Siete días en las Puertas Calientes
Heródoto contó las Termópilas en el libro VII de sus Historias, el que la tradición bautizó Polimnia. Verano del 480 a. C., Grecia central, un desfiladero donde la montaña casi toca el mar.
El número del título es el que peor cuadra. Heródoto no cuenta trescientos hombres: cuenta algo más de cinco mil griegos —los contingentes que enumera suman unos cinco mil doscientos, y a los locrios de Opunte ni los numera—, entre ellos dos mil ciento veinte arcadios, setecientos tespios y cuatrocientos tebanos (VII, 202-203). Los trescientos son la escolta real de Leónidas, y estaban elegidos con un criterio muy concreto: todos tenían hijos varones vivos (VII, 205). Leónidas rondaba los sesenta años, aunque la edad es cuenta moderna: Heródoto no la da.
Jerjes dejó pasar cuatro días esperando que se marcharan y atacó al quinto (VII, 210). El paso aguantó luego tres días de combate, apoyado en un muro que los focenses habían levantado allí mucho antes. Lo tumbó una vereda, la senda de Anopea, y un vecino de la zona, Efialtes hijo de Euridemo, que se la enseñó a los persas por dinero (VII, 213). Al final quedaron los espartanos, los tespios de Demófilo y los tebanos. Jerjes mandó decapitar el cadáver de Leónidas y clavar la cabeza en una pica: a los griegos les pareció un sacrilegio, y Heródoto lo subraya justo por eso.
Bronce, madera y pelo largo
Casi todo lo que se dibuja de un espartano es equipo, no hombre. El casco corintio es una pieza de bronce que envuelve el cráneo entero y deja dos ranuras para los ojos y una para la boca; fuera del combate se llevaba echado hacia atrás, apoyado en la coronilla, que es la postura de media estatuaria griega. El escudo, el aspis, ronda los noventa centímetros y pesa entre seis y ocho kilos: madera curvada, chapa fina de bronce y dos agarres, el porpax —un aro para el antebrazo— y la antílabe, una correa junto al borde. El único que ha llegado con su alma de madera es el escudo de Bomarzo, hallado en el Lacio en 1830 y hoy en el Museo Gregoriano Etrusco del Vaticano. Y sobre el torso, coraza: bronce en época arcaica, peto de lino encolado ya en el siglo V, con grebas de bronce en las espinillas. El pecho desnudo de la película no es de ningún ejército, sino de la desnudez heroica de la escultura; Heródoto no describe el equipo griego, pero al explicar por qué los persas perdieron en Platea dice justo lo contrario: que iban «sin armadura defensiva», ligeros contra hoplitas (IX, 62-63). El manto rojo, en cambio, sí está: Jenofonte cuenta que al soldado se le daban manto de púrpura y escudo de bronce (Constitución de los lacedemonios, XI, 3).
La lambda del escudo, el emblema que ninguna película se salta, no aparece en ninguna fuente de la batalla. Todo el rastro antiguo es medio verso de una comedia perdida de Éupolis (h. 446 – h. 411 a. C.), «se espantó al ver relucir las lambdas», y lo conocemos sólo porque lo copió Focio de Constantinopla en la entrada «lambda» de su léxico, en el siglo IX: la comedia es de unos setenta años después de las Termópilas, y nos llega de segunda mano. En las miles de figurillas de plomo de los santuarios laconios, con escudos decorados de mil maneras, no aparece ni una. Lo que sí es de época es el pelo: el jinete que Jerjes mandó a espiar los encontró haciendo gimnasia y peinándose, y Demarato tuvo que explicarle al rey que un espartano se arregla la cabeza cuando va a jugarse la vida (VII, 208). El pelo largo era la marca del hombre libre.
Enfrente, los Inmortales, con escudos de mimbre forrados de cuero, lanzas cortas con contrapeso de plata, flechas de caña y escamas bajo la ropa. Ninguna máscara.
La frase que Leónidas no dijo
«Molon labe», «ven a por ellas», no está en Heródoto. Sale en Plutarco, en los Dichos de espartanos de las Moralia (225D), casi seiscientos años después, y en ático, no en el dorio que hablaba Leónidas.
