El bromista que acabó siendo el canon
En 1776, un pintor de Edo llamado Toriyama Sekien (1712-1788) publicó «Gazu Hyakki Yagyō», el desfile ilustrado de los cien demonios: tres volúmenes titulados Yin, Yang y Viento, con cincuenta y una criaturas, una por página. El kodama, el tengu, el kappa, el nekomata, la yuki-onna, el rokurokubi del cuello que se estira, el nurarihyon. Le siguieron «Konjaku gazu zoku hyakki» (1779), «Konjaku hyakki shūi» (1781) y «Gazu hyakki tsurezure bukuro» (1784).
Sekien no era demonólogo ni folclorista de campo: era pintor y poeta, y tenía guasa. Muchas de sus criaturas venían del folclore, pero otras eran chistes visuales suyos sin ningún antecedente popular. Sus traductores al inglés, Hiroko Yoda y Matt Alt, lo dicen sin rodeos en «Japandemonium Illustrated» (Dover, 2016): los libros son en buena parte sátira, y a Sekien le habría hecho gracia que hoy sean la fuente autorizada. Lo son. Cuando un yōkai aparece en un anime, casi siempre lleva la forma que le puso él.
Siete metros y medio de cacharros con rencor
Antes de la imprenta, el desfile viajaba enrollado. El «Hyakki yagyō emaki» que guarda el Shinju-an, subtemplo del Daitoku-ji de Kioto, mide 747,1 cm y está fechado en la primera mitad del siglo XVI; Guinness lo registra como la representación conservada más antigua del cortejo. La atribución tradicional a Tosa Mitsunobu se considera hoy infundada, así que es un rollo anónimo.
Lo que desfila dentro son sesenta y nueve figuras, casi todas tsukumogami: objetos de casa que al cumplir cien años despiertan. Un biwa, un koto, un zapato con cara, un paraguas. No son demonios venidos de otro mundo. Es la vajilla, y viene con rencor.
Cuando al fantasma se le borraron los pies
La forma del fantasma japonés se fija en el XVIII. En 1750, Maruyama Ōkyo (1733-1795) pinta «El fantasma de Oyuki» con todos los rasgos que hoy damos por supuestos: pelo negro suelto, kimono blanco de amortajar, manos caídas, cuerpo casi transparente y nada por debajo de la cintura. Los pies desaparecen y no vuelven.
Después llegan los nombres propios. Okiku, la criada asesinada que sale del pozo contando platos y se atasca en el nueve, se estrena como bunraku en el teatro Toyotakeza en julio de 1741. Oiwa, envenenada por su marido, vuelve con media cara hundida en julio de 1825 en el Nakamura-za de Edo, dentro de «Tōkaidō Yotsuya Kaidan», de Tsuruya Nanboku IV. Hokusai las estampa a las dos hacia 1831-32 en «Hyaku monogatari», una serie anunciada a cien láminas de la que solo se conocen cinco. El azul de Prusia que las tiñe acababa de abaratarse, y para el público de Edo era color de muerte, no de cielo.
Cheoyong bailó y el demonio se arrodilló
El fondo coreano es más viejo por escrito. El monje Iryeon (1206-1289) compiló el «Samguk Yusa» hacia 1281-1285, y allí está Cheoyong: hijo del rey dragón, llega a la corte del rey Heongang de Silla en 879, vuelve una noche a casa y encuentra al espíritu de la viruela con su mujer. En lugar de matarlo, canta y baila. El demonio se arrodilla y promete no entrar donde vea esa cara; de ahí la costumbre de clavar la máscara de Cheoyong en la puerta. El baile, el cheoyongmu, se sigue ejecutando y está en la lista de Patrimonio Inmaterial de la UNESCO.
El dokkaebi funciona con otra lógica. No es un muerto: es un cacharro viejo, una escoba o un mortero manchados de sangre, que cobra vida, apuesta con los humanos, castiga al avaro y lleva una maza que fabrica lo que se le pida. La gumiho, la zorra de nueve colas, se hace mujer y va a por el hígado.
Lo que se ve en pantalla
- Ugetsu monogatari (1953, Kenji Mizoguchi) monta dos cuentos de Ueda Akinari publicados en 1776 —el mismo año que el primer Sekien— con un relato de Maupassant. León de Plata en Venecia.
- Kwaidan (1964, Masaki Kobayashi) adapta cuatro relatos de Lafcadio Hearn y se rodó casi entera dentro de un hangar de aviones en Uji, Kioto, con los cielos pintados a mano. Fue una de las películas japonesas más caras rodadas hasta entonces, arruinó a su productora y Kobayashi tuvo que vender su casa. Premio Especial del Jurado en Cannes 1965 y candidata al Óscar. En Estados Unidos se estrenó mutilada: el distribuidor eliminó entero el episodio de la mujer de la nieve y la dejó en 125 minutos, frente a los 183 del montaje japonés.
- Kuroneko (1968, Kaneto Shindō) son dos bakeneko, mujeres-gata vengativas, con puesta en escena de teatro nō.
- Pom Poko (1994, Isao Takahata) construye su clímax como un hyakki yagyō de manual, esqueleto gigante incluido, tomado de la estampa de Takiyasha la bruja, de Utagawa Kuniyoshi.
- Ringu (1998, Hideo Nakata) y Ju-on (2002, Takashi Shimizu) son onryō puros: el pozo viene de Okiku, el ojo caído de Oiwa, el kimono blanco y el pelo suelto del kabuki.
- Exhuma (2024, Jang Jae-hyun) pasó de diez millones de espectadores en Corea con una mudang haciendo un gut real contra un espíritu que resulta no ser coreano, sino japonés.
Dos cosas que casi nadie cuenta
Sadako tiene madre en la ficción, Shizuko Yamamura, y esa madre tiene original. Chizuko Mifune (17 de julio de 1886 - 19 de enero de 1911) fue una supuesta clarividente a la que el profesor Fukurai Tomokichi sometió a pruebas de visión a distancia. El 15 de septiembre de 1910, en una demostración pública dirigida por el barón Yamakawa Kenjirō, rector de la Universidad de Tokio, pareció leer mensajes dentro de sobres cerrados; cuando se supo que los había escrito Fukurai y no Yamakawa, la prensa la destrozó. Cuatro meses después se envenenó. Tenía 24 años.
El segundo apunte viene de la otra orilla. El dokkaebi con cuernos, piel de tigre y maza que sale en los libros infantiles coreanos no es coreano: esa figura es el oni japonés, que entró por los manuales escolares durante la ocupación (1910-1945) para sostener que las dos culturas tenían una sola raíz. Los ilustradores coreanos llevan décadas intentando desandarlo.















