Un yeoman, no un conde
La primera vez que alguien escribe «Robin Hood» en un texto conservado es hacia 1377, en Piers Plowman, de William Langland: un cura holgazán admite que no se sabe bien el padrenuestro pero sí las rymes of Robyn Hood. Es una queja, no un homenaje. La historia ya circulaba lo bastante como para estorbar.
Los textos largos más antiguos son tres. Robin Hood and the Monk, copiado hacia 1450-1465 en el manuscrito Ff.5.48 de la Universidad de Cambridge: noventa estrofas en un cuaderno que además lleva material devocional y un conjuro latino contra ladrones. Robin Hood and the Potter, de hacia 1500. Y A Gest of Robyn Hode: ocho fyttes, 456 estrofas, 1.824 versos, compuesto hacia 1450 y conservado sólo en impresos del siglo XVI: la edición de Wynkyn de Worde en Londres, posterior a 1500 y la única casi completa, y los fragmentos de Jan van Doesborch en Amberes, hacia 1510-1515.
El Robin de esos textos no se parece al del cine. No es un conde desposeído: es un yeoman, un hombre libre sin título. No hay Marian. Y el bosque casi nunca es Sherwood: el Gest transcurre en Barnsdale, en Yorkshire, y no nombra Sherwood ni una sola vez; de los textos antiguos sólo Robin Hood and the Monk lo pone allí. Tampoco reparte a manos llenas: le presta 400 libras a un caballero arruinado, Sir Richard at the Lee, con la Virgen de fiadora, y se cobra la deuda asaltando al monje del abad de Santa María. Eso sí, el poema se despide diciendo que «dyde pore men moch god», que hizo mucho bien a los pobres. En los archivos judiciales aparece un «Robert Hod, fugitive» en las assizes de York de 1226, «Hobbehod» al año siguiente, y entre 1261 y 1300 al menos ocho «Rabunhod» repartidos por media Inglaterra. El nombre ya era menos un hombre que un mote de delincuente.
El inventario del bosque
Verde de Lincoln no significa «verde bosque». Era un paño concreto de la ciudad de Lincoln, teñido dos veces: primero con glasto, que da azul, y encima con gualda, que da amarillo. Cuando el Gest dice
Whan they were clothed in Lyncolne grene, / They keste away theyr graye.
el público de 1500 entendía un ascenso social: han tirado el sayal gris del pobre y visten paño caro.
La flecha del premio, en el concurso de tiro del sheriff, viene descrita con precisión de joyero: «The shaft of syluer whyte, / the hede and the feders of ryche red golde». Asta de plata blanca, punta y plumas de oro rojo.
Lo demás es igual de físico:
- el arco largo de tejo, arma de guerra y no juguete;
- el cuerno con el que se llama a la banda;
- la capucha —hood—, que en inglés suena igual que su apellido;
- el hábito y la tonsura de fray Tuck, que no está en las baladas antiguas: entra por el teatro y los juegos de mayo, en una obrilla de hacia 1475;
- la sangría del priorato de Kirklees, donde muere desangrado por su propia parienta, la priora;
- y la última flecha, disparada por la ventana para marcar dónde lo entierran, detalle que sólo se lee completo en las versiones impresas tardías de la balada de su muerte.
Todo lo demás se añadió, y se puede fechar
El noble desposeído asoma con Richard Grafton en 1569 y queda fijado por Anthony Munday en dos obras de teatro escritas en 1598 e impresas en 1601: The Downfall of Robert, Earl of Huntingdon y The Death of Robert, Earl of Huntington. Munday también empareja a Robin con Marian, una tal Matilda que cambia de nombre al entrar en el bosque.
Marian venía de otro sitio: del Jeu de Robin et Marion de Adam de la Halle, hacia 1283, una pastorela francesa con un pastor Robin y una pastora Marion sin ninguna relación con el forajido inglés. Los juegos de mayo ingleses los juntaron a principios del siglo XVI: las cuentas de Kingston upon Thames registran a Marian en 1509-1510 y Alexander Barclay la nombra junto a Robin hacia 1513.
El rey de las baladas antiguas tampoco es Ricardo Corazón de León, sino un Eduardo sin más señas. Quien muda a Robin al reinado de Ricardo I es el escocés John Major, en 1521, en el mismo pasaje en que escribe que sólo despojaba a los ricos y que socorría a los pobres con lo quitado a los abades. De ahí lo toman Munday y, detrás de él, todos.
