Mapas que sólo sirven mojados
La carta náutica más antigua que se conserva es la Carta Pisana, de hacia 1280, en la Biblioteca Nacional de Francia. No tiene meridianos ni paralelos: la cruza una malla de líneas de rumbo que salen de varios centros en 32 direcciones, una cada 11° 15′. Sirve para ir de un puerto a otro con la aguja delante; tierra adentro no vale nada, y por eso el interior de los continentes aparece vacío.
Su código de peligros sigue en uso: la cruz para la roca sumergida, el mismo signo que hoy lee un patrón. En la Pisana los peligros van todos en negro; el doble color —punto negro para roca, punto rojo para arena o bajo— no aparece hasta el atlas de Pietro Vesconte de 1313. La primera rosa de los vientos bien dibujada está en el Atlas catalán de 1375, de Cresques Abraham. La flor de lis clavada en el norte la introduce el portugués Pedro Reinel hacia 1504, y la cruz que marcaba el este señalaba Jerusalén desde el Mediterráneo.
En 1584 Lucas Janszoon Waghenaer, piloto de Enkhuizen, publicó en Leiden el Spieghel der Zeevaerdt, el primer volumen que juntaba cartas, derroteros e instrucciones. Los marinos ingleses, que lo leían traducido desde 1588, deformaron su apellido: durante dos siglos, a cualquier libro de cartas se le llamó waggoner.
Dos espejos y un ángulo
El 13 de mayo de 1731 John Hadley leyó ante la Royal Society un texto con título de ferretería: «Descripción de un nuevo instrumento para tomar ángulos». Al mismo tiempo, y sin saberlo, Thomas Godfrey, vidriero de Filadelfia, había llegado a lo mismo.
El truco del octante es puro capricho geométrico: el arco mide 45°, un octavo de círculo, pero la doble reflexión duplica el ángulo leído y el instrumento llega a 90°. El marino ve el astro y el horizonte superpuestos, y la cubierta puede bailar. En 1757 John Campbell necesitó medir distancias lunares mayores de 90°, pidió alargar el arco a un sexto de círculo y John Bird se lo construyó en 1759. Eso es el sextante.
La longitud la resolvió un reloj: la Ley de la Longitud de 1714 ofrecía hasta 20.000 libras, y el H4 de John Harrison zarpó de Portsmouth el 18 de noviembre de 1761 y llegó a Jamaica cinco segundos atrasado, poco más de una milla de error. Robert Redford repite el gesto entero en Cuando todo está perdido (2013): sextante rescatado, manual abierto y ni una línea de diálogo.
La madrugada del 28 de abril de 1789
El Bounty llevaba árboles del pan de Tahití al Caribe. Frente a Tofua, Fletcher Christian sacó de su camarote al teniente William Bligh y lo metió en la lancha con dieciocho leales. Bligh navegó con ella más de 3.500 millas náuticas hasta Kupang, en Timor, del 2 de mayo al 14 de junio: cuarenta y tres días en un bote abierto. Christian llegó a Pitcairn el 15 de enero de 1790 y quemó el barco el 23.
In the Wake of the Bounty (1933), de Charles Chauvel, es el debut de Errol Flynn como Christian. La versión de Frank Lloyd de 1935, con Charles Laughton y Clark Gable, ganó el Óscar a la mejor película y sigue siendo la última que lo ganó sin llevarse ningún otro: sus tres candidaturas a mejor actor se estorbaron entre ellas y la Academia inventó el premio de secundario para la ceremonia siguiente. Después vinieron Brando en 1962 y Mel Gibson y Anthony Hopkins en El motín del Bounty (1984). En agosto de 2026 la palabra vuelve al cartel con Mutiny, de Jean-François Richet: un carguero y Jason Statham.
Trapos que hablan
Frederick Marryat (1792-1848) publicó en 1817 un código de señales para la marina mercante y, de paso, inventó la novela de mar moderna con Mr Midshipman Easy (1836). Sin él no hay C. S. Forester ni Patrick O’Brian; sin O’Brian no hay Master and Commander (2003).
El código comercial de 1857 sacaba más de 70.000 mensajes de dieciocho banderas; en 1901 entró en vigor el internacional, con veintiséis y un gallardete. Una sola dice una frase entera: Oscar es «hombre al agua»; Bravo, «llevo mercancía peligrosa»; Quebec, «mi buque está sano, solicito libre plática». La P, azul con un cuadro blanco, es el Blue Peter: nos vamos, todos a bordo. La Royal Navy la izaba ya en 1777, ochenta años antes de que significara «P».
El 21 de octubre de 1805, hacia las once y cuarenta y cinco, el teniente John Pasco izó en el Victory las doce tandas del mensaje de Nelson. Nelson había dictado «England confides»; Pasco propuso «expects» porque esa palabra sí estaba en el vocabulario de Popham. Aun así hubo que deletrear una letra a letra: duty.
Tinta que se gana
La palabra entró en inglés por un cuaderno de bitácora. En julio de 1769, en Tahití, James Cook anotó que ambos sexos se pintan el cuerpo, «tattow, como lo llaman en su lengua». El tahitiano es tatau. Siete años después, el maestre de derrota del tercer viaje de Cook era un tal William Bligh.
Lo que vino luego no es decoración, es un currículum. Una golondrina por cada 5.000 millas navegadas. Un ancla por cruzar el Atlántico. Un barco a plena vela por doblar el cabo de Hornos. Un cerdo en un pie y un gallo en el otro, porque viajaban en cajones de madera que flotaban y sobrevivían al naufragio. Y HOLD FAST repartido en ocho nudillos, una letra por dedo: es la orden que se grita con mal tiempo.
En Tiburón (1975) el tatuaje es el que falta. Hooper le señala a Quint una marca en el brazo y Quint contesta que se lo quitó: USS Indianapolis. De ahí arranca el monólogo, y la fecha que da, «29 de junio de 1945», está mal: el crucero se hundió el 30 de julio. El error ya venía en el guion.
El barco que se hundió dos veces
Para la versión de 1962 la MGM no alquiló un velero: construyó uno. Doscientos operarios levantaron en Lunenburg (Nueva Escocia) una réplica del Bounty sobre planos extrapolados del original. Luego hizo de figurante medio siglo, de Los desmadrados piratas de Barba Amarilla (1983) a Piratas del Caribe: el cofre del hombre muerto (2006).
El 29 de octubre de 2012, a unas noventa millas al sureste del cabo Hatteras, se hundió dentro del huracán Sandy. Rescataron a catorce personas. Murieron dos: el capitán Robin Walbridge, cuyo cuerpo nunca apareció, y una tripulante llamada Claudene Christian, que se decía descendiente de Fletcher Christian.
Queda una coincidencia. El punto del océano más alejado de cualquier tierra lo calculó el croata Hrvoje Lukatela en 1992 y lo llamó Punto Nemo; sus tres tierras más próximas quedan a 2.688 kilómetros, y una es el islote Pandora, en el atolón de Ducie: archipiélago de Pitcairn, el escondite de los amotinados.











