Heródoto cuenta las Termópilas momento a momento, y la película también. Puestas las dos cronologías en paralelo aparece un autor al que no cita nadie: Diodoro Sículo, de quien salen cuatro de las escenas que todo el mundo recuerda. Aquí está el reloj de la batalla, fase por fase, con lo que dice cada uno.
La película de Zack Snyder adapta un cómic que se anuncia como versión de Heródoto. Pero si uno pone las dos cronologías en paralelo —el libro VII a un lado, los subtítulos al otro— aparece un tercer autor al que no cita nadie: Diodoro Sículo, que escribió su Biblioteca histórica cuatro siglos y medio después de la batalla. La frase más famosa de la película está en su libro XI, capítulo 9.
Va así: en cada momento, primero Heródoto; debajo, lo que se ve y se oye en la pantalla. Las horas son las suyas: un griego del siglo V no medía el día en minutos.
491 a. C. — el pozo
- Heródoto
- Los heraldos arrojados a un pozo en Esparta y al barranco de los condenados en Atenas eran de Darío, no de Jerjes, y el episodio va once años antes. Heródoto lo cuenta para explicar por qué no hubo embajada persa a Esparta en el 480: Jerjes no mandó a nadie porque ya sabía cómo acababa (VII, 133). Y sigue: a los espartanos les salían mal los sacrificios año tras año, así que dos ciudadanos ricos, Espertias y Bulis, se ofrecieron voluntarios para que el rey los ejecutara y quedara saldada la cuenta. Jerjes se negó a matarlos (VII, 134-136).
- La pantalla
- Primer acto entero: un mensajero de Jerjes exige tierra y agua y Leónidas lo empuja al pozo con la frase que todo el mundo sabe. Está montada con piezas de una escena real: el pozo es el de Darío, cambiado de rey y de década.
Verano del 480 a. C. — la fiesta y el oráculo
- Heródoto
- Lo que retiene al ejército espartano es un calendario: las Carneas en casa y los Juegos Olímpicos para los demás aliados. Nadie esperaba que el paso se decidiera tan rápido, así que sale una avanzadilla (VII, 206). Al oráculo se le consulta en Delfos, y la Pitia responde en hexámetros: o cae la ciudad, o muere un rey descendiente de Heracles (VII, 220). Ese verso es lo que le da a Leónidas un motivo para quedarse.
- La pantalla
- El calendario sobrevive —«estamos en agosto, se acerca la luna llena»; «Esparta no hace la guerra en tiempo de las Carneas»—, pero los sacerdotes son éforos leprosos que cobran de Persia y el oráculo es una adolescente drogada. La profecía se invierte: en Heródoto empuja al rey a morir, en la película es una compra. A cambio, el guion conserva un dato exacto del VII, 205: los trescientos son todos padres con hijos varones vivos.
Los días de antes — el jinete que se puso a contar
- Heródoto
- Jerjes manda un jinete a espiar. El hombre no ve el campamento entero porque el muro se lo tapa, cuenta a los de fuera, los encuentra haciendo gimnasia y peinándose, y se vuelve sin que nadie lo persiga. Luego el rey llama a Demarato, el espartano exiliado que lleva toda la campaña a su lado, para que le traduzca la escena (VII, 208-209).
- La pantalla
- Ni espía ni Demarato: el personaje que le explica Esparta a Jerjes desaparece del reparto. En su lugar, un emisario persa llega al muro, discute con Estelios y sale de allí sin un brazo. La amenaza de las flechas que taparán el sol la suelta él mismo, y no un vecino de Traquis: «entonces lucharemos a la sombra».
Días uno a cuatro — no pasa nada
- Heródoto
- Cuatro días enteros de nada. Jerjes esperaba que los griegos se largaran solos, y sólo al quinto, ya enfadado, manda a medos y cisios con la orden de traérselos vivos (VII, 210). Cada día que el paso aguanta es un día que la flota griega sigue en Artemisio.
- La pantalla
- Cero. Del «al mediodía de hoy seréis hombres muertos» del emisario al primer choque no pasa ni una noche. Ninguna película aguanta cuatro días de dos ejércitos mirándose, y es la supresión más grande de todas: le quita a la batalla su reloj.
Día cinco — medos, cisios y una huida fingida
- Heródoto
- Los medos caen a montones y otros ocupan su sitio; quedó claro, dice, que el rey tenía muchos combatientes y muy pocos guerreros. Llegan entonces los Inmortales de Hidarnes, en pleno día, y les va igual. El detalle táctico que nadie rueda: los lacedemonios fingían huir en desorden, los persas iban detrás gritando y entonces se giraban en bloque (VII, 210-211).
- La pantalla
- La falange empuja de frente, aguanta y devuelve. La huida fingida no aparece: contradice el «los espartanos nunca retroceden» que el guion necesita. Los Inmortales se mudan a un combate nocturno, con máscaras y colmillos limados, pero el orden de los asaltos se conserva: primero la infantería corriente, luego la guardia real.
Día seis — el trono que se levanta tres veces
- Heródoto
- Todo el segundo día de combate cabe en dos líneas, y la que importa dice esto: «se cuenta que Jerjes, que estaba mirando, saltó tres veces del trono en que estaba sentado, temiendo por su ejército» (VII, 212). Es el mismo rey que manda azotar el Helesponto con trescientos latigazos (VII, 35) y que rompe a llorar en Abido al ver su flota, pensando que en cien años no quedará vivo ninguno de esos hombres (VII, 45-46).
