Los dibujantes que Napoleón dejó en el desierto
El Egipto que se ve en las pantallas se dibujó entre 1798 y 1878, y casi todo con buril. Bonaparte desembarcó con la Commission des Sciences et des Arts, unos 160 civiles bajo el Institut d'Égypte de Gaspard Monge. Entre ellos iba Vivant Denon (1747-1825), que subió el Nilo con Desaix dibujando monumentos bajo el fuego enemigo.
De ahí sale la Description de l'Égypte, por entregas entre 1809 y 1829: veintitrés volúmenes, diez de ellos solo estampas, 894 láminas sacadas de más de 3.000 dibujos y unos 400 grabadores detrás. Las hojas del formato mamut miden casi un metro de alto. El detalle fino lo pusieron luego los Denkmäler de Lepsius (1849-1859) y las 159 láminas en color de Prisse d'Avennes (1878), de donde salen las cenefas y los techos estrellados.
El personaje lo puso Giovanni Battista Belzoni (Padua, 1778 – Gwato, 1823), un forzudo de dos metros que actuaba en Londres como «el Sansón moderno» antes de dedicarse a mover colosos. Sacó el busto del Joven Memnón del Ramesseum para el British Museum, despejó de arena Abu Simbel en 1817, encontró la tumba de Seti I y entró en la pirámide de Kefrén dejando escrito en la pared Scoperta da G. Belzoni 2 mar. 1818. En 1820 montó en el Egyptian Hall de Piccadilly una réplica de la tumba a tamaño real. El arqueólogo aventurero sale de ahí.
La balanza, la pluma y la Devoradora
El «Libro de los Muertos» ni se llamaba así ni es un libro: su título egipcio es rw nw prt m hrw, «fórmulas para salir al día», y era un repertorio del que cada difunto encargaba su selección. El nombre alemán Todtenbuch y la numeración de los conjuros, del 1 al 165, son de Lepsius, 1842, al editar el papiro de Turín: quien dice «capítulo 125» usa una cifra prusiana del XIX.
Y el 125 es la escena que el cine no ha dejado de copiar. El corazón del muerto en un platillo de la balanza, la pluma de avestruz de Maat en el otro. Anubis, cabeza de chacal, ajusta el fiel; Thot, cabeza de ibis, apunta el resultado; agazapada debajo espera Ammit, la Devoradora, cocodrilo por delante, león por el medio e hipopótamo por detrás. El escarabajo que iba sobre el pecho lleva grabado el capítulo 30B para que el corazón no delate a su dueño.
El mejor ejemplar es el papiro de Ani, hecho hacia 1250 a.C. para un escriba tebano: casi veinticuatro metros de largo por treinta y tres centímetros de alto. Salió de Luxor en 1888 con E. A. Wallis Budge, que vació el depósito precintado por la policía egipcia abriendo un túnel bajo la pared mientras entretenía a los guardias con comida. Hoy es la pieza EA 10470 del British Museum.
Hollywood levantó su templo antes de que apareciera la tumba
El Grauman's Egyptian Theatre de Hollywood Boulevard abrió el 18 de octubre de 1922 con Robin Hood. Los obreros de Howard Carter no dieron con el primer escalón hasta el 4 de noviembre: el cine llevaba diecisiete días levantando templos egipcios antes de que se descubriera nada.
La egiptomanía venía de largo. El cirujano Thomas Pettigrew, «Mummy» Pettigrew para los londinenses, desenrollaba momias en público desde marzo de 1833 —una la compró en Sotheby's por 23 libras— y el 15 de enero de 1834 llenó el Royal College of Surgeons con las entradas agotadas. Ese destape lento, el cuerpo sobre la mesa y una charla encima, es el plano de la momia que despierta. Hubo hasta un color de moda, el marrón momia, hecho con carne molida, pez blanca y mirra: Burne-Jones enterró su tubo en el jardín en 1881 al saber qué llevaba dentro.
De la maldición, nada: en la tumba de Tutankamón no hay ninguna inscripción que amenace a nadie. La escribió la prensa. Dos semanas antes de morir lord Carnarvon, la novelista Marie Corelli mandó una carta al New York World citando un libro oscuro: un «castigo terrible» caería sobre quien entrase en una tumba sellada. Carnarvon murió el 5 de abril de 1923 de una septicemia: le picó un mosquito y se cortó la picadura afeitándose. De las 58 personas presentes en las aperturas solo ocho murieron en los doce años siguientes, y Carter llegó a 1939 tan campante.
Karloff: ocho horas de silla para dos minutos de vendas
La momia (Universal, 22 de diciembre de 1932, Karl Freund) no nació egipcia. El tratamiento de Nina Wilcox Putnam y Richard Schayer eran nueve páginas tituladas Cagliostro: un mago milenario en San Francisco que se conservaba a base de inyecciones de nitratos. Quien lo mudó al valle de los Reyes fue John L. Balderston, que había cubierto la apertura de la tumba de Tutankamón como jefe de la corresponsalía londinense del New York World. El periódico de la carta de Corelli.
Jack Pierce empezó a maquillar a Boris Karloff a las once de la mañana y acabó a las siete de la tarde, con algodón, colodión, goma laca y vendas de lino tratadas con ácido; quitárselo llevaba dos horas más. Y ese maquillaje se ve solo en la secuencia de apertura: el resto es un señor con fez llamado Ardath Bey.
La momia que arrastra el pie y va vendada de arriba abajo tampoco es suya: es Kharis, y nace en The Mummy's Hand (1940) con Tom Tyler y las hojas de tana. Lon Chaney Jr. la heredó en tres secuelas entre 1942 y 1944. El disfraz lo fijó la serie B, no el clásico.
El egipcio de La momia de Stephen Sommers (1999) tampoco es un galimatías: lo reconstruyó el egiptólogo Stuart Tyson Smith, que ya lo había hecho en Stargate (1994) y repitió en El regreso de la momia (2001). Quedan los guiños: en el Pozo de las Almas de En busca del arca perdida (1981) hay dos jeroglíficos que son R2-D2 y C-3PO, y el loro mudo de Tadeo Jones se llama Belzoni.
Cleopatra: cuarenta y cuatro millones y cuarenta y un segundos
Cleopatra (Joseph L. Mankiewicz, 1963) costó 31,1 millones de dólares de producción y otros 13 de copias y publicidad. Elizabeth Taylor cobró el primer millón de la historia del cine, la entrada en Roma se rodó el 8 y el 9 de mayo de 1962 con coreografía de Hermes Pan, y la película ganó cuatro Óscar y casi se lleva por delante a la Fox. Goscinny y Uderzo salieron de aquel pase y escribieron Astérix y Cleopatra (Pilote, 1963): la portada parodia el cartel de Mankiewicz, y de ahí sale la película de Alain Chabat de 2002.
Pero la Cleopatra que fijó la imagen es anterior y ya casi no existe: la de 1917, con Theda Bara. Las últimas copias ardieron en el incendio de 1937 del almacén de la Fox en Nueva Jersey, y durante más de un siglo sobrevivieron veinte segundos. En septiembre de 2023 el coleccionista James Fennell compró en eBay un proyector de juguete de los años veinte con una bobina dentro: cuarenta y un segundos más de Theda Bara. Eso es todo lo que queda.

















