El pasado marzo, su película volvió cuatro días a las salas españolas y recaudó más que en toda su carrera comercial de 2017. Aprovechamos la ocasión para ajustar cuentas con dos palabras: una que aquí se tomó por antigua sin serlo y otra que sí lo es y se entendió al revés.
Señor Shinkai: el pasado 20 de marzo su película volvió a las salas españolas por su décimo aniversario. Estuvo cuatro días —20, 21, 22 y 25—, en castellano, en catalán y en versión original subtitulada, y se llevó 392.325 euros, cuarta posición de la taquilla, por delante de varios estrenos de la semana. Le doy el otro número para que el primero se entienda: cuando se estrenó aquí, el 7 de abril de 2017, en diecisiete ciudades y con Selecta Visión detrás, hizo unos 328.000 euros con cerca de 54.000 espectadores en toda su carrera comercial. Un reestreno de cuatro días ha superado al estreno entero. Le escribo por eso, y sobre todo por lo que ese dato deja al descubierto: que aquí la película se ha visto mucho, pero dos de sus palabras llegaron desordenadas.
Las dos son las que todo el mundo repite a la salida del cine: musubi y kataware-doki. Con la primera entendimos mal el fondo. Con la segunda entendimos mal el origen. Y el error es tan simétrico que casi resulta elegante.
Empiezo por la incómoda. Kataware-doki no existe. No está en los diccionarios, no lo usa ninguna comarca japonesa y no es dialecto de Hida por más que su profesora lo presente como «lo que dicen los mayores de Itomori» —Itomori tampoco existe, claro—. Es un compuesto suyo: kataware (片割れ), el trozo partido, la mitad de un par, más doki, la hora. Lo que sí existe es la pareja de la que usted parte: kawatare-doki (彼は誰時, «¿quién es él?»), que es el amanecer, y tasokare-doki (誰そ彼時, «¿quién es ese?»), que es el ocaso y que por desgaste fonético acabó dando tasogare, la palabra normal para crepúsculo. Es decir: el japonés bautizó las dos horas en que no se reconoce a nadie con la pregunta que se hace a esa hora. Usted cogió esa estructura y le cambió la pregunta por un objeto partido en dos, que es exactamente la forma del cometa y la forma de sus dos protagonistas.
En España nadie lo dudó. Ni una sola vez oí a nadie preguntarse si la palabra era real. Y creo saber por qué: aquí la fórmula «así lo llaman los viejos del pueblo» tiene autoridad léxica automática, es una credencial. Le compramos la palabra inventada al contado. Y lo gracioso, o lo triste, es en qué punto sí se levantó la ceja del público español: en el kuchikamizake, el sake masticado. Ahí hubo risa nerviosa en la sala, ahí hubo el codazo al de al lado. Justo en lo único de toda la película que está documentado. El Fudoki de la provincia de Ōsumi, redactado después del año 713, describe la costumbre con una sequedad que quita la risa: se prepara agua y arroz en una casa, se avisa al pueblo entero, hombres y mujeres mastican el arroz y lo escupen en la tinaja, cada uno se vuelve a su casa, y cuando días después empieza a oler a alcohol se reúnen otra vez y se lo beben entre todos. Resumiendo el balance español: nos tragamos como ancestral la palabra que usted acababa de fabricar y tratamos como excentricidad folclórica el único rito con fuente escrita del siglo VIII.
Hay una tercera cosa que aquí pasó de largo, y esta no es culpa del público sino de que está escrita en una pizarra y en japonés. En la clase de la profesora Yukino —que además es un cameo, la mujer de El jardín de las palabras— el poema del encerado es el número 2240 del Man'yōshū, la antología más antigua que se conserva en japonés, más de cuatro mil quinientos poemas en veinte libros, compilada después del año 759. Dice, aproximadamente:
«No me preguntes "¿quién es ese?": soy yo, empapado por el rocío del noveno mes, esperándote».
Y mientras esa frase está escrita a su espalda, Mitsuha tiene en el pupitre una nota que le ha dejado Taki con un boli en la mano ajena: «¿quién eres?». Usted puso en el mismo plano un poema de hace mil trescientos años y un garabato de adolescente y los hizo decir lo mismo. Ese plano, en España, es un plano de transición. Ahí tiene el coste real de no traducir la pizarra.
Vamos con musubi, que es donde el malentendido es más de fondo. Aquí se archivó de inmediato como «el hilo rojo del destino»: una idea de pareja, romántica, de dos personas atadas por el meñique. La abuela Hitoha dice otra cosa bastante más grande:
«Musubi es el nombre antiguo del dios del lugar. Atar hilos es musubi. Unir a las personas es musubi. El paso del tiempo es musubi».
