Llamamos «quijotesco» a lo que damos por perdido antes de empezar, y con eso creemos estar citando a Cervantes. El libro dice casi lo contrario: don Quijote gana la mitad de sus peleas y sólo se hunde el día que acepta que estaba loco. Una película sobre un meteorólogo que discutió con una sala entera sirve para volver a leerlo.
A las nueve y media de la noche del 4 de junio de 1944, en la biblioteca de Southwick House, un escocés de cuarenta y tres años entró en una habitación llena de generales y almirantes y les explicó que la mayor flota jamás reunida no podía zarpar. Se llamaba James Martin Stagg, había nacido en Musselburgh en 1900 y su autoridad era estrictamente prestada: leía mapas de presión con datos de barcos y estaciones del Atlántico. Enfrente tenía al coronel norteamericano Irving P. Krick, que trabajaba por analogía con situaciones históricas parecidas y prometía un 5 de junio sereno. Ganó Stagg, el desembarco se retrasó veinticuatro horas y de madrugada Eisenhower dio la orden. Tiempo de victoria —dirigida por Anthony Maras sobre la obra que David Haig estrenó en el Royal Lyceum de Edimburgo en 2014, interpretándola él mismo— reconstruye esas setenta y dos horas y llega a España el 18 de septiembre. Lo interesante no es la película. Es la palabra que habríamos usado para describir a Stagg si el temporal no hubiera llegado.
Esa palabra es «quijotesco», y conviene mirar de cerca cuándo se fabricó. En inglés, el Oxford English Dictionary fecha el sustantivo Quixote en 1644, en el poeta John Cleveland; quixotical en 1657; el adjetivo que hoy usamos todos, quixotic, en 1718, en el satírico Nicholas Amhurst. Más de un siglo para convertir un personaje en categoría moral. Y para cuando cuajó, el adjetivo ya venía con sentencia incorporada: noble, entrañable, inútil. Un certificado de derrota emitido por adelantado. Decimos que una causa es quijotesca exactamente cuando queremos admirarla sin apoyarla.
El certificado tiene autor conocido. Anthony Close lo demostró en The Romantic Approach to Don Quixote (Cambridge, 1978): hasta 1800 el libro se leía como lo que su prólogo dice que es, una burla de los libros de caballerías, y fueron los románticos alemanes —los Schlegel, Schelling, Tieck, Jean Paul Richter— quienes lo convirtieron en el poema filosófico del choque entre el Ideal y lo Real. Byron remató la faena en 1823, en el canto XIII de su Don Juan: «Cervantes smiled Spain's chivalry away», una sola carcajada que amputó el brazo derecho de su país. Unamuno lo elevó a religión nacional en Vida de don Quijote y Sancho (1905). Y el 22 de noviembre de 1965, en el ANTA Washington Square Theatre, Man of La Mancha estrenó un himno, The Impossible Dream, y aguantó 2.328 funciones. De ahí sale el póster de oficina. Fíjese en que las cuatro versiones necesitan lo mismo: que el hombre pierda siempre.
Pierde bastante menos de lo que creemos. En las clases que preparó para Harvard en el curso 1951-52 —publicadas en 1983 como Lectures on Don Quixote—, Nabokov hizo algo que ningún romántico se habría rebajado a hacer: contar. Repasó una cuarentena de combates, los apuntó como quien lleva el marcador de un partido de tenis y le salió un empate a veinte. Veinte victorias y veinte derrotas. Le asombró la simetría y la atribuyó al oficio de Cervantes. Añada usted otro dato de bulto: los molinos de viento son el capítulo VIII de una novela que tiene 126 capítulos, cincuenta y dos en la primera parte y setenta y cuatro en la segunda. Un episodio de menos del uno por ciento del libro se ha comido el resto y ha impuesto la idea de un hombre que se estrella contra todo. La lectura de la derrota perpetua es un trabajo de montaje hecho por la posteridad.
La derrota que sí importa está en la playa de Barcelona, capítulo LXIV de la segunda parte, y llegó ahí por un motivo que rara vez se cuenta junto al episodio. En 1614, con cincuenta y ocho capítulos escritos, Cervantes se enteró de que en Tarragona había aparecido un Segundo tomo firmado por un tal Alonso Fernández de Avellaneda. Nunca supo quién era. No tenía tribunal al que acudir ni forma de retirar el libro de la circulación: una batalla perdida de manual. Su respuesta fue desviar el itinerario. Como el falsario llevaba a su don Quijote a las justas de Zaragoza, Cervantes lo mandó a Barcelona para no coincidir, y allí, en la arena, lo hizo derribar por el Caballero de la Blanca Luna. Después, por boca de Cide Hamete, cerró la puerta: «Para mí sola nació don Quijote, y yo para él». La caída definitiva del personaje es, literalmente, un desvío obligado por un plagiario.
