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Juicio a Parque Jurásico: el mosquito del ámbar no pica

18.08.2026 · Parque Jurásico (1993) ·Steven Spielberg

Montamos un tribunal imaginario y sentamos a la película de 1993 en el banquillo. Los testigos, en cambio, son reales: artículos con volumen y página, fósiles de Cuenca y el propio asesor científico del rodaje contando lo que le dijo Spielberg. El veredicto no es el que parece.

Aviso previo: este juicio no ha existido. La sala es inventada. Todo lo demás —los testigos, las fechas, los números de página— está comprobado y se puede ir a mirar. Se juzga a una película de 1993 por falsear el pasado.

Escrito de acusación

El ministerio fiscal formula cinco cargos contra la obra:

Primero
Falsificación de escala. Presenta como Velociraptor a un animal del tamaño de un hombre.
Segundo
Procedimiento imposible. Sostiene que se puede sacar ADN de un mosquito atrapado en ámbar.
Tercero
Invención de órganos. Le pone al dilofosaurio una gorguera y una glándula de veneno que no constan en ningún hueso.
Cuarto
Difamación de un sentido ajeno. Afirma que el tiranosaurio no ve lo que está quieto.
Quinto
Publicidad engañosa en el título. De los siete animales que se ven moverse en pantalla —braquiosaurio, dilofosaurio, tiranosaurio, tricerátops, galimimo, velocirraptor y parasaurolofo—, cinco son del Cretácico. Solo dos son jurásicos.

Declara el asesor científico de la casa

El primero en hablar es quien cobró por asesorar el rodaje: el paleontólogo Jack Horner, del Museo de las Rocosas. No niega los hechos. Los explica.

«Sabíamos en aquel momento que los velocirraptores tenían plumas. Steven decidió que unos dinosaurios con plumas no darían suficiente miedo.»

Lo contó en marzo de 2017 en Kalispell, Montana, y lo ha repetido en otras entrevistas con variaciones mínimas. La defensa toma nota: el acusado no se equivocó, eligió. Es una distinción que va a pesar en el veredicto.

Primer testigo: un gorgojo del Líbano, publicado un día antes del estreno

El 10 de junio de 1993, Nature publicó en el volumen 363, páginas 536 a 538, un trabajo de Raúl Cano, Hendrik Poinar, Norman Pieniazek, Aftim Acra y George Poinar: habían amplificado y secuenciado ADN de un gorgojo conservado en ámbar libanés de entre 120 y 135 millones de años. La película se estrenó en Estados Unidos al día siguiente.

Esa coincidencia de veinticuatro horas es lo que convirtió la premisa en algo discutible en serio. Duró poco. En 1997, Jeremy Austin y cuatro colegas del Museo de Historia Natural de Londres publicaron en Proceedings of the Royal Society B (264, páginas 467-474) el resultado de intentar reproducirlo con abejas y moscas de ámbar y copal: no encontraron ADN antiguo auténtico. En 2013, David Penney y su equipo fueron más lejos y probaron con copal colombiano, que es resina joven: una muestra de menos de sesenta años y otra de 10.612 años. Ni en la de sesenta años. El artículo, en PLOS ONE, se titula sin rodeos Ausencia de ADN antiguo en inclusiones de insectos subfósiles.

El golpe definitivo lo dio en 2012 un trabajo que no hablaba de ámbar. Morten Allentoft midió el ADN mitocondrial de 158 huesos de moa neozelandés con datación de carbono y calculó la semivida: 521 años para un fragmento de 242 pares de bases. Cada cinco siglos, la mitad. Hágase la cuenta hasta 66 millones de años.

Segundo testigo: el mosquito de la vitrina no pica

El bastón de John Hammond lleva engastado un trozo de ámbar con un mosquito dentro. Es el objeto del que cuelga toda la trama. El entomólogo que examina la pieza identifica el género: Toxorhynchites, el llamado mosquito elefante. Es el más grande que hay, lo cual explica que el departamento de atrezo lo eligiera —se ve bien en pantalla—, y es también el único mosquito que no chupa sangre. Los adultos viven de néctar y savia.

Es decir: de todas las especies posibles, el parque escogió la que no puede contener sangre de nada. La cadena entera de la película empieza con un animal incapaz de dar el primer paso.

Tercer testigo: el tiranosaurio te ve, y además no corre

«Su visión se basa en el movimiento», dice el doctor Grant mientras la niña sostiene una bengala. Es la frase más citada de la película y no se sostiene.

Kent Stevens, de la Universidad de Oregón, esculpió cabezas de siete terópodos y les aplicó las técnicas de perimetría que usan los oftalmólogos para medir campos visuales. Publicó los resultados en el Journal of Vertebrate Paleontology en 2006 (volumen 26, páginas 321-330). El tiranosaurio tenía un campo binocular de 55 grados: más ancho que el de un halcón. Los alosaurios, con el morro estrecho y los ojos a los lados, se quedaban en unos 20 grados, como un cocodrilo. El tiranosaurio no es el ciego de la película; es justo el que mejor ve del grupo.

Y la persecución del todoterreno tampoco. John Hutchinson y Mariano Garcia calcularon en Nature en 2002 la masa de músculo extensor que necesitaría un tiranosaurio adulto para correr de verdad y les salió una cifra absurda. El título del artículo es Tyrannosaurus no era un corredor rápido. En 2017, William Sellers y su equipo lo abordaron desde la carga que soportaría el hueso y publicaron en PeerJ un techo de 7,7 metros por segundo, unos 28 kilómetros por hora, por encima de los cuales las patas se le romperían. Un coche se le escapa.

