El manual que no traía dibujos
El Malleus Maleficarum se imprimió en Espira hacia 1486-1487 y fijó durante dos siglos lo que se decía de las brujas, pero no enseñó ninguna: es texto seguido, sin una sola imagen. La cara se la puso otro. Ulrich Molitor, jurista de Constanza muerto en 1507, publicó en 1489 De lamiis et phitonicis mulieribus, un diálogo corto con seis xilografías. Fue el primer tratado de brujería ilustrado y le ganó la partida al martillo: entre 1489 y 1669 se imprimieron cuarenta y tres ediciones.
Esas seis estampas son el molde. Dos mujeres alrededor de un puchero, una echando dentro un gallo y la otra una serpiente, y del caldo saliendo la tormenta. Brujas con cabeza de asno, de gallo y de perro volando en una horca de labranza, no en escoba. Un hechicero a lomos de un lobo. La bruja y el diablo cogidos del brazo como novios de paseo. El grabador no ilustraba a Molitor, que era escéptico: copiaba estampas que ya circulaban. La imagen se soltó del argumento en 1489 y no volvió a atarse.
Un aquelarre es un prado de Navarra
La palabra no es genérica: es un topónimo. Aquelarre viene del euskera aker, macho cabrío, y larre, prado. Así se llamaba el pradillo junto a la cueva de Zugarramurdi, en el Baztán navarro, y el historiador Gustav Henningsen fecha el primer uso del término entre febrero y mayo de 1609, en el tribunal inquisitorial de Logroño. Media Europa llama aquelarre a una reunión de brujas porque a un inquisidor le vino a mano un nombre de campo navarro.
El auto de fe de Logroño de noviembre de 1610 sacó a cincuenta y tres reos y quemó a seis vivos y a cinco en efigie, ya muertos en la cárcel. La otra mitad casi nunca aparece: el inquisidor Alonso de Salazar Frías recorrió la comarca con un edicto de gracia, tomó miles de declaraciones y concluyó que no había un solo caso probado. En 1614 la Suprema aceptó su informe y España dejó de quemar brujas casi un siglo antes que el resto de Europa.
Cuando Goya corona de pámpanos a su macho cabrío está pintando la etimología: en El aquelarre de 1798, para los duques de Osuna, y en el gran cabrón de las Pinturas Negras, 1821-1823. Al mismo prado han vuelto Las brujas de Zugarramurdi (2013), de Álex de la Iglesia, y Akelarre (2020), de Pablo Agüero, sobre lo que escribió el juez Pierre de Lancre tras su campaña de 1609 en el País Vasco francés.
El bestiario de bolsillo de Matthew Hopkins
El grabado más saqueado por el cine de brujas es feo y pequeño: la portada de The Discovery of Witches (1647), con la que Matthew Hopkins se defendió de quienes le acusaban de arrancar confesiones quitando el sueño. Sale de pie entre dos mujeres de Manningtree, en Essex, y cinco animales con su nombre rotulado al lado.
Salen de la declaración de Elizabeth Clarke, marzo de 1645 —Hopkins escribe «marzo de 1644» porque el año inglés todavía empezaba el 25 de marzo—, y son un bestiario de bolsillo:
- Holt, «como un gatito blanco».
- Jarmara, «como un spaniel gordo y sin patas».
- Vinegar Tom, «como un galgo de patas largas con cabeza de buey, cola larga y ojos anchos».
- Sacke and Sugar, «como un conejo negro».
- Newes, «como un turón».
Hopkins añade los que le dieron después —Elemanzer, Pyewackett, Peckin the Crown, Grizzel Greedigut— y remata:
which no mortall could invent
Su prueba de que el diablo existía era que aquellos nombres eran demasiado raros para inventárselos una campesina.
Pyewacket nunca fue un gato
Pyewacket es hoy uno de los nombres de gato más repetidos en inglés. Solo que en el texto de Hopkins nadie dice que Pyewacket sea un gato. De los familiares descritos, el único gato es Holt; los dos siguientes son perros, y luego van un conejo negro y un turón. Pyewacket se queda en una lista de nombres, sin cuerpo asignado.
El gato lo puso el cine. En Bell, Book and Candle (1958), de Richard Quine —aquí Me enamoré de una bruja—, Kim Novak es una bruja de Manhattan con un siamés llamado Pyewacket, y el nombre salta a decenas de miles de gatos reales. Folclore fabricado hacia atrás: una criatura de 1647 a la que Hollywood le asignó especie en 1958. En 2017, cuando Adam MacDonald se lo devolvió a un demonio en Pyewacket, ya sonaba a nombre de mascota.
La mano que duerme la casa
La mano de gloria es lo más concreto de todo esto. La receta está en Secrets merveilleux de la magie naturelle et cabalistique du Petit Albert, grimorio francés de 1722 firmado con seudónimo: mano de ahorcado, envuelta en un trozo de mortaja, prensada, curada quince días en barro con zimat, nitro, sal y pimienta larga, secada al sol de la canícula o en el horno con helecho y verbena. Ahí la mano es solo el candelero: sostiene una vela de grasa de ahorcado y deja inmóvil a todo el que esté en la casa. El otro diseño, el de los cinco dedos ardiendo en vez de la vela, es anterior y continental: sale en una estampa flamenca de 1565 grabada por Pieter van der Heyden sobre Brueghel el Viejo, y Francesco Maria Guazzo lo describe en su Compendium Maleficarum (1608) como una mano de cadáver untada que duerme a la gente mientras le arden los dedos. Los cuentos ingleses le pusieron la cuenta: una llama por durmiente, y si un dedo no prende es que alguien de la casa sigue despierto; el fuego no se apaga con agua, solo con leche.
Sobrevive un único ejemplar conocido, en el Whitby Museum de North Yorkshire: apareció escondido en la pared de una casa de techo de paja en Castleton y entró en el museo en 1935 de manos del cantero e historiador local Joseph Ford. No tiene marcas de haber ardido, así que lo más probable es que sostuviera una vela entre los dedos.
De la estampa al fotograma
Häxan (1922), de Benjamin Christensen, es el eslabón. Christensen encontró un Malleus en una librería de Berlín, se pasó dos años, de 1919 a 1921, estudiando manuales, láminas y tratados de brujería, y montó la película en siete capítulos; antes de dramatizar nada, la cámara recorre grabados fijos. Alrededor está la pintura que el cine copia sin citar: las cuatro Escenas de brujería de Salvator Rosa, una por momento del día, en el Cleveland Museum of Art, y The Night-Hag Visiting Lapland Witches, que Fuseli pintó en 1796 sobre un pasaje del Paraíso perdido: la bruja nocturna llega por el aire atraída por el olor a sangre de niño.
En 2026 vuelven Bullock y Kidman como las hermanas Owens en Practical Magic 2, el 11 de septiembre, y Mike Flanagan estrena el 7 de octubre su Carrie para Prime Video: ocho episodios, la primera vez que la novela de King se cuenta en formato de serie. Carrie no es brujería, es telequinesis; pero funciona porque un pueblo entero decide que sí lo es, que es lo que pasó en Manningtree en 1645.





















