El 3 de agosto de 1978, un camión de matadero entró en Shepperton y dentro del plató C había cuatro cámaras metidas en bolsas de plástico. Reconstruimos hora a hora el día en que se rodó la escena del pecho, con lo que el reparto sabía —que era bastante— y lo que no.
La leyenda dice que nadie sabía nada. Es falsa, y lo interesante es que la verdad rinde más: el reparto había leído el guion, sabía perfectamente que algo iba a salir del pecho de John Hurt e incluso le habían enseñado la marioneta. «Sabíamos lo que iba a pasar. Habíamos leído el guion», zanjó Veronica Cartwright años después. Lo que no sabían era la fontanería. Y la fontanería es lo que reventó la escena.
Alien se rodó en catorce semanas, entre el 5 de julio y el 21 de octubre de 1978, en Shepperton Studios. La cubierta A del Nostromo —el comedor incluido— ocupaba casi entero el plató C. La película se había puesto en marcha con 4,2 millones de dólares, Fox los dobló hasta 8,4 tras ver los storyboards de Ridley Scott y acabó costando unos once. La secuencia que nos ocupa se rodó en dos días: el 2 y el 3 de agosto de 1978.
Un aviso antes de seguir: las horas de estos epígrafes son una reconstrucción. Lo documentado es el orden —qué se montó antes que qué, cuánto duraba cada cosa—, y el orden es exactamente lo que explica por qué la escena funciona.
Miércoles 2 de agosto, última hora: Kane ya se ha desplomado
Antes del día grande hay un día previo, y suele olvidarse. El 2 de agosto se rodó todo lo que precede al efecto: la comida, el tono cachondo de la sobremesa, Hurt atragantándose y cayendo de espaldas sobre la mesa. Es decir, la mitad de la escena estaba ya en lata sin que nadie se hubiese manchado. Cuando al día siguiente el reparto vuelva al plató, no vuelve a interpretar una escena: vuelve a completar un plano contrachampán que ya existe.
Hay que recordar quién está debajo de esa camiseta y por qué. Kane era Jon Finch. Finch se derrumbó a los pocos días de empezar el rodaje —hay dos versiones, un ataque bronquial y una diabetes sin diagnosticar, y él siempre defendió la primera— y Scott llamó a John Hurt con un día de margen. Todo lo ya rodado de Kane hubo que repetirlo. «Es un desastre de los que pasan. Acabábamos de empezar a rodar», resumió el productor asociado Ivor Powell. Hurt, según él mismo contó, contestó a Scott: «Sí… Me fío de ti, ¿cuándo empiezo?». La escena más famosa del cine de terror moderno la protagoniza un sustituto.
07:00 — Un camión de matadero entra en Shepperton
El director artístico Roger Christian mandó a alguien del equipo al matadero local a por «una bolsa de vísceras sangrientas». Llegaron hígados, intestinos, riñones y pulmones, desinfectados en formol. Ese detalle —el formol— es el que aparece en todos los testimonios del reparto antes que cualquier otro. Yaphet Kotto: «El olor a formol me golpeó como un puñetazo». Con los focos encendidos, el plató C olió a quirófano y a carnicería durante días.
09:30 — Un pecho de fibra de vidrio atornillado a la mesa
El montaje es más burdo de lo que la película deja intuir, y por eso engaña tan bien. La mesa circular del comedor estaba partida por la mitad, con una ranura y una de las dos mitades ligeramente levantada hacia cámara. Sobre ella se atornilló un torso falso de fibra de vidrio con un agujero en el centro, a la altura de la cintura de Hurt. La camiseta se estiró encima y se debilitó a conciencia: rajada con cuchilla por detrás.
Hurt se metió debajo, contorsionado en una ese sobre gomaespuma, con la cabeza asomando por el sitio justo para que el cuello pareciera continuar en un cuerpo que no era el suyo. Ahí pasó las horas siguientes. Christian lo recuerda «atado bajo todo aquel montaje, sentado en una tumbona». Le fueron pasando vino y Gauloises.
Debajo, en el hueco, se apretujó el resto del reparto real de la escena: Roger Dicken tumbado en un carrito con la marioneta en la mano; Nick Allder con el ariete hidráulico y las bombas de sangre; John Hatt en la válvula; dos técnicos más para el bombeo. Brian Johnson había metido una línea de aire comprimido en la cola del bicho para que latigase.
11:00 — Arriba, en los camerinos, alguien relee el guion
Mientras abajo se montaba aquello, a Cartwright, Harry Dean Stanton, Yaphet Kotto e Ian Holm se les mantuvo arriba unas cuatro horas. Y aquí conviene poner en columnas lo que había y no había en la cabeza de cada uno, porque es el verdadero mecanismo de la escena.
| Lo que sabían | Lo que no sabían |
|---|---|
| Que el guion decía: «La tela de su camisa se desgarra. Una cabeza pequeña, del tamaño de un puño, empuja hacia fuera» (versión Revised Final, junio de 1978, reescrita por Walter Hill y David Giler sobre el original de Dan O'Bannon). | Cómo se iba a ejecutar. Sigourney Weaver: «En el guion solo ponía "esta cosa emerge"». |
| Que existía una marioneta y que movería la cabeza y tendría dientes. | La velocidad, el ruido y, sobre todo, el volumen de sangre. |
| Que iban a mancharse un poco. | Que había una segunda línea de sangre apuntando a la mesa, no al techo. |
Las fuentes se contradicen en un punto menor: alguna reconstrucción sostiene que a Tom Skerritt sí se le dejó ver parte del montaje. Otras lo niegan. Nadie discute, en cambio, el punto que importa: a Cartwright se le dijo que quizá le cayera «un poco de sangre» en la cara.