Cuarto testigo: la gorguera es de otro animal

El dilofosaurio que mata a Nedry es pequeño, despliega un collar de piel como una sombrilla y escupe veneno. Ninguna de las tres cosas está en los fósiles. La gorguera se copió del clamidosaurio australiano, un lagarto vivo; el escupitajo, de las cobras escupidoras.

En 2020, Adam Marsh y Timothy Rowe publicaron en el Journal of Paleontology la primera descripción anatómica completa del animal, con tomografía de los ejemplares conocidos. Dilophosaurus wetherilli medía alrededor de siete metros y pesaba unos cuatrocientos kilos: el mayor depredador conocido de su momento, no un bicho de metro y pico. Las dos crestas de la cabeza resultaron ser huecas, conectadas con el sistema respiratorio mediante sacos aéreos, probablemente señales de reconocimiento entre individuos. La película le quitó siete metros y le puso un adorno prestado de un lagarto que vive hoy en Queensland.

La defensa llama a dos fósiles de Cuenca

La defensa cambia de estrategia y trae al estrado dos testigos que el fiscal no esperaba, los dos de Las Hoyas, en la serranía de Cuenca.

El primero se llama Pelecanimimus polyodon. Lo encontró Armando Díaz Romeral en julio de 1993 —un mes después del estreno— y lo describió en Nature en 1994 el equipo de Bernardino Pérez-Moreno y José Luis Sanz. Es un ornitomimosaurio, o sea, un pariente directo del galimimo que estampida en la película, y el primero que aparecía en Europa. Tenía unos 220 dientes, más que ningún otro miembro de su grupo, y conservaba impresiones de tejido blando: una cresta en la nuca y una bolsa gular como la de un pelícano. Detalles que ningún esqueleto solo habría contado.

El segundo es Concavenator corcovatus, del mismo yacimiento, publicado en Nature en 2010 por Francisco Ortega, Fernando Escaso y José Luis Sanz. Cinco o seis metros, unos 125 millones de años, una joroba de vértebras alargadas y, en el cúbito, una hilera de pequeños bultos que los autores interpretaron como puntos de anclaje de estructuras tipo pluma. La cosa se discutió: en 2014 Christian Foth y otros propusieron que eran líneas intermusculares; en 2015 y 2018 Elena Cuesta reexaminó la musculatura del antebrazo y defendió la lectura original. El debate sigue abierto, y eso es exactamente lo que la defensa quería enseñar al jurado: que en 1993 nadie podía dibujar con seguridad lo que aún hoy se discute con el hueso delante.

Contrainterrogatorio

El fiscal recupera el cargo primero, el de la escala, y ahí pierde. En junio de 1993, el mismo mes del estreno, James Kirkland, Donald Burge y Robert Gaston describieron en la revista Hunteria un dromeosáurido de Utah de unos seis metros: Utahraptor. La película había agrandado el velocirraptor por razones de guion y la naturaleza le dio la razón por accidente, con días de diferencia.

Pero el fiscal tiene la réplica preparada, y es de las que hacen daño porque ataca lo que la película hizo bien. Dos cosas.

Prueba pericial de sonido

Antes de deliberar, el tribunal admite una última prueba: la banda sonora. Gary Rydstrom, el diseñador de sonido, ha explicado cómo se fabricó cada bicho. El rugido del tiranosaurio es la cría de elefante del zoo de San Francisco por arriba y un caimán por abajo. Los ladridos con los que los raptores se hablan entre ellos son tortugas apareándose, grabadas por Rydstrom en Marine World tras horas de espera. Hay ganso, morsa, delfín y caballo repartidos por ahí.

Ni un solo sonido de la película procede de un dinosaurio, y no podía proceder: no hay manera de saber cómo sonaban. Lo interesante es que nadie ha acusado nunca a la película por esto. El sonido inventado se acepta sin discusión; la imagen inventada, no.

Veredicto

Culpable de los cargos segundo, tercero y cuarto. Absuelta del primero, por circunstancias sobrevenidas en Utah. Culpable del quinto, con la atenuante de que Parque Cretácico no suena igual.

Pero la condena no va por ahí. El tribunal considera probado que el acusado hizo lo mismo que llevaban haciendo siglo y medio los grabadores victorianos de los que sale nuestra colección de paleontología: coger los huesos disponibles, rellenar los huecos con una invención convincente y publicarla. Cuando Benjamin Waterhouse Hawkins le plantó al iguanodonte un cuerno en el morro en 1854, aquel cuerno era en realidad un pulgar, y el error tardó veinticuatro años en corregirse en Bernissart. La escultura, sin embargo, sigue en pie en Sydenham. Se corrigió el dato, no la imagen.

Eso es lo que se le reprocha aquí, y es lo que no tiene remedio: el velocirraptor sin plumas de 1993 lleva más de treinta años ganándole el pulso a un artículo de Science de 2007. La imagen dura más que el dato porque llega antes, llega a más gente y no necesita que la creas: solo que la recuerdes. Sentencia: el acusado queda condenado a ser, durante otra generación, lo primero que le venga a la cabeza a cualquiera que oiga la palabra dinosaurio. Sin posibilidad de recurso.

La fonte, in un museo

Griffin Protome
Griffin Protome · 625–575 BCE
Cleveland Museum of Art · pubblico dominio · scheda
Dinosaur-plateau
Dinosaur-plateau · Allan Mustard · 2016/10/06
Wikimedia Commons · pubblico dominio · scheda
Dinosaur 2
Dinosaur 2 · Eliedion · 2015-07-10
Wikimedia Commons · pubblico dominio · scheda