- La pantalla
- Justo lo contrario: un dios calvo, descomunal y cargado de anillas, que baja del palanquín para ofrecerle a Leónidas el gobierno de toda Grecia y no mueve un músculo en toda la escena. La oferta no está en Heródoto. Sí está en Diodoro (XI, 5): Jerjes manda decir que entreguen las armas y les dará tierras mejores, y Leónidas contesta que las tierras los griegos se acostumbraron a ganarlas con valor y no con cobardía.
Esa noche — a la hora de encender las lámparas
- Heródoto
- Hidarnes sale del campamento «hacia la hora de encender las lámparas», marcha toda la noche con el Eta a la derecha y Traquis a la izquierda, y al amanecer está arriba. A los mil focidios que guardaban la vereda los delata el ruido de las hojas de roble pisadas, porque el aire estaba quieto. Se retiran a lo alto creyendo que van a por ellos, y los persas ni se molestan: bajan (VII, 215-218).
- La pantalla
- Aquí conviene reconocerle al guion lo que hizo bien. Efialtes le enseña la vereda a Leónidas antes de traicionarlo, y el rey da una orden literal: «Enviad a los focidios al camino de cabras». Luego Daxos informa de que «los focidios que apostaste allí fueron dispersados sin luchar». Los mil hombres están; lo que se pierde es el ruido de las hojas.
Antes del alba — tres avisos y una junta
- Heródoto
- La noticia llega tres veces y en este orden: el adivino Megistias la lee en las víctimas, unos desertores bajan de noche y, ya clareando, llegan corriendo los vigías de las alturas. El consejo se reúne y se parte en dos. Se quedan los tespios de Demófilo, por su cuenta, y los tebanos, retenidos como rehenes (VII, 219-222).
- La pantalla
- Un aviso, el del arcadio Daxos, y la escisión se resuelve en tres frases del narrador: «Cientos se marchan. Unos pocos se quedan. Sólo uno mira atrás». Y detrás, la orden que ha quedado en la cultura popular: «Ready your breakfast and eat hearty, for tonight we dine in hell».
Esa orden no es de Heródoto. Es de Diodoro, XI, 9, 4: Leónidas «mandó a sus hombres que prepararan el desayuno deprisa, puesto que cenarían en el Hades», y él mismo comió, calculando que así aguantaría más rato el esfuerzo. La película le cambia el Hades por el infierno y la conserva entera.
Aviso: lo que sigue cuenta el final de la batalla y el de la película.
Al salir el sol — la libación, y luego el ágora llena
- Heródoto
- Jerjes hace libaciones al amanecer y espera hasta «la hora en que se llena el ágora», que es como el griego dice media mañana. Ataca entonces porque se lo ha calculado Efialtes: bajar del monte se tarda menos que rodearlo. Los griegos salen mucho más allá del muro, hasta la parte ancha del paso; por detrás, los oficiales persas empujan a los suyos a latigazos y muchos mueren pisoteados o tirados al mar (VII, 223).
- La pantalla
- Amanece y se pelea. No hay hora, ni libación, ni látigos detrás de la línea persa, y eso que el látigo es el símbolo con el que la película habla de esclavitud cada diez minutos. Sí conserva la salida a campo abierto: los últimos rompen la formación y avanzan.
El último cuarto de hora
- Heródoto
- Se rompen las lanzas y se sigue con la espada. Leónidas cae ahí, a mitad de párrafo y sin discurso; con él, dos hermanastros de Jerjes, Abrocomes e Hiperantes. Por el cadáver se pelea cuatro veces hasta que los griegos se lo llevan. Luego retroceden detrás del muro, a una loma —la del león de piedra—, y allí se defienden con las espadas los que aún las tienen y con las manos y los dientes los demás, hasta quedar sepultados bajo los proyectiles (VII, 224-225).
- La pantalla
- Al revés: el rey muere el último y con la cámara encima. Se quita el casco, que «le estrechaba la vista», y tira la lanza a la cara de Jerjes, que sangra. Nada de manos y dientes: flechas y plano final. Ir a por el rey en persona tampoco es invención; en Diodoro (XI, 10) los griegos asaltan de noche el campamento con la orden de ir derechos a su tienda.
Un año después — Platea
- Heródoto
- Manda Pausanias, primo de Leónidas y regente porque el heredero, Plistarco, es un niño. Salen cinco mil espartiatas con siete hilotas cada uno (IX, 10). Cuando muere Mardonio, Heródoto lo dice sin rodeos: era la venganza debida por Leónidas (IX, 64).
- La pantalla
- Manda Dilios, el narrador tuerto, ante «diez mil espartanos al mando de treinta mil griegos libres». Ni Pausanias, ni el heredero niño, ni un hilota en el recuento.
Puestas una junto a otra, las columnas dicen algo que no se ve leyendo cualquiera de ellas por separado. La película no es infiel a Heródoto por añadir monstruos: es que su esqueleto es otro. La oferta de tierras, la junta de medianoche, el desayuno antes de morir, el asalto contra la persona del rey: cuatro vigas que están en Diodoro y no en el libro VII. No hace falta imaginar a nadie leyendo la Biblioteca histórica en Montreal; esas escenas llevan veinte siglos circulando y son las que un guionista se encuentra ya hechas. Heródoto, mientras tanto, sigue teniendo lo que el cine no le copió nunca: cuatro días de espera, una huida fingida, un rey que se levanta tres veces del trono y un adivino que lee el desastre en unas vísceras antes de que amanezca.
La fuente, en un museo
Cleveland Museum of Art · dominio público · ficha
Cleveland Museum of Art · dominio público · ficha
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