Nadie la llamó así mientras se peleaba
Los que la lucharon no usaron ese nombre. David Hume habla en su History of England (1762) de las guerras de las dos rosas, y Walter Scott lo populariza en Anne of Geierstein (1829) al referirse a «las guerras de la Rosa Blanca y la Roja»: tres siglos y medio después de Bosworth.
Antes estaba Shakespeare. En Enrique VI, primera parte (acto II, escena 4) los nobles se plantan en el jardín del Temple y cada uno arranca una rosa, blanca o roja, para declarar bando. La escena no la recoge ninguna crónica del siglo XV. Se la inventó él.
Y la rosa roja tampoco aguanta el examen. Los Lancaster la usaron poco y a menudo dorada; Enrique VI, el rey bajo el que se hundió el país, tiraba más de su antílope encadenado. El historiador Adrian Ailes sostiene que la rosa roja le debe su popularidad a Enrique VII, que respondió deprisa a la rosa blanca yorkista. La rosa Tudor —roja por fuera, blanca por dentro— se monta después de su boda con Isabel de York, en enero de 1486. El emblema de la guerra se diseñó cuando la guerra ya había terminado.
El bestiario que sí llevaban cosido
Lo que de verdad iba en la manga era más raro y mucho más concreto.
- El jabalí blanco de Ricardo III, con colmillos y pezuñas de oro, adoptado cuando todavía era duque de Gloucester.
- El halcón y la traba de York: un halcón metido dentro de un grillete de caballo. Lo usó Edmundo de Langley, primer duque; su nieto Ricardo empezó a dibujar la traba abierta.
- El oso y el bastón nudoso de los condes de Warwick. Juntos aparecen por primera vez en 1387, en una cama de Tomás Beauchamp bordada con un oso de oro y un bastón de plata.
- El cisne de los Bohun, con corona al cuello y cadena de oro. El rastrillo de los Beaufort. El nudo de cuerda de los Stafford.
- El sol en su esplendor de Eduardo IV, que tiene fecha exacta: el 2 de febrero de 1461, antes de la batalla de Mortimer's Cross, un parhelio puso tres soles en el cielo. Eduardo convenció a sus hombres de que era la Trinidad y se lo quedó.
Trece mil jabalíes de tela
La insignia de librea era ropa de propaganda y se fabricaba en serie. Las cuentas del guardarropa real registran en 1483 un pedido de 13.000 insignias de fustán con el jabalí blanco, repartidas entre la coronación de Ricardo III y la investidura de su hijo Eduardo de Middleham como príncipe de Gales en York.
Han sobrevivido en plomo, en plata y en cobre dorado. Una de plata dorada apareció en 1999 en Chiddingly, Sussex, y está en el British Museum. Otra de 29 milímetros la encontró Carl Dawson en 2009 junto a Fenn Lane, y sirvió para mover el campo de Bosworth unos tres kilómetros al suroeste de la ubicación tradicional de Ambion Hill: salió en el borde de la marisma donde las crónicas dicen que cayó el rey, y la calidad del metal apunta a alguien de su propia casa.
Para ver cómo se lucían, el mejor documento es el Díptico Wilton (h. 1395-1399, National Gallery): los once ángeles llevan todos el ciervo blanco de Ricardo II. La corte entera con la misma chapa.
Y una tradición que conviene contar como tradición: la posada de Leicester donde Ricardo durmió su última noche se llamaba White Boar y amaneció repintada de azul tras Bosworth, el color del jabalí de Oxford. La Universidad de Leicester avisa de que el nombre solo consta desde el siglo XVI.
Barnet, o el día que un diseño perdió una batalla
14 de abril de 1471, domingo de Pascua, Barnet, al norte de Londres. Niebla cerrada. El conde de Oxford vuelve sobre el flanco enemigo con su estandarte: una estrella con rayos. Los hombres de Warwick la ven salir de la bruma y la confunden con el sol en su esplendor de Eduardo IV. Los arqueros disparan contra los suyos. Los de Oxford deducen que Warwick se ha pasado al enemigo, corre el grito de traición y el ejército lancastriano se deshace solo. Warwick, el Hacedor de Reyes, muere ese mismo día.
Dos insignias que se parecían demasiado y cien metros de niebla. La batalla que rompió su poder la decidió, en buena parte, un problema de diseño gráfico.
De qué cuadernos se copia todo esto
El material de primera mano está en dos manuscritos. El Rous Roll lo pintó hacia 1483-1485 John Rous, capellán de Guy's Cliffe: un rollo de pergamino con figuras a pluma de los condes de Warwick y sus insignias al lado. Rous hizo dos versiones: en la inglesa Ricardo III es un buen señor que gobierna de manera encomiable; la latina la rehízo tras Bosworth, ya bajo los Tudor, y ahí el mismo rey pasa a ser un criminal. Murió en 1492.
El otro es el Beauchamp Pageant (British Library, Cotton Julius E IV): 53 dibujos a pluma de finales del siglo XV (h. 1483-1492), atribuidos al llamado Maestro de Caxton, y la única biografía ilustrada de un personaje laico que ha llegado entera de la Edad Media tardía.
Después llega el grabado victoriano, de donde ha copiado casi todo el mundo desde entonces: Charles Boutell y su manual de heráldica de 1863, y sobre todo A Complete Guide to Heraldry (1909), de Arthur Charles Fox-Davies, con casi 800 figuras de Graham Johnston, pintor de armas de la corte del Lord Lyon.
Cómo llegó a la pantalla
El Ricardo III de Laurence Olivier (1955) arranca con una coronación que Shakespeare no puso ahí: la de Eduardo IV, tomada del final de Enrique VI, tercera parte. Diseño de producción de Roger Furse y dirección artística de Carmen Dillon.
El de Richard Loncraine (1995), con Ian McKellen, hace lo contrario y por eso funciona: lleva la obra a una Inglaterra fascista de los años treinta y convierte el jabalí en emblema de partido, insignia de uniforme y estandarte rojo de mitin. La heráldica medieval se lee de golpe como propaganda totalitaria, que es lo que siempre fue. Tony Burrough y Shuna Harwood ganaron los BAFTA de diseño de producción y de vestuario, y los dos fueron nominados al Óscar.
The Hollow Crown: The Wars of the Roses (BBC, 2016), con Benedict Cumberbatch, Tom Sturridge y Sophie Okonedo, sí escenifica el jardín del Temple, y los nobles arrancando rosas es una de sus imágenes de cabecera. The White Queen (BBC, 2013), sacada de las novelas de The Cousins' War de Philippa Gregory, cuenta la guerra desde el bando de York, con Isabel Woodville de protagonista.
Y luego está lo que no se llama así. George R. R. Martin ha repetido que la Guerra de las Dos Rosas es una de sus fuentes principales y que sus Lannister y sus Stark están calcados, a grandes rasgos, de los Lancaster y los York. Los sigilos de Juego de Tronos son insignias de librea con otro nombre: se cosen a la ropa y dicen de quién eres.



