13:00 — Cuatro cámaras dentro de bolsas de plástico
Scott plantó cuatro Panavision rodando a la vez, cada una envuelta en plástico transparente con un cristal óptico plano delante del objetivo. Es la decisión clave del día y no es de dirección de actores: es de seguro. Todo el decorado quedó forrado de plástico y el equipo se puso impermeables. «Si un actor simplemente actúa aterrorizado, no consigues esa mirada de miedo animal, en bruto», explicaría Scott. Su método para conseguirla no fue dirigir mejor: fue cubrir más ángulos para no tener que repetir.
Weaver ató cabos sola, en el plató, mirando las cámaras: «Ya sé lo que va a pasar, porque las cámaras están cubiertas de celofán. Va a haber mucha sangre, ¿verdad?».
14:00 — La camiseta no se rompe
Las primeras tomas fallan. El ariete empuja, la cabeza asoma a medias, la tela aguanta. Entre intento e intento el equipo vuelve a rajar la camiseta un poco más. Christian recuerda a Scott insistiendo a Allder para que siguiera empujando la cabeza contra la tela «buscando el momento perfecto de criatura y sangre saliendo a chorro». El metraje bruto conserva al menos cuatro tomas registradas.
15:20 — La manguera que no estaba en el plan
En algún punto, Scott hizo añadir una segunda línea de presión orientada hacia los actores y pidió que se subiera al máximo. El chorro alcanzó a Veronica Cartwright de lleno. O'Bannon lo describió con una crudeza de guionista: «Este chorro de sangre, de casi un metro, la pilló de lleno en toda la boca». Cartwright se fue hacia atrás, cayó por encima del asiento y las botas volaron. Los testimonios divergen sobre si llegó a desmayarse; coinciden en todo lo demás.
Harry Dean Stanton, salpicado, se apartó hasta la pared del fondo y vomitó. Yaphet Kotto se encerró en su caravana y estuvo horas sin hablar con nadie. Hurt, empapado, siguió hasta que Scott dijo corten. Cartwright lo explicó mejor que nadie: «No tuve que hacer nada. No tuve que decirme "venga, ahora estoy actuando"». Ron Shusett, coautor de la historia: «A partir de ese momento se metieron de verdad. Dejó de ser un juego».
16:50 — Noventa minutos para poder volver a empezar
Aquí está el dato que explica la escena mejor que cualquier anécdota. Cada toma bombeaba seis galones de sangre —unos veintisiete litros contando en galones imperiales, veintitrés si alguien los midió a la americana— sobre un decorado forrado de plástico. Limpiar, recargar vísceras, secar cámaras y devolver a Hurt a su posición costaba alrededor de hora y media.
Es decir: en una jornada no caben muchas tomas. La escena no es irrepetible por romanticismo, es irrepetible por logística. La reacción honesta de un actor era, aquel día, también la opción más barata.
Última hora — El monopatín
Queda la huida. La ranura de la mesa servía para que el bicho saliera corriendo, y ahí no hubo ni hidráulica ni magia. Cartwright: «había un tío en un monopatín, debajo de aquella mesa… lo tenían sobre una plataforma y lo sacaron de un TIRÓN». Dicken lo confirmó desde su lado: «Me metí debajo del decorado con mi alien accionado a mano». El latigazo de aire comprimido en la cola barrió los platos.
Merece la pena recordar de dónde venía ese diseño. H. R. Giger había dibujado un bicho con bracitos que, hecho en volumen, parecía «un pavo desplumado degenerado» y, sobre todo, no cabía en una caja torácica humana. Se le quitaron los brazos y quedó un cuerpo de plátano con la cabeza de Giger. Un problema de tamaño convirtió al monstruo en algo que no camina: se retuerce. La escena parece un parto porque la marioneta no podía andar.
Mayo de 1979 — Suena un teléfono
La película se estrenó en Estados Unidos el 25 de mayo de 1979 y llegó a España el 25 de septiembre como Alien, el octavo pasajero. Aquella primera semana, Scott descolgó el teléfono y oyó a Stanley Kubrick preguntándole cómo demonios había sacado a la criatura del pecho de aquel hombre. Scott creyó que le estaban gastando una broma y mandó al interlocutor a paseo. Kubrick insistió: la había pasado a cámara lenta y no encontraba el corte.
No lo encontraba porque no lo había. Había un torso de fibra de vidrio atornillado a media mesa, un actor sustituto doblado debajo con una copa de vino, cuatro cámaras en bolsas de plástico y hora y media de fregona entre toma y toma. Una nota al margen: Dan O'Bannon, que escribió aquello a partir de un dolor abdominal que llevaba años sin diagnosticar, no supo hasta 1980 que tenía la enfermedad de Crohn. Escribió la escena antes de saber qué le pasaba.
The source, in a museum
The Metropolitan Museum of Art · public domain · record
The Metropolitan Museum of Art · public domain · record
The Metropolitan Museum of Art · public domain · record