Cinco cosas que casi todo el mundo da por ciertas sobre la película de 1939 y sobre el libro de Baum, contrastadas una a una con lo que hay documentado: el atestado del FBI, los libros de contabilidad de la MGM y un cruce de cartas en el New York Times. Una de ellas la creyó tanto un ladrón que rompió una vitrina en Minnesota, y ahí empieza todo.
Hay películas que producen leyendas y luego está esta, que produce leyendas sobre sus propias leyendas. Parte de la culpa la tiene la edad: la película cumple 87 años y el libro de Baum, 126. Tiempo de sobra para que cualquier cosa dicha en voz alta acabe convertida en dato. La otra parte la tiene el modo en que casi todos la vimos: de crío, en televisión, a trozos, sin volver nunca a mirarla con los ojos abiertos. Van cinco afirmaciones que se repiten sin comprobar y lo que dicen los papeles de cada una.
1. «Los zapatos son de rubí»
No llevan un rubí. Ni uno. Son zapatos de salón corrientes, fabricados por la Innes Shoe Company, teñidos y forrados con una gasa cubierta de lentejuelas de cristal, con lazos de cuentas y cristal de imitación. Todo el brillo del objeto más caro del cine es bisutería cosida a mano sobre un zapato de calle.
Lo llamativo es hasta dónde llegó alguien que se creyó lo contrario. La noche del 27 de agosto de 2005, un hombre rompió con un martillo el cristal de la puerta del Judy Garland Museum de Grand Rapids (Minnesota) y luego el de la vitrina, y se llevó el par que allí se exhibía, propiedad del coleccionista Michael Shaw y asegurado en un millón de dólares. Estuvieron trece años desaparecidos. El FBI los recuperó en 2018 en una operación encubierta.
El ladrón resultó ser Terry Jon Martin, vecino del propio Grand Rapids, con pasado en el crimen organizado y 76 años cuando se le acusó, en octubre de 2023. Se declaró culpable, y del escrito previo a la sentencia salió el móvil completo: un viejo conocido del hampa lo había convencido de que un seguro de un millón sólo se explicaba si las piedras eran auténticas. Al ver que eran cristal, el botín dejó de valer para él. El 29 de enero de 2024, un juez de Duluth lo condenó a la pena ya cumplida —estaba en cuidados paliativos— y a 23.000 dólares de indemnización al museo.
De propina, el caso destapó otra cosa. Cuando el Smithsonian ayudó al FBI a autenticar los zapatos recuperados, comprobó que el par de su propia colección, allí desde 1979, estaba descabalado: las etiquetas cosidas y unas cuentas hexagonales facetadas encajaban cruzadas entre un museo y otro. Alguien había intercambiado un zapato entre ambos pares después del rodaje, y nadie se había dado cuenta en medio siglo. Sobreviven al menos cuatro pares usados en la película. El robado se vendió el 7 de diciembre de 2024 en Heritage Auctions, en Dallas: 28 millones de dólares de martillo, 32,5 con comisión.
2. «Se ve a un tramoyista ahorcado entre los árboles»
Es el bulo más pegajoso del cine popular. Sitúa el hallazgo en la secuencia del Leñador de Hojalata, cuando los tres se alejan por el camino cantando, y sostiene que al fondo, entre los árboles del bosque, cuelga el cuerpo de un miembro del equipo.
La forma oscura es un pájaro. Para que el decorado del bosque no pareciera un plató vacío, la producción alquiló aves al zoo de Los Ángeles —se ha descrito como una grulla y como un emú— y se ven pájaros en otros planos del mismo escenario. En los pases de televisión y en las cintas de vídeo, con resolución mediocre y el mando en la mano para rebobinar cuadro a cuadro, el bicho se convirtió en una silueta interpretable. Y ahí nació la historia. La MGM lo desmintió sin ambages: «Ése no es uno de los enanos cantantes que empleamos. Ninguno de ellos estuvo presente en el rodaje de esa escena». Encaja con el calendario, porque los actores de Munchkinland no estaban aún en el plató cuando se filmó la secuencia del Leñador. Snopes lo desmontó por escrito en 1997 y el bulo sigue circulando.
Que conste que la era del vídeo doméstico parió más de uno. La sincronía entre The Dark Side of the Moon y la película, popularizada a partir de un artículo de 1995, también es cosa del espectador: el batería de Pink Floyd, Nick Mason, zanjó que era «un disparate absoluto, no tiene nada que ver con El mago de Oz; estaba todo basado en Sonrisas y lágrimas».
3. «El libro es una alegoría del patrón oro»
La lectura es conocida: el camino amarillo es el oro, los zapatos de plata del libro son la acuñación libre de plata que pedían los populistas, el Espantapájaros es el granjero, el Leñador el obrero industrial, el Mago es el político que sólo sabe aparentar. Se cuenta en clase, en documentales y en artículos de economía.
Tiene autor y fecha. Henry M. Littlefield, profesor de instituto en Mount Vernon (Nueva York), publicó «The Wizard of Oz: Parable on Populism» en American Quarterly 16 (1964), páginas 47-58. No es una lectura tonta: es una herramienta didáctica excelente. El problema es que se repite como si fuera la intención de Baum, y de eso no hay ni un papel.