Lo que sí está es mejor. A Diéneces le avisaron de que las flechas persas taparían el sol, y contestó que estupenda noticia, que así pelearían a la sombra; Heródoto lo señala como el más valiente de todos (VII, 226). Y el epitafio de la tumba, que Heródoto copia sin firma: los tres epigramas del lugar los pusieron los anfictiones, y de ellos sólo el del adivino Megistias lo compuso Simónides de Ceos (c. 556 – c. 468 a. C.), por amistad con el muerto (VII, 228).
Extranjero, ve y di a los lacedemonios que aquí yacemos, obedientes a sus leyes. (VII, 228)
Que el epitafio espartano sea también de Simónides es cosa muy posterior: la atribución más antigua que se conserva es la de Cicerón, cuatro siglos después (Tusculanas, I, 101), y la repite la Antología Palatina (VII, 249). Los editores del poeta la dan por dudosa.
Tampoco hay jorobas. Heródoto no dedica una sola palabra al aspecto de Efialtes; el monstruo deforme es invención muy posterior. Al Efialtes real lo mató años después Aténades de Traquis, por un asunto ajeno a la traición, y los lacedemonios lo honraron igual (VII, 213).
Y hubo supervivientes, dos. A Aristodemo lo dejó fuera del último combate una infección de ojos y volvió a casa; en Esparta nadie le encendía el fuego ni le dirigía la palabra, y lo llamaron «el cobarde» hasta que se hizo matar en Platea al año siguiente. Pantites, que estaba de embajada en Tesalia, se ahorcó al llegar.
El niño que vio la película de 1962
El primer eslabón es The 300 Spartans (1962), de Rudolph Maté para la Fox: Richard Egan de Leónidas, David Farrar de Jerjes, Kieron Moore de Efialtes. Se rodó en Grecia, en la laguna de Vouliagméni cerca de Perachora, porque la costa real de las Termópilas se ha movido en 2.500 años, y el Ministerio de Defensa puso a disposición cinco mil soldados de extras, pero el presupuesto sólo dio para dos batallones, unos mil cien, que hacían de griegos y de persas por turnos.
Un niño la vio y dijo luego que «cambió el curso de mi vida creativa». Era Frank Miller. En 1998 publicó 300 en Dark Horse: cinco números entre mayo y septiembre, titulados Honor, Duty, Glory, Combat y Victory, con color de Lynn Varley. Se llevaron tres premios Eisner en 1999.
De ahí sale 300 (2006), de Zack Snyder, en cines en marzo de 2007: sesenta días de rodaje desde el 17 de octubre de 2005, todo en interiores contra pantalla azul en los Icestorm Studios de Montreal, y un proceso de color hecho a medida, «the crush», que forzaba el contraste hasta el sepia y el carbón. Gerard Butler, Rodrigo Santoro de Jerjes dorado y descomunal, Lena Headey, David Wenham narrando. 468,8 millones de dólares y una queja formal de la Academia de las Artes de Irán ante la Unesco.
300: El origen de un imperio (2014), de Noam Murro, no adapta las Termópilas: se va a Maratón, Artemisio y Salamina con Eva Green de Artemisia, y parte de Xerxes, un cómic de Miller aún inédito cuando se estrenó.
Fuera del péplum, el eco más raro: Go Tell the Spartans (1978), de Ted Post con Burt Lancaster, titulada por el epitafio. Un cabo encuentra en Vietnam un cementerio con 302 franceses de la guerra de Indochina y traduce el letrero de la entrada.
Quién sigue cobrando y quién no
Heródoto murió hacia el 425 a. C.: su texto no tiene dueño. Las traducciones y las imágenes sí, porque cada una es obra de alguien.
La regla española está en el texto refundido de la Ley de Propiedad Intelectual: 70 años desde la muerte del autor, y 80 para quienes murieron antes del 7 de diciembre de 1987, porque la disposición transitoria cuarta les conserva el plazo de la ley de 1879. Se cuenta desde el 1 de enero siguiente a la muerte.
- Bartolomé Pou (1727-1802), el jesuita mallorquín cuya traducción castellana de los nueve libros se publicó póstuma en Madrid en 1846: libre desde 1883.
- Jacques-Louis David (1748-1825), autor de Leónidas en las Termópilas, 3,95 por 5,31 metros, terminado en 1814 y hoy en el Louvre, donde un soldado graba el epitafio en la roca: libre desde 1906.
- Los cascos, escudos y vasos griegos no tienen autor ni plazo.
Lo que no está libre es el cómic de Miller y las películas, y por eso no se tocan. Los diseños salen del sustrato, nunca de la adaptación.















