Un martes de junio de 1284
El documento más antiguo que cuenta esto no es un cuento infantil: es una nota. Está escrita a mano en la última página de una crónica latina copiada en Lüneburg hacia 1430-1450 y dice que en 1284, el día de san Juan y san Pablo —26 de junio—, un joven de treinta años, bien vestido, entró en Hamelín tocando una flauta de plata, se llevó tras de sí a 130 niños y los perdió a las afueras, en el lugar de las ejecuciones que llaman el calvario. No menciona ni una rata.
Los testimonios anteriores se han perdido. Hacia 1300 la Marktkirche de Hamelín tenía una vidriera con el flautista y los niños; el alcalde Friedrich Poppendieck la mandó renovar en 1572 y se perdió hacia 1660. Pero no la conocemos sólo por