Al contrario. Baum era republicano. Desde el Aberdeen Saturday Pioneer apoyó a los candidatos de su partido y escribió contra el movimiento independiente-populista que crecía en Dakota del Sur; en el verano de 1896 publicó unos versos a favor de McKinley y del dinero «honrado», es decir, del bando contrario al de la plata. El especialista Michael Patrick Hearn lo puso por escrito en una carta al New York Times, y en el cruce de cartas que siguió, entre finales de 1991 y principios de 1992, el propio Littlefield concedió que no hay base fáctica para considerar a Baum un partidario de la ideología populista de fin de siglo. Años antes, en una convención del International Wizard of Oz Club, lo había dicho con más gracia: no tenía ni idea de si Baum lo pretendía, casi le daba igual, era una máquina estupenda para los profesores.
El apéndice del «oz = onza» aguanta todavía menos: lo propuso el historiador Richard Jensen en 1971 y es una conjetura. Ni siquiera la explicación que dio el propio Baum —que miró el archivador de su escritorio y vio los cajones rotulados A-G, H-N y O-Z— es firme: la contó en más de una versión, y su viuda, Maud, escribió al ozita Jack Snow que era un nombre que Frank se había sacado de la cabeza.
4. «La dirigió Victor Fleming»
Lo pone en los títulos y es media verdad. Por la película pasaron cinco manos. Norman Taurog se ocupó de las pruebas de Technicolor. Richard Thorpe rodó unas dos semanas y fue despedido. George Cukor no dejó material aprovechable en los pocos días que estuvo —salió del proyecto el 3 de noviembre de 1938—, pero cambió la película entera: le quitó a Dorothy la peluca rubia y el maquillaje pesado con que la habían empezado a rodar y la dejó parecerse a una niña. Fleming llevó el grueso del rodaje. Y cuando la MGM lo mandó a rescatar Lo que el viento se llevó, entró King Vidor para los últimos diez días.
Lo que rodó Vidor no es material de relleno. Son las escenas de Kansas —que, dicho sea de paso, no están en blanco y negro, sino viradas a sepia— con el ciclón y con Judy Garland cantando «Over the Rainbow». O sea: el número más famoso de la película lo dirigió un hombre que no figura en los créditos. Vidor no lo contó en público mientras vivió Fleming, que murió de un infarto el 6 de enero de 1949. Le pareció que no tocaba.
5. «Fue un clásico desde el primer día»
Se estrenó en agosto de 1939 con buenas críticas y con público, y aun así fue un agujero. Costó unos 2,77 millones de dólares: la película más cara que había hecho la MGM hasta entonces. Según los libros del estudio recaudó 2.048.000 dólares en Estados Unidos y Canadá y 969.000 en el resto del mundo, 3.017.000 en total, cifra respetable que no daba para cubrir coste, copias y distribución. La MGM anotó una pérdida de 1.145.000 dólares. No entró en beneficios hasta la reposición de 1949, diez años después.
De las cinco candidaturas al Oscar ganó tres: canción original, banda sonora y un premio juvenil para Judy Garland. La mejor película se la llevó Lo que el viento se llevó, dirigida por el hombre al que habían sacado del plató de Oz para dirigirla.
Lo que la convirtió en lo que es no fue el cine, fue la televisión. La CBS la emitió el 3 de noviembre de 1956 con un 33,9 de índice Nielsen y un 53 % de cuota, y de ahí salió la costumbre de pasarla cada año. Una película que perdió dinero en salas se hizo universal a base de repetirse en casa. Y en ese trayecto —televisión mediocre, vídeo doméstico, rebobinado— se fabricó buena parte de lo que acabamos de desmontar.
Y tres que sí aguantan
- El perro cobró más que los munchkins
- Cierto. Carl Spitz, adiestrador de Terry, la cairn terrier que hacía de Toto, cobraba 125 dólares semanales por el animal. Los actores de Munchkinland andaban entre 50 y 100.
- El primer Leñador de Hojalata acabó en el hospital
- Cierto. Buddy Ebsen rodó unos diez días antes de sufrir una reacción tóxica al polvo de aluminio del maquillaje, que respiraba. Ingresó grave y tuvo que dejar la película; a su sustituto, Jack Haley, le aplicaron una pasta en vez de polvo.
- A la Bruja del Oeste la quemaron de verdad
- Cierto. En el efecto de la desaparición entre llamas de Munchkinland, el fuego prendió en el maquillaje verde de base de cobre de Margaret Hamilton y le causó quemaduras de tercer grado en la cara y en una mano. Estuvo meses de baja antes de volver al plató.
Ninguno de estos cinco desmentidos toca el libro de 1900, que está en dominio público y del que cualquiera puede beber. Los toca la película, que no lo está. Es una distinción aburrida hasta que uno se fija en que casi todo lo que «se sabe» sobre Oz procede de los 101 minutos de la MGM y no de las 24 láminas de Denslow. Los bulos también tienen propietario.
Die Quelle, im Museum
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