Veinticinco libras por un detective
Arthur Conan Doyle tenía 27 años y una consulta médica en Southsea a la que no iba casi nadie cuando vendió Estudio en escarlata a Ward, Lock & Co. Le ofrecieron 25 libras por todos los derechos, sin porcentaje, a cambio de publicarlo al año siguiente; él pidió royalties y no los consiguió. La novela salió el 21 de noviembre de 1887 en el Beeton's Christmas Annual y no pasó nada.
Lo que cambió el asunto fue el formato. En julio de 1891 The Strand Magazine empezó a publicar relatos sueltos con los mismos dos protagonistas, y Holmes se convirtió en una cita mensual. Doyle acabó tan harto de él que lo tiró por las cataratas de Reichenbach en 1893 y estuvo casi diez años sin resucitarlo. La huelga la rompió una partida de golf: en marzo de 1901, de vacaciones en Norfolk con el periodista Bertram Fletcher Robinson, escuchó las leyendas de perros fantasma que su amigo había oído de niño en Devon. De ahí salió El sabueso de los Baskerville, serializado en el Strand entre agosto de 1901 y abril de 1902 y ambientado antes de Reichenbach, para no dar del todo el brazo a torcer. El canon se cierra en 1927.
El gorro lo dibujó otro
La silueta que reconoce todo el mundo no la escribió Doyle. La dibujó Sidney Paget. Durante un siglo se contó que había llegado al encargo por una carta mal entregada: que en el Strand querían a su hermano Walter, también ilustrador, y que el sobre acabó en manos de Sidney; un trabajo publicado en 2019 en el Baker Street Journal repasó la historia y no encontró ninguna prueba a favor y sí bastantes en contra. Lo seguro es lo otro: ilustró una novela y 37 relatos hasta que murió en 1908, a los 47 años.
En «El misterio del valle de Boscombe» (Strand, octubre de 1891) le puso a Holmes una gorra de caza con orejeras y una capa Inverness, ropa de campo que el texto no menciona. Funcionó tan bien que el propio Doyle cedió: en «Estrella de Plata» (1892) escribió que Watson le veía «la cara afilada y ávida enmarcada en su gorra de viaje con orejeras». La palabra deerstalker no aparece ni una sola vez en las sesenta historias.
La otra mitad del uniforme es americana y viene del teatro. William Gillette estrenó su obra Sherlock Holmes en Buffalo en octubre de 1899, la llevó al Garrick de Nueva York el 6 de noviembre y acabó representándola unas 1.300 veces. Adoptó una pipa curva por un motivo práctico: con la cazoleta colgando podía sujetarla con los dientes sin que se le moviera mientras decía sus frases. De su obra sale también la fórmula: el guion dice «Elementary, my dear fellow», y de ahí acabó saliendo el «elemental, querido Watson» que no está en ninguna de las sesenta historias y que popularizaron las películas de Rathbone. Cuando Collier's encargó en 1903 las ilustraciones de El regreso de Sherlock Holmes, Frederic Dorr Steele copió el perfil de Gillette sin disimulo. En Estados Unidos, la cara de Holmes es la de un actor.
El inventario de la habitación
Como cantera de diseño, lo bueno del canon no son los símbolos: son los trastos. El arranque de «El ritual de los Musgrave» (1893) es una lista de manías domésticas.
Guardaba los puros en el cubo del carbón, el tabaco en la punta de una babucha persa y la correspondencia sin contestar clavada con una navaja en el centro mismo de la repisa de la chimenea.
Unas líneas más abajo, Watson cuenta que Holmes se sentaba en el sillón con su revólver de gatillo fino y cien cartuchos Boxer para decorar la pared de enfrente con unas «V. R.» patrióticas hechas a balazos. El violín es un Stradivarius que le compró por 55 chelines a un prendero de Tottenham Court Road y que valía al menos quinientas guineas («La caja de cartón», 1893). El signo de los cuatro (1890) abre con la jeringuilla y la solución de cocaína al siete por ciento. Y el sabueso de Dartmoor es, cuando se enciende la luz, un perro enorme con el hocico untado de fósforo.
De la mirilla de feria a Cumberbatch
Holmes llegó al cine antes que casi nadie. Sherlock Holmes Baffled se rodó en abril de 1900 en la azotea de la American Mutoscope and Biograph, en Broadway, con Arthur Marvin a la cámara: treinta segundos en los que un ladrón que aparece y desaparece le roba un saco al detective, pensados para verse por una mirilla en máquinas de feria. Se dio por perdida hasta que en 1968 apareció una copia en papel.
Después vienen tres etapas que se distinguen a simple vista. Eille Norwood —de nombre real Anthony Edward Brett— hizo 47 películas mudas para Stoll entre 1921 y 1923: sigue siendo el récord de apariciones de un actor en el papel, y a Doyle le encantó. Basil Rathbone y Nigel Bruce hicieron catorce entre 1939 y 1946, y el corte se ve: las dos primeras son de la Fox, con dinero y decorado victoriano (El perro de los Baskerville, 1939); las doce siguientes son de Universal, serie B, y trasladan a Holmes al presente de la guerra para que cace espías nazis en Sherlock Holmes and the Voice of Terror (1942) y las dos que vinieron detrás. Granada Television rodó 41 episodios entre 1984 y 1994 con Jeremy Brett, una Baker Street levantada a tamaño real en Manchester y la manía de respetar el texto.
De ahí en adelante el juego es mover la pieza: Billy Wilder desmontándolo en La vida privada de Sherlock Holmes (1970), Guy Ritchie convirtiéndolo en boxeador con Robert Downey Jr. (2009), Moffat y Gatiss dándole un móvil en Sherlock (2010), Elementary (2012) llevándoselo a Nueva York con una Joan Watson, Enola Holmes (2020) dándole una hermana. En 2012 Guinness le reconoció el récord de personaje literario humano más veces llevado a la pantalla: 254 versiones y más de 75 actores, 48 por delante de Hamlet. Solo le gana Drácula, que no cuenta como humano.
El caballero de la vidriera
En 1985, Barry Levinson rodó El secreto de la pirámide (Young Sherlock Holmes), la que imagina a Holmes y Watson adolescentes en un internado. Fue un fracaso en la taquilla estadounidense y aún así es una fecha en la historia del cine: contiene el primer personaje íntegramente generado por ordenador de un largometraje. Un caballero armado sale de una vidriera y ataca a un sacerdote.
Son siete planos, menos de un minuto en pantalla, que costaron seis meses al Graphics Group de Lucasfilm —Ed Catmull, Alvy Ray Smith, John Lasseter—, el equipo que Steve Jobs compró poco después y que pasó a llamarse Pixar. Partieron de una pintura al acrílico de Chris Evans, escaneada al sistema Pixar de Lucasfilm: la primera pintura mate digital del cine. Antes de Woody y de Buzz, lo primero que animó Pixar fue un vitral persiguiendo a Sherlock Holmes.















