Un obispo galés inventa un rey
Hacia 1136 Godofredo de Monmouth terminó la Historia Regum Britanniae, un libro que se vendía como historia y era casi todo invención. Ahí ya están montados Uther Pendragon, Ginebra, Tintagel, Merlín y una espada llamada Caliburnus —latinización del galés Caledfwlch, «brecha dura»— que dos siglos de copistas convirtieron en Excalibur. Funcionó: en 1929 se habían catalogado 186 manuscritos conservados, cifra de superventas para el siglo XII. Godofredo murió hacia 1155 siendo obispo de St Asaph, diócesis que probablemente no llegó a pisar.
El resto se añadió por capas, y se sabe quién puso cada una. El normando Wace pasó a Godofredo al francés en el Roman de Brut (c. 1155) y de paso metió la Mesa Redonda, que no estaba en ningún sitio antes. Chrétien de Troyes escribió cinco romances entre 1170 y 1190 —Erec y Enide, Cligès, Lanzarote, Yvain, Perceval— e inventó tres cosas que hoy suenan antiquísimas: Camelot, el adulterio de Lanzarote con Ginebra y el Grial. Robert de Boron, hacia 1200, cerró el paquete: hizo del grial el cáliz de la Última Cena, de Merlín el hijo de un demonio y una virgen, y clavó una espada en una piedra.
El grial no era una copa
En Perceval o el cuento del Grial (1182-1190, unos 9.000 versos que Chrétien dejó sin terminar) el objeto no es un cáliz y el texto no lo llama santo ni una sola vez. Es un graal: una fuente ancha de servir, muy decorada. Comparte escena con una lanza que gotea sangre, un tailleor de plata y unos candelabros. Perceval ve pasar la procesión en el castillo del Rey Pescador y, por educación, no pregunta a quién sirven. Toda la literatura del Grial sale de esa pregunta no hecha. Las cuatro continuaciones posteriores añadieron unos 54.000 versos y cristianizaron lo que Chrétien había dejado ambiguo.
La rama galesa es más rara todavía. En Culhwch ac Olwen —el relato artúrico más antiguo en galés, conservado en el Libro Blanco de Rhydderch (c. 1350) y el Libro Rojo de Hergest (1382-1410)— el gigante Ysbaddaden impone unas cuarenta tareas imposibles antes de entregar a su hija. Una de ellas es cazar a Twrch Trwyth, un príncipe convertido en jabalí por castigo divino, con las cerdas destilando veneno y un peine, unas tijeras y una navaja de afeitar clavados entre las orejas. La cacería cruza Irlanda y Gales y acaba empujando al animal por un acantilado de Cornualles. Ese mismo jabalí ya aparecía, como Troynt, en la Historia Brittonum del siglo IX.
El manuscrito que dormía en un colegio
Thomas Malory escribió Le Morte d'Arthur hacia 1469-70, en «el noveno año del reinado de Eduardo IV», y se describió a sí mismo así:
knyght presoner Thomas Malleorre
Caballero preso. William Caxton lo imprimió en 1485 y le puso divisiones en libros y capítulos que Malory no había escrito. De aquella tirada sobreviven dos ejemplares: uno en la Morgan Library de Nueva York, otro en la John Rylands de Mánchester. Durante cuatro siglos y medio, Caxton fue la única versión que existía.
En junio de 1934, Walter Oakeshott catalogaba la biblioteca del Winchester College y se topó con un manuscrito de Malory anterior a la imprenta, con los nombres en tinta roja y sin las divisiones de Caxton. Los periódicos lo resumieron bien: lo que Caxton publicó no era exactamente lo que Malory escribió. Pero el remate llegó en 1976. Un examen microscópico demostró que ciertas manchas del manuscrito son calcos de páginas recién impresas con los tipos del propio Caxton. Es decir: el códice estuvo físicamente en su taller mientras se componía el libro. El impresor lo tuvo delante, lo leyó y decidió cambiarlo. Hoy es el Add MS 59678 de la British Library.
Del pergamino a la pantalla
Excalibur (John Boorman, 1981) adapta a Malory sin disimulo y es la que fijó el aspecto: armaduras espejadas, bosque mojado, el Carmina Burana de Orff pegado a Wagner (Parsifal, Tristán, la marcha fúnebre de Sigfrido). Costó 11 millones de dólares y recaudó 35 solo en Estados Unidos y Canadá. Se rodó entera en Irlanda —Wicklow, Tipperary, Kerry y los estudios Ardmore— y dentro están, jóvenes y sin destacar en el cartel, Liam Neeson, Gabriel Byrne, Patrick Stewart y Ciarán Hinds.
El caballero verde (David Lowery, 2021) va al poema del siglo XIV y lo trata como material, no como guion: conserva el pacto del hachazo y el cinturón verde, y añade a Morgana como madre de Gawain, el fantasma de Santa Winifred y un zorro. A24, 15 millones de presupuesto, 20 de taquilla, 89% de críticas favorables y un C+ del público: encantó a la crítica y desconcertó a la sala. Se rodó en Irlanda, en el castillo de Cahir y en Ardmore, los mismos platós que Excalibur cuarenta años antes.
El rey Arturo (Antoine Fuqua, 2004) prueba la vía «histórica»: Arturo como oficial romano del siglo V y sus caballeros como jinetes sármatas. Levantaron un kilómetro de Muro de Adriano en el condado de Kildare y tardaron cuatro meses y medio; recaudó 203,6 millones sobre un presupuesto de 120, y Fuqua acabó descontento porque le bajaron la película a PG-13. Y luego está el resto del ciclo: Los caballeros de la mesa cuadrada (1975), financiada por Led Zeppelin (31.500 libras) y Pink Floyd (21.000) porque desgravaba, con actores golpeando cáscaras de coco porque no daba para caballos; Merlin (BBC, 2008-2012, 65 episodios rodados en Gales y en el castillo de Pierrefonds, vendida a 183 países); y el Rey Arturo de Guy Ritchie (2017), primera entrega de una saga de seis que le costó a Warner 153 millones de pérdidas y murió ahí.
Quién le puso cara
Casi todo lo que uno imagina al oír «Arturo» viene de cuatro dibujantes del XIX y principios del XX, no de los manuscritos. Gustave Doré grabó los Idylls of the King de Tennyson, doce poemas publicados entre 1859 y 1885. Aubrey Beardsley recibió su primer encargo profesional en 1893: ilustrar Le Morte Darthur para J. M. Dent. Tenía veinte años y murió a los veinticinco, en 1898; esa línea suya, negra, plana y ornamental, es la que mejor aguanta en serigrafía. Howard Pyle (1853-1911) escribió e ilustró él mismo cuatro volúmenes entre 1903 y 1910. Arthur Rackham (1867-1939) puso 23 láminas y 16 dibujos a línea en The Romance of King Arthur de Pollard (Macmillan, 1917).
Conviene recordar un objeto real. En el Great Hall de Winchester cuelga una mesa redonda de 5,5 metros de diámetro y 1,2 toneladas, con veinticuatro nombres de caballeros repartidos por el tablero. La dendrocronología la data entre 1250 y 1280: no es de Arturo, es de Eduardo I, un rey al que le gustaba tanto el asunto que organizó al menos cinco torneos llamados «mesas redondas». La pintura que se ve hoy, con la rosa Tudor en el centro, la mandó hacer Enrique VIII. Tres capas de fabricación superpuestas, y todavía funciona.



















