, ultimátum y sentada. Es un tercer acto, gratis.

«Sin maldición no tengo tercer acto. Dame algo.»

Caldas. La maldición tiene fecha de nacimiento y no es antigua. El 24 de marzo de 1923, en el Daily Express, la novelista Marie Corelli se preguntó en público si de verdad había sido un mosquito lo que tenía enfermo a lord Carnarvon. Doce días después, el 5 de abril, Carnarvon moría en El Cairo de neumonía tras una erisipela: se había infectado una picadura al afeitarse. Corelli pasó de novelista a vidente en menos de dos semanas.

Rota. Ya, pero murió gente.

Caldas. Se contó. En 2002, Mark R. Nelson publicó en el BMJ un estudio de cohortes con los 44 occidentales que Howard Carter situó en Egipto en las fechas clave; 25 estuvieron expuestos a la supuesta maldición. Edad media de fallecimiento: 70 años frente a 75. Supervivencia posterior a la exposición: 20,8 años frente a 28,9. Las diferencias no fueron significativas —p igual a 0,87 y a 0,95—. Conclusión literal: no hay pruebas que sostengan la existencia de la maldición.

Rota. Me has matado el clímax.

Caldas. Te doy uno mejor y verdadero. En el año 16 de Ramsés IX, el alcalde de la Tebas oriental, Paser, acusó al de la occidental, Paweraa, responsable de la necrópolis, de estar detrás del saqueo sistemático de las tumbas reales. Hubo comisión, inspección de diez tumbas de reyes, interrogatorios y juicio; consta en el papiro Abbott y en otros documentos relacionados. Se comprobó que la tumba del rey Sobekemsaf II había sido violada. Y a Paser, el denunciante, lo desacreditaron. Un caso de corrupción con final amargo es más antiguo, más egipcio y más interesante que una maldición inventada por un periódico londinense.

«Tengo un camello en el storyboard y un carro de guerra. ¿Los dos?»

Caldas. Depende del siglo, y el camello es el más tramposo. No se generaliza en Egipto como animal de carga hasta el primer milenio a. C. Hay indicios anteriores sueltos y muy discutidos —algún petroglifo, alguna figurilla—, pero el Egipto de las pirámides se mueve a burro y, sobre todo, en barca: el Nilo es la autopista. El caballo y el carro entran con los hicsos y en la dinastía XVIII ya son identidad real.

Rota. El camello dice «Egipto» en un solo fotograma.

Caldas. Dice «Egipto de postal», que es otra cosa. Si necesitas taquigrafía visual, tienes la vela cuadrada río arriba: eso también se lee en un fotograma y encima es cierto.

«Uno de mis personajes se llama Belzoni. ¿Existió?»

Caldas. Y es mejor que cualquier cosa que escribas. Giovanni Battista Belzoni, nacido en Padua en 1778, fue forzudo de circo en Londres antes de excavar nada. En 1817 organizó a unos doscientos hombres para desenterrar la fachada del gran templo de Abu Simbel, sepultada bajo la arena. El 18 de octubre de ese mismo año abrió la tumba de Seti I, la KV17. En 1818 fue el primer europeo moderno en entrar en la pirámide de Kefrén, y se llevó a Inglaterra la cabeza colosal de Ramsés II.

Rota. Eso ya es un personaje de dibujos.

Caldas. Y ahí está la trampa, porque Belzoni es exactamente el eslabón entre el explorador y el saqueador. El chiste te sale solo; la línea es finísima.

«Si sólo me dejas cuidar un detalle, ¿cuál?»

Caldas. El color y el olor. Los templos y las tumbas estaban pintados, no eran de piedra desnuda color arena. Y en febrero de 2023 un equipo publicó en Nature el análisis de 31 vasijas de un taller de embalsamamiento de Saqqara, de entre 664 y 525 a. C. Muchas llevaban escrito para qué servía la mezcla —«para poner en su cabeza»— y dentro había resinas de pistacia, de coníferas, dammar y elemí. El elemí procede de Canarium luzonicum, un árbol de bosques tropicales del sudeste asiático. Una momia egipcia huele a comercio de larguísima distancia.

Rota. Eso no se ve.

Caldas. Se ve si tu momia deja de ser un rollo de vendas polvorientas y pasa a ser algo caro. Y respeta los setenta días: Heródoto los contó en el libro II de sus Historias y la arqueología se lo confirma, aunque falle en los detalles. De hecho, en torno a una quinta parte de las momias examinadas conserva el cerebro dentro, así que ni siquiera el gancho por la nariz era la norma que él describió.

Rota. Última pregunta. Si mi momia vuelve a su juventud, ¿qué es lo único que no le perdonarías?

Caldas. Que no tenga oficio. Todos los egipcios que conocemos por su nombre lo conocemos por su trabajo: Merer transportaba piedra, Amennajt escribía actas, Paser denunciaba. Una momia sin gremio no es un personaje antiguo, es un disfraz.

Ese Egipto —el de los cuadernos de bitácora, el de la huelga por el grano atrasado, el de los alcaldes acusándose entre sí— lleva siglos en dominio público y sigue siendo mucho menos conocido que su versión de atrezo. Es de ahí, de las láminas y los jeroglíficos que ya no pertenecen a nadie, de donde salen los diseños que acabamos imprimiendo en camisetas: no del genio de la lámpara, que es francés de 1709, sino del inspector que apuntaba cuántos bloques cabían en la barca.

The source, in a museum

Book of the Dead of Khamhor
Book of the Dead of Khamhor · 664–525 BCE
The Metropolitan Museum of Art · public domain · record
Standing Figure with Feathered Headdress
Standing Figure with Feathered Headdress · 12th–early 13th century
The Metropolitan Museum of Art · public domain · record
"The Concourse of the Birds", Folio 11r from a Mantiq al-Tayr (Language of the Birds)
"The Concourse of the Birds", Folio 11r from a Mantiq al-Tayr (Language of the Birds) · Habiballah of Sava · ca. 1600
The Metropolitan Museum of Art · public domain · record