Quince días de lluvia en Braemar
Agosto de 1881, Braemar, en las Highlands. Llueve sin parar. Robert Louis Stevenson tiene treinta años y unos pulmones que no le dejan salir de casa, y mata las tardes con su hijastro Lloyd Osbourne, un escolar de vacaciones. Entre los dos pintan a acuarela el mapa de una isla imaginaria, con sus calas, su fondeadero y sus colinas, y le van poniendo nombres a mano.
El mapa fue primero. La novela salió de mirarlo. Stevenson la escribió a capítulo por día hasta que se quedó seco: «Quince días aguanté y saqué quince capítulos; y entonces, en los primeros párrafos del dieciséis, perdí ignominiosamente el hilo». Retomó el libro meses después en Davos y allí lo terminó al mismo ritmo.
Se publicó por entregas en Young Folks, una revista infantil, en diecisiete entregas semanales, entre el 1 de octubre de 1881 y el 28 de enero de 1882, firmada por un tal capitán George North. Stevenson lo había titulado The Sea Cook —el cocinero de a bordo—, pero el título no llegó al quiosco: lo cuenta él mismo, «fue el señor Henderson quien borró el primer título, The Sea Cook», y el editor de la revista lo sacó como Treasure Island, or the Mutiny of the Hispaniola. No le hizo caso nadie. En libro salió el 14 de noviembre de 1883, en Cassell, con una tirada de 2.000 ejemplares. Ahí cambió todo.
Su padre, Thomas Stevenson, ingeniero de faros, se enganchó tanto a la historia que dedicó un día entero a redactar el inventario exacto del cofre de Billy Bones. Su hijo lo copió palabra por palabra. También fue idea suya la escena del barril de manzanas, y suyo el nombre del barco de Flint, la Morsa, «puesto a petición expresa» del padre.
El mapa que se perdió en el correo
Stevenson mandó el mapa original a Cassell para que lo grabaran. Nunca llegó: se perdió por el camino, y con él la acuarela de Braemar.
Le tocó rehacerlo, y rehacerlo leyendo su propia novela para reconstruir una geografía que se había inventado él: dónde caía el fondeadero, a qué distancia quedaba la empalizada, por dónde se escapó la Hispaniola. El segundo mapa se dibujó en el despacho de su padre, con ballenas soplando y barcos a la vela de adorno, y fue el propio padre quien falsificó a mano la firma del capitán Flint y las instrucciones de rumbo de Billy Bones. El mapa que aparece impreso en todas las ediciones desde entonces —y el que llevan copiando los departamentos de arte de medio cine de aventuras— es esa segunda versión, hecha de mala gana y contra reloj. El primero no lo ha visto nadie desde 1883.
Inventario de un cofre de marinero
Casi todo lo que hoy suena «a piratas» se inventó aquí. No es folclore recogido: es material de un solo libro.
- La marca negra. Un círculo de papel ennegrecido con la sentencia escrita por detrás. Los amotinados lo recortan de una hoja de Biblia y hasta Silver se escandaliza: «¿Qué imbécil ha cortado una Biblia?». No hay constancia de que ningún pirata real usara nada parecido.
- El loro sobre el hombro. Se llama Capitán Flint, y Silver lo explica en el texto: «Llamo a mi loro Cap'n Flint, por el famoso bucanero». Grita «¡Piezas de a ocho!» hasta que cansa. El pájaro parlante no era suyo y él lo reconoció: «Sin duda el loro perteneció antes a Robinson Crusoe». Lo que no existía antes de este libro es el loro encaramado al hombro de un pirata.
- La muleta, no la pata de palo. A Long John Silver «le habían cortado la pierna izquierda a la altura de la cadera» y se apoya en una muleta bajo el hombro. La pata de palo se la puso el cine después.
- El esqueleto brújula. Un cadáver tendido con los brazos por encima de la cabeza que marca el rumbo E.S.E. y cuarta al E. Se llamaba Allardyce. Stevenson tampoco disimuló de dónde venía: «irrumpí en la galería del señor Poe y le robé el indicador de Flint». Cuando hizo el inventario de sus propios materiales, la lista entera fueron «unos recuerdos de Poe, Defoe y Washington Irving, un ejemplar de los bucaneros de Johnson, el nombre del Cofre del Muerto sacado de At Last de Kingsley […] y el mapa».
