El alquimista más famoso del cine era un escribano
Nicolas Flamel nació en Pontoise hacia 1330 y murió en París el 22 de marzo de 1418. Su oficio era escribano público: redactaba contratos, cartas y solicitudes por encargo. Se casó con Perenelle, viuda de dos matrimonios anteriores, que llegó al suyo con dinero de sobra para explicar la fortuna que la leyenda atribuyó después a la piedra.
Lo que dejó se puede visitar. La casa que mandó construir en 1407 sigue en pie en el 51 de la rue de Montmorency y es la casa de piedra más antigua de París; en la planta baja hay un restaurante. La lápida que se diseñó él mismo en 1410, con Cristo, San Pedro y San Pablo tallados, está en el Museo de Cluny.
El libro que lo convirtió en alquimista, el Libro de las figuras jeroglíficas, se publicó en París en 1612: casi doscientos años después de su muerte y editado por un tal P. Arnauld de la Chevalerie. Ya en 1761 Étienne Villain sostuvo que aquello era un invento del editor. El fabricante de la inmortalidad que usa el cine es, en los papeles, un currante del papeleo con un currículum póstumo.
Cuatro libros surten casi todas las imágenes
La alquimia no dejó una imagen: dejó un catálogo, y casi todo lo que hoy reconocemos como «alquímico» sale de un puñado de títulos.
- Splendor Solis. Manuscrito alemán de 1532-1535 en el Kupferstichkabinett de Berlín; la copia más reproducida es la de 1582, Harley MS 3469, en la British Library. Veintidós miniaturas montadas en marcos de libro de horas: siete matraces, uno por planeta, con lo que ocurre dentro de cada uno; un rey ahogándose; un sol con cara humana poniéndose sobre una ciudad; niños desnudos jugando en una sala; caballeros armados bajo carros celestes.
- Rosarium philosophorum. Fráncfort, 1550. Veinte xilografías en secuencia: el rey y la reina se encuentran, se meten juntos en el baño, se pudren, el alma se les escapa por arriba y vuelve, y de la última sale el rebis, un solo cuerpo con dos cabezas. Jung se pasó años leyendo estas planchas como si fueran un mapa de la mente.
- Mutus Liber. La Rochelle, imprenta de Pierre Savouret, 1677. Quince láminas y ni una sola palabra: el libro entero es dibujo. Lo firma un «Altus» que la investigación posterior identificó con Isaac Baulot, boticario de La Rochelle nacido allí en 1612, y de la primera edición se tiraron unas pocas decenas de ejemplares; hoy se conservan doce.
- Amphitheatrum sapientiae aeternae, de Heinrich Khunrath. Hamburgo, 1595; edición ampliada en Hanau, 1609, cuatro años después de morir el autor. Las cuatro planchas de la primera edición las grabó Paullus van der Doort sobre diseños del propio Khunrath, y la más famosa reparte una misma sala en dos mitades: a un lado el horno, al otro el reclinatorio.
Por encima de todos, el uroboros, la serpiente que se muerde la cola. La versión con la frase griega hen to pan —«el todo es uno»— está en el Marciano gr. 299 de la Biblioteca Marciana de Venecia, un códice del siglo X que copia recetas atribuidas a Cleopatra la alquimista.
El emblema que además se cantaba
En 1617, en Oppenheim y en la imprenta de Johann Theodor de Bry, el médico Michael Maier publicó Atalanta fugiens. Cincuenta emblemas grabados por Matthäus Merian el Viejo (1593-1650), y cada emblema con cinco piezas: un lema, la estampa, un epigrama, una fuga a tres voces y un discurso en prosa que lo explica. Se mira, se lee y se canta a la vez. Un libro multimedia de hace cuatro siglos, con partitura incluida.
El emblema 21 es el que ha sobrevivido a todo. Un filósofo con un compás dibuja sobre un muro un círculo; dentro, un cuadrado; dentro, un triángulo; y dentro de éste, otro círculo con un hombre y una mujer.
Haz del hombre y la mujer un círculo, de ahí un cuadrado, de ahí un triángulo; vuélvelo redondo y tendrás la piedra.
Es de los dibujos alquímicos más copiados que existen. Si lo has visto en una portada, en un cartel o en un tatuaje, viene de esta página de 1617.
Dónde reaparece esto en pantalla
Alejandro Jodorowsky se reservó en La montaña sagrada (1973) el papel del Alquimista, y con el ladrón hace lo que promete el oficio: recoge sus excrementos, los mete en un aparato y saca oro. «Eres excremento; puedes convertirte en oro», le dice. Es el programa entero resumido en una frase.
Harry Potter y la piedra filosofal (2001, Chris Columbus) devolvió a Flamel al circuito comercial: Hermione descubre en la biblioteca que la piedra es obra suya. Fullmetal Alchemist llegó por el camino contrario. Hiromu Arakawa empezó a serializarlo en 2001 después de leer sobre la piedra filosofal, se documentó en serio y acabó quedándose con la parte filosófica porque los libros se contradecían unos a otros; de ahí salieron los animes de 2003 y 2009 y la película de imagen real de 2017.
La cura del bienestar (2016, Gore Verbinski) es la Gran Obra con la parte espiritual amputada: un barón que filtra agua tóxica a través de cuerpos humanos para destilar una esencia que alarga la vida. Y El descubrimiento de las brujas (Sky, 2018-2022) arranca con una signatura real: el Ashmole 782 de la colección de Elias Ashmole en la Bodleian de Oxford, un manuscrito que figura en el catálogo pero que lleva más de un siglo en paradero desconocido.
Queda una serie en la que la transmutación sí sale a cuenta. The Gold (BBC One, 2023; segunda temporada en junio de 2025) cuenta el atraco del 26 de noviembre de 1983 junto a Heathrow: 6.800 lingotes, tres toneladas de oro, 26 millones de libras de entonces. Kenneth Noye fundió el botín y le mezcló monedas de cobre para que dejara de ser ese oro. Es lo más cerca que ha estado nadie de convertir un metal en otro y cobrar por ello.
Newton y el millón de palabras que nadie quiso publicar
En 1936 Sotheby's sacó a subasta 329 lotes de papeles de Isaac Newton procedentes de la colección Portsmouth. Más de un tercio eran alquimia: sus herederos llevaban dos siglos considerándolos impublicables. Se calcula que Newton escribió y copió alrededor de un millón de palabras sobre la Gran Obra.
Quien acabó reuniendo el grueso de aquellos papeles alquímicos fue el economista John Maynard Keynes, que en la puja compitió con el erudito Abraham Yahuda y que resumió el hallazgo en una frase que sigue siendo el mejor titular sobre este asunto: Newton no fue el primero de la edad de la razón, sino el último de los magos.