No está hablando de novios. Musubi se escribe también 産霊, musu (engendrar, brotar) más hi (potencia espiritual): la fuerza que hace que las cosas nazcan y vuelvan a nacer. En el Kojiki, del año 712, dos de los primerísimos dioses llevan la palabra en el nombre, Takamimusubi y Kamimusubi, y su currículum no es el amor: son los que organizan sacar a Amaterasu de la cueva y los que resucitan a Ōkuninushi. Musubi es lo que reanima lo que se estaba apagando. Por eso la abuela puede meter en la misma frase el hilo, la gente y el tiempo sin que suene a metáfora: para ella son tres casos del mismo fenómeno agrícola y vital. La pareja es un caso particular, no el tema.
Y ahora la parte que me da rabia como español, porque no era un problema de exotismo: era un problema de no abrir nuestro propio diccionario. Teníamos la palabra. La discusión sobre de dónde viene «religión» es de manual: Cicerón, en el libro II de De natura deorum, la sacaba de relegere, releer, repasar con cuidado; Lactancio, en el libro IV de las Instituciones divinas, le enmienda la plana y la deriva de religare, volver a atar, «porque estamos atados a Dios por el vínculo de la piedad»; y Agustín, que al principio había ido por otro camino, se retracta y le da la razón a Lactancio. O sea que la palabra que el castellano usa para todo el aparato de lo sagrado significa, literalmente, hacer un nudo otra vez. Teníamos musubi en casa desde el latín tardío y lo tradujimos como «hilo rojo».
Con la hora pasa lo mismo. No sé qué palabra exacta eligieron para kataware-doki quienes hicieron el doblaje —se grabó en AC Estudis, en Valencia, con Antonio Castillejo dirigiendo, traducción y ajuste de Paco Galindo y Rubén Felis, que además es la voz de Taki, y Graciela Molina como Mitsuha— y no pienso inventármela, que bastante palabra inventada llevamos ya en esta carta. Pero sí sé cuál es la que la gente usó después para explicarla: crepúsculo. Y crepúsculo es una palabra de observatorio, una franja de grados por debajo del horizonte. En el mismo diccionario está lubricán: del latín lupus, lobo, y canis, perro, contaminada por lóbrego; significa la claridad del amanecer hasta que sale el sol y la que queda al anochecer hasta que cierra la noche. Fíjese en dos cosas. Una, que cubre los dos extremos del día, igual que su pareja kawatare / tasokare. Y dos, que está construida sobre exactamente el mismo fallo: es la hora en que el pastor, si está algo lejos del rebaño, no distingue si lo que se acerca es su perro o es un lobo. El japonés fijó esa hora preguntando «¿quién es ese?»; el castellano la fijó preguntando «¿perro o lobo?». Es el mismo mecanismo, la misma incapacidad de reconocer convertida en nombre de una hora. Y todavía tenemos «entre dos luces», que el diccionario define sin más rodeos como al amanecer o al anochecer. Su película se podía contar en castellano con palabras que ya estaban puestas.
Una última: el cordón. Cuando la abuela dice que la trenza es la forma del tiempo tampoco está adornando. El kumihimo se documenta desde el período Nara, y en el Shōsōin del Tōdai-ji, en Nara, se conservan trenzados de más de mil años; se usaban para atar rollos de sutras, en las armaduras, en las empuñaduras. La trenza es literalmente lo que ha mantenido unidos los documentos por los que sabemos todo lo anterior. Eso no lo puso usted: eso estaba ahí y usted lo señaló.
Termino con lo que España sí entendió, aunque no supiera decirlo. En marzo, diez años después, en cuatro días, cuarto puesto, 392.325 euros. Un público que no sabe pronunciar musubi lo hizo: volvió a atarse a una película que ya había visto, en salas, pudiendo verla en casa. La palabra la teníamos mal traducida; el gesto salió perfecto.
Le mando esta carta desde una web que además vende camisetas, así que le debo la aclaración: el poema 2240, los patrones de kumihimo y los dioses del Kojiki están en dominio público desde hace siglos, y de ahí salen nuestros diseños. Nos pareció más honesto tirar de la fuente que de sus fotogramas. Un saludo, y gracias por obligarnos a mirar nuestro propio diccionario.
La fonte, in un museo
The Metropolitan Museum of Art · pubblico dominio · scheda
The Metropolitan Museum of Art · pubblico dominio · scheda
The Metropolitan Museum of Art · pubblico dominio · scheda