El aprendiz de pañero que estudió con el bulldog de Darwin
Herbert George Wells nació en Bromley (Kent) el 21 de septiembre de 1866, y murió en Londres el 13 de agosto de 1946. Entre medias hubo tres años de aprendiz de pañero en el Hyde's Drapery Emporium de Southsea (1880-1883) y una beca que lo sacó de allí: de 1884 a 1887 estudió biología en la Normal School of Science de South Kensington con Thomas Henry Huxley, el zoólogo al que llamaban «el bulldog de Darwin».
De ahí sale lo que separa a sus monstruos de los demás: tienen anatomía y tienen un porqué. El marciano no es un hombrecillo verde, es un organismo al que la evolución le ha atrofiado el cuerpo y le ha hinchado el cerebro. Los eloi y los morlocks son una diferencia de clase estirada un millón de años. Fue candidato al Nobel de Literatura cuatro veces y no lo ganó.
Cuatro novelas en cuatro años
Cuatro libros escritos casi seguidos, cuando Wells rondaba los treinta:
- La máquina del tiempo (1895). Venía de The Chronic Argonauts, relato de 1888 publicado en la revista de su escuela. Se serializó en The New Review entre enero y mayo de 1895 y salió en libro con Heinemann el 29 de mayo. La expresión «máquina del tiempo» es suya: antes no existía.
- La isla del doctor Moreau (1 de enero de 1896). The Times la despachó como repugnante y repulsiva, y el zoólogo Peter Chalmers Mitchell lo acusó de hereje científico. Las ventas subieron.
- El hombre invisible (1897), primero por entregas en Pearson's Weekly y luego en libro con C. Arthur Pearson.
- La guerra de los mundos: por entregas en Pearson's Magazine de abril a diciembre de 1897 —cobró 200 libras por los derechos— y en libro con Heinemann el 19 de enero de 1898.
Después llegarían Los primeros hombres en la Luna (1901), con su esfera de cavorita, y La forma de las cosas por venir (1933), que él mismo llevaría al cine.
El inventario: latón, vendas y tres patas
Wells describe cosas, no atmósferas, y por eso se puede dibujar. El marciano de 1898 tiene una cabeza y un cerebro enormes, dos ojos grandes y una boca de pico sobre un cuerpo de pulpo, con tentáculos como látigos que le hacen de manos y de patas. Lo que asusta son las máquinas: el trípode encapuchado, el rayo de calor, el humo negro, las máquinas manipuladoras y la hierba roja que se traga el paisaje donde hay agua.
La máquina del tiempo es lo contrario: mobiliario victoriano, latón, sillín y unas palancas que el viajero se guarda en el bolsillo. Alrededor, la Esfinge Blanca que esconde el aparato, el Palacio de Porcelana Verde hecho museo en ruinas y, al final, una playa de bichos con forma de cangrejo bajo un sol rojo que se apaga.
Al invisible se le reconoce por lo que se pone encima: sombrero de ala ancha, gabán, guantes y la cara entera vendada salvo una nariz postiza, en la posada del Coach and Horses de Iping. Y en la isla de Moreau están la Casa del Dolor, el Hombre-Leopardo, la Hiena-Cerdo y el Decidor de la Ley recitando la letanía: «No andar a cuatro patas; esa es la Ley. ¿Acaso no somos hombres?».
Lo que el cine cogió y lo que se inventó por su cuenta
La isla de las almas perdidas (Paramount, 1932), de Erle C. Kenton, con Charles Laughton de Moreau y Bela Lugosi de Decidor de la Ley, estuvo prohibida en el Reino Unido hasta 1958; Wells la detestó. El hombre invisible (Universal, 1933) la dirigió James Whale con Claude Rains, y el efecto lo firmó John P. Fulton: mallas de terciopelo negro sobre decorados de terciopelo negro y unos 63.000 fotogramas retocados a mano. La cara de Rains solo se ve cuando muere. Cuatro secuelas entre 1940 y 1944.
La vida futura (1936) es el caso raro: la produjo Alexander Korda, la dirigió William Cameron Menzies y la escribió el propio Wells, con instrucciones suyas hasta para el vestuario y la música; de lo que rodó László Moholy-Nagy para la reconstrucción de Everytown quedaron noventa segundos.
Los dos clásicos de George Pal ganaron el Oscar de efectos. En La guerra de los mundos (1953), de Byron Haskin, el diseñador Albert Nozaki cambió el trípode por una manta raya de cobre que flota sobre tres patas invisibles que chispean al tocar el suelo, con el rayo de calor en una cabeza de cobra; 1,4 de los 2 millones del presupuesto se fueron en efectos. En El tiempo en sus manos (1960), con Rod Taylor, el trineo de latón con disco giratorio lo diseñó Bill Ferrari y lo construyó Wah Chang; en la placa pone «H. George Wells».
Luego, los selenitas que Ray Harryhausen animó para Los primeros hombres en la Luna de Nathan Juran (1964); La máquina del tiempo de 2002, dirigida por Simon Wells, bisnieto del escritor; los trípodes de Spielberg (2005), enterrados desde siempre y activados por los rayos; la miniserie eduardiana de la BBC en tres episodios (2019); y El hombre invisible de Leigh Whannell (2020), con Elisabeth Moss y un traje óptico en lugar de un suero.
El brasileño que dibujó los marcianos mejor que nadie
Las primeras ilustraciones, las de la serialización y la edición inglesa de 1898, las hizo Warwick Goble; las que fundaron la imagen del marciano son otras. Henrique Alvim Corrêa, nacido en Río de Janeiro en 1876 e instalado en Bélgica, empezó a dibujar la novela en 1903 sin encargo de nadie; en 1905 se las enseñó a Wells, que dio el visto bueno y las prefirió a las de Goble.
Salieron en una edición de lujo en francés, traducida por Henry D. Davray e impresa por L. Vandamme & Cie en Bruselas en 1906: 132 ilustraciones, 32 a página completa, tirada de 500 ejemplares. Alvim Corrêa murió de tuberculosis en Bruselas en 1910, a los 34 años. Sus trípodes de patas larguísimas sobre los tejados siguen siendo el aspecto del que el género no se despega.
Tres notas al pie que aguantan una comprobación
- Wells inventó la expresión «bomba atómica» en El mundo liberado (1914). La novela cayó en 1932 en manos de Leó Szilárd, que al año siguiente concibió la reacción nuclear en cadena y reconoció la deuda.
- El pánico de la emisión de Orson Welles del 30 de octubre de 1938 en la CBS, con la invasión aterrizando en Grovers Mill (Nueva Jersey), fue en buena parte un invento de la prensa escrita, que competía con la radio por la publicidad. Jefferson Pooley, Michael Socolow y A. Brad Schwartz han documentado que los oyentes asustados fueron poquísimos.
- El estribillo de Devo «Are we not men? We are Devo!», en Jocko Homo (1977), viene de la letanía de la película de 1932, no del libro: lo ha contado Mark Mothersbaugh.