Robar a los ricos para dar a los pobres, ya como consigna, lo fija Joseph Ritson en 1795, en su antología Robin Hood: A Collection of All the Ancient Poems, Songs and Ballads. Partir por la mitad la flecha del rival es de Walter Scott, Ivanhoe, 1819: Locksley parte la flecha de Hubert y después revienta una vara de sauce a cien yardas. Antes de Scott ese gesto no existe.
La estampa visual es de Howard Pyle, The Merry Adventures of Robin Hood (Scribner's, 1883). Pyle ordenó las baladas sueltas en una novela, limpió al personaje —en la balada mata a catorce guardabosques; en Pyle, a uno y en defensa propia— e inventó un inglés falso-medieval que todavía se imita. Sus dibujos son el molde del que sale casi todo el Robin de cine. Francis James Child numeró 38 baladas entre 1882 y 1898, las Child 117 a 154, y ahí siguen.
De un castillo de escayola a unas mallas
El primer Robin grande es mudo. Robin Hood (1922), de Allan Dwan con Douglas Fairbanks, costó unos 930.000 dólares y fue la película más cara hecha hasta entonces. El castillo fue el decorado más grande levantado para un mudo: madera, alambre y escayola sobre suelo de hormigón, con puente levadizo de acero. Se estrenó el 18 de octubre de 1922 en el Grauman's Egyptian, el primer estreno hollywoodiense propiamente dicho.
The Adventures of Robin Hood (1938), de Michael Curtiz y William Keighley, costó 2.033.000 dólares y fue el tercer largo de Warner en Technicolor de tres tiras. Ganó tres Oscar: dirección artística (Carl Jules Weyl), montaje (Ralph Dawson) y banda sonora (Erich Wolfgang Korngold, que llamaba a sus partituras «óperas sin cantar»). Todas las flechas las tiró el arquero Howard Hill; el plano de la flecha partida hubo que rehacerlo con truco: según el especialista Buster Wiles, la segunda flecha llevaba una punta ancha y plana y salió guiada por un alambre que asoma un instante en el metraje final. El Sherwood que sale en pantalla es el Bidwell Park de Chico, California.
Rareza de continuidad: Alan Hale hizo de Little John en 1922 con Fairbanks, en 1938 con Flynn y otra vez en Rogues of Sherwood Forest (1950), su última película.
Después: Disney (1973), rodada con poco dinero y con secuencias calcadas de El libro de la selva y Los aristogatos. Robin and Marian (1976), de Richard Lester y James Goldman, con Sean Connery y Audrey Hepburn, que acaba con la última flecha tirada desde la cama por la ventana. Robin of Sherwood (1984-1986), de Richard Carpenter, que mete a Herne el Cazador y a un sarraceno, Nasir, previsto para morir en el segundo episodio y que se quedó toda la serie: de ahí sale Azeem en Prince of Thieves (1991). Y Robin Hood: Men in Tights (1993), donde Mel Brooks parodia esa película, con Roger Rees haciendo del sheriff que había hecho Alan Rickman y Dave Chappelle debutando en cine.
En 1955, a los proscritos los escribían proscritos
En septiembre de 1955 ITV estrenó The Adventures of Robin Hood con Richard Greene: 143 episodios hasta 1959 y unos 32 millones de espectadores semanales a los dos lados del Atlántico. La productora era Hannah Weinstein, una estadounidense instalada en Londres, y su compañía, Sapphire Films, existía casi para esto: dar trabajo a guionistas a los que la lista negra de Hollywood había dejado sin nombre. Cerca de dos docenas escribieron episodios bajo seudónimo, con medidas de seguridad para que no se supiera quiénes eran. El piloto va firmado «Lawrence McClellan» en las copias americanas y «Eric Heath» en las británicas: detrás estaban Ring Lardner Jr., uno de los Diez de Hollywood, y su socio Ian McLellan Hunter. También pasaron por ahí Waldo Salt, Robert Lees y Adrian Scott.
La serie sobre hombres declarados fuera de la ley la escribían, en secreto, hombres declarados fuera de la ley.