Y lo que dice desde el suelo, con la lanza encima, es la frase más importante del libro para cualquiera que alguna vez haya discutido con una sala entera:
«Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo y yo el más desdichado caballero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad. Aprieta, caballero, la lanza y quítame la vida, pues me has quitado la honra.»
Ahí está entera la distinción que hemos perdido. Ha perdido el combate y no retira la afirmación, porque son dos cosas distintas. Su debilidad no es un argumento contra lo que sostiene. Uno puede tener razón y ser derribado; uno puede ganar y estar equivocado —Krick habría ganado la discusión del 4 de junio y habría mandado a cinco mil barcos contra un temporal—. El pensamiento moderno hace exactamente lo contrario: usa el resultado como prueba, y por eso necesita la palabra «quijotesco», que sirve para no tener que revisar nada.
El desenlace lo confirma por la vía dolorosa. A don Quijote no lo mata la Blanca Luna, lo mata aceptar sus condiciones: un año en casa sin salir. En el capítulo LXXIV se despierta cuerdo y lo anuncia como una buena noticia —«Yo fui loco y ya soy cuerdo; fui don Quijote de la Mancha y soy agora, como he dicho, Alonso Quijano el Bueno»— y es entonces, y sólo entonces, cuando se muere. Sancho, que ha pasado mil páginas pidiéndole sensatez, se derrumba y le suplica lo contrario: «la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir sin más ni más». El libro más citado como manual de idealismo termina diciendo algo mucho más incómodo: la curación es el final. La batalla se pierde el día en que uno empieza a llamarse a sí mismo razonable.
Cervantes sabía de lo que hablaba porque tenía la contabilidad hecha. El 7 de octubre de 1571, en Lepanto, estaba con fiebre bajo cubierta de la galera Marquesa; le dijeron que se quedara y se negó, y salió de allí con la mano izquierda inutilizada. Lepanto no cambió nada: Chipre siguió perdida y la flota otomana se rehízo. Cuarenta y cuatro años después, en el prólogo de la segunda parte del Quijote —el libro donde está desmontando la literatura heroica—, la llamó «la más alta ocasión que vieron los siglos». No retiró la frase. En 1575 lo apresaron camino de casa y pasó cinco años en Argel, con cuatro fugas planeadas y cuatro fracasos, hasta que fray Juan Gil reunió los quinientos escudos del rescate el 19 de septiembre de 1580. Ese es el hombre que escribió el gran libro sobre pelear cuando ya no tiene sentido: no un soñador, un contable de derrotas que se negaba a descontarlas del total.
Vuelva ahora a Southwick House. La distancia entre «tenía razón» y «era un quijote» la decide siempre alguien que llega después. La ventana buena existió, el desembarco salió y entre el 19 y el 22 de junio de 1944 se desató el peor temporal de junio en cuarenta años, que destrozó el puerto artificial Mulberry frente a Omaha: el siguiente hueco disponible en el calendario mareal habría metido la invasión justo ahí. Krick, el que perdió la discusión, fundó en 1948 la primera empresa privada de meteorología de Estados Unidos y se dedicó a vender lluvia sembrando nubes. Stagg, el que ganó, recibió una nota manuscrita de Eisenhower que decía: «Stagg —gracias— y gracias a los dioses de la guerra por haber ido cuando fuimos». Ese es el premio completo por tener razón contra la habitación: una nota. La versión útil del gesto quijotesco hoy no es cargar contra el molino sabiendo que se pierde —eso es coartada—, es aguantar la afirmación separada del resultado, no dejar que el golpe cuente como refutación y, sobre todo, desconfiar mucho del día en que a uno lo declaren curado.
De ese material, además, salen cosas que se pueden llevar puestas. En 1863 Hachette publicó en París el Quichotte ilustrado por Gustave Doré: 377 dibujos, 120 láminas a página completa, todas grabadas en madera por Héliodore Pisan, y a Zola se le atribuye el veredicto de que aquello no era ilustrar una obra sino rehacerla, de modo que el espíritu humano pasaba a tener dos obras maestras en vez de una. Están en dominio público desde hace más de un siglo, como el texto de 1605 y 1615. Varias de nuestras camisetas vienen de esas planchas —el molino, claro, pero también la playa de Barcelona, que es la estampa que de verdad cuenta la historia—.
La source, dans un musée
The Metropolitan Museum of Art · domaine public · fiche
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