- El cofre. Un cuadrante, un cubilete de hojalata, tabaco en rama, dos pares de pistolas muy buenas, una barra de plata, un reloj español viejo y cinco o seis caracolas de las Antillas.
- El queso. Ben Gunn lleva tres años solo en la isla y no sueña con oro: sueña con queso. El doctor Livesey guarda un trozo de parmesano en la caja de rapé.
Long John Silver tiene además un modelo real. Stevenson se lo confesó por carta a su amigo el poeta William Ernest Henley, amputado de una pierna: «Fue la visión de tu fuerza mutilada y tu autoridad lo que engendró a John Silver… la idea del hombre mutilado que manda sobre los sanos y les da miedo estaba tomada enteramente de ti».
Del barco varado de Tourneur a los muelles de Nassau
La primera adaptación es de 1908, muda, de la Vitagraph: The Story of Treasure Island. No consta quién la dirigió. En 1918 los hermanos Chester y Sidney Franklin la rodaron con un reparto casi entero de niños. Y en 1920 llegó la versión de Maurice Tourneur, con Charles Ogle de Silver, Lon Chaney doblando papeles —hace de Pew el Ciego y de Merry— y una mujer, Shirley Mason, en el papel de Jim Hawkins. Rodaron a bordo de un barcentín abandonado de verdad, el Fremont. La película está perdida: quedan los carteles.
El sonoro arranca en 1934 con la MGM, dirigida por Victor Fleming cinco años antes de Lo que el viento se llevó, con Wallace Beery y Jackie Cooper. En 1950 la coge Disney: Treasure Island, de Byron Haskin, primera película enteramente de imagen real de la casa y primera isla del tesoro en color, con Bobby Driscoll de Jim y Robert Newton de Silver.
Luego vienen Orson Welles en la de John Hough (1972); Charlton Heston de Silver en la de la TNT estrenada el 22 de enero de 1990, dirigida por su propio hijo, Fraser C. Heston, con un Christian Bale de quince años de Jim, Oliver Reed de Billy Bones y Christopher Lee de Pew; Tim Curry en Los teleñecos en la isla del tesoro (1996), de Brian Henson; y El planeta del tesoro (2002), de Ron Clements y John Musker, que se lleva la trama al espacio con naves de velas solares y sigue siendo, con 140 millones de dólares, la película de animación tradicional más cara que se ha hecho.
La derivada más interesante no lleva el título. Black Sails (Starz, 2014-2017), de Jonathan E. Steinberg y Robert Levine, es una precuela: transcurre unas dos décadas antes en Nassau y reparte el peso entre el capitán Flint, un John Silver joven que todavía conserva las dos piernas, Billy Bones e Israel Hands. Ese último existió de verdad: fue el segundo de Barbanegra, que le pegó un tiro en la rodilla. Stevenson le robó el nombre a un pirata real.
El actor de Dorset que decidió cómo hablan los piratas
Cuando alguien imita a un pirata y dice «arrr», está imitando sin saberlo a un actor inglés muerto en 1956. Robert Newton nació en Dorset y se crió en Lamorna, en Cornualles, y para el Silver de Disney de 1950 exageró hasta la caricatura su propio acento del West Country: las erres arrastradas, el «be» en lugar del verbo «to be» conjugado, el «arrr» por «sí». Repitió el registro en Barbanegra el pirata (1952) y en Long John Silver (1954), y la plantilla se quedó fijada para siempre. El Día de Hablar como un Pirata lo tiene por patrón.
La otra herencia es más callada. J. M. Barrie leyó el libro y se carteó con Stevenson, y al escribir Peter y Wendy dejó anotado que el capitán Garfio era el único hombre al que temía Barbecue, que es como llaman a Long John Silver sus propios hombres. La cadena entera del pirata de ficción arranca en una acuarela pintada en una tarde de lluvia escocesa.










