Goya le puso cara en 1799
El 6 de febrero de 1799 se pusieron a la venta ochenta estampas en una tienda de perfumes y licores de la calle del Desengaño de Madrid. La número 3 se llama Que viene el Coco: aguafuerte y aguatinta bruñida, unos 219 por 154 milímetros. Una madre sentada con dos niños, uno levanta los brazos para huir y el otro se le agarra. Enfrente, de pie, una figura envuelta de la cabeza a los pies en una tela. No tiene cara. Lo único humano que se le ve es un zapato puntiagudo asomando por debajo del borde: Goya no dibujó un monstruo, dibujó a alguien disfrazado de monstruo.
El comentario manuscrito que conserva el Museo del Prado lo deja por escrito:
«Abuso funesto de la primera educación. Hacer que un niño tenga más miedo al coco que a su padre, y obligarle a temer lo que no existe.»
La serie fue un fracaso comercial. En 1803 Goya entregó a la Corona las ochenta planchas de cobre y 240 juegos sin vender a cambio de una pensión para su hijo Javier: en cuatro años se habían vendido veintisiete.
Por qué el coco se llama igual que un fruto
El personaje es mucho más viejo que el grabado. Antón de Montoro lo usa hacia 1445 en un verso donde se compara con «los niños de cuna que les dicen: ¡Cata el coco!». En el Lazarillo de Tormes (1554), el hermanastro de Lázaro ve entrar a Zaide, su padre negro, y grita señalándolo: «¡Madre, coco!». Covarrubias, en el Tesoro de la lengua castellana (1611), lo recoge como «figura que causa espanto» en lengua de niños y lo hace venir, con poca fortuna, de la voz hebrea cus; el nombre del fruto lo explica aparte y por otra vía. El Diccionario de Autoridades lo despacha en 1729 como «figura espantosa y fea, gesto semejante al de la mona, que se hace para espantar y contener a los niños».
Los tres agujeros son la clave, y aquí está el dato que casi nadie sabe: el coco de comer se llama coco por el coco de asustar, y no al revés. Cuando los portugueses llegaron a la India a finales del siglo XV se encontraron un fruto sin nombre europeo y le pusieron el del espantajo de sus casas. Lo cuenta João de Barros en las Décadas da Ásia (Década III, 1563): la cáscara tiene «una forma aguda que quiere asemejar la nariz, puesta entre dos ojos redondos», y por esa figura «los nuestros le llamaron coco, nombre impuesto por las mujeres a cualquier cosa con la que quieren dar miedo a los niños». No es la única versión antigua: Fernández de Oviedo, en 1535, decía que los tres hoyos formaban «como un gesto de un monillo que parece que coca», sin fantasma ninguno. Las dos historias corrieron siglos en paralelo y la filología moderna se ha quedado con la de Barros: M. Sandmann la defendió en la Revista de Filología Española en 1955, después de desmontar la del mono, y Corominas y Pascual reconstruyen el recorrido entero: objeto redondo, luego asustaniños, luego fruto del cocotero. La calabaza hueca de Halloween y el coco del supermercado son la misma cara: dos ojos y una boca abiertos en una corteza seca.
La nana hizo el resto. Francisco Rodríguez Marín recoge hacia 1880 la versión que casi cualquiera puede cantar de memoria: «Duérmete, niño chiquito, que viene el coco y se lleva a los niños que duermen poco».
El saco, el sebo y el crimen de Gádor
En España el Coco tiene un hermano más sucio y mucho más concreto: el hombre del saco. No es un fantasma, es un adulto con un oficio horrible. La figura se alimenta del sacamantecas, el que abre a la víctima para sacarle el sebo. El apodo se le colgó a Juan Díaz de Garayo (1821-1881), jornalero de las afueras de Vitoria que violó y mató a seis mujeres y niñas entre 1870 y 1879 y murió a garrote. Nunca se probó que extrajera grasa de nadie; el mote no se lo quitó nadie tampoco.
Lo que sí ocurrió tal cual fue el crimen de Gádor. El 28 de junio de 1910, Bernardo González Parra, siete años, vecino de Rioja (Almería), fue metido en un saco y llevado a un cortijo aislado del término de Gádor. Francisco Ortega, el Moruno, tenía tuberculosis y el barbero y curandero Francisco Leona le había vendido la cura por 3.000 reales: beber la sangre de un niño y aplicarse su grasa caliente en el pecho. Lo hicieron. Hubo garrote para el Moruno y para la curandera Agustina Rodríguez; Leona murió en la cárcel antes. El caso ocupó la prensa de toda España y dejó una amenaza colocada en el idioma para el siglo siguiente.
Carpenter lo dijo con todas las letras
John Carpenter no disimuló la genealogía. En La noche de Halloween (1978) el asesino figura en los créditos como The Shape, la Forma, y la película termina con Laurie diciendo «era el hombre del saco» y Loomis contestando «pues sí, lo era». La máscara costó 1,98 dólares: Tommy Lee Wallace compró en una tienda de disfraces de Hollywood Boulevard una careta del capitán Kirk, le ensanchó los agujeros de los ojos y la pintó de blanco. Una cara humana borrada hasta el blanco es lo mismo que Goya consiguió con una sábana.
Stephen King había firmado el suyo cinco años antes: The Boogeyman salió en la revista Cavalier en marzo de 1973 y se recogió en El umbral de la noche (1978). Es un padre contándole a un psiquiatra que la cosa del armario le mató a los tres hijos; Rob Savage lo llevó al cine en 2023 arrancando justo ahí, con Lester Billings entrando en la consulta de otro psiquiatra y dejándole la cosa dentro de casa. En Sinister (2012), de Scott Derrickson y C. Robert Cargill, los críos llaman al demonio Bughuul «Míster Boogie» y lo pintan con ceras: le ponen al coco nombre de amigo. Y The Babadook (2014), de Jennifer Kent, nace del cortometraje Monster (2005) y del serbocroata babaroga, que significa exactamente eso. Kent miró al cine mudo para la chistera y los dedos largos, rodó los efectos en cámara y metió al monstruo dentro de un libro pop-up ilustrado por Alexander Juhasz: el coco llega en un cuento que le lee a un niño su propia madre.
Lo que hay debajo de la arpillera
La versión española tiene su obra maestra en El orfanato (2007), de J. A. Bayona. Tomás lleva un saco de tela en la cabeza con dos agujeros a la altura de los ojos, y el giro está en que no es el monstruo: es el niño deforme al que escondían, hijo de Benigna. Bayona le pone el saco del hombre del saco a la víctima.
Fuera de España, la arpillera es lo que llevó Jason Voorhees antes que la máscara de hockey. En Viernes 13, 2ª parte (1981) va con un saco y un único agujero para el ojo; el modelo era el asesino sin rostro de The Town That Dreaded Sundown (1976), cuyo saco llevaba dos. Y Sam, el crío de Truco o trato (2007) de Michael Dougherty, junta las dos ramas de esta página en un diseño: pijama naranja, saco con botones por ojos y, debajo, lo que dibujó el diseñador Breehn Burns a partir de los bocetos de Dougherty, un cruce de calavera y calabaza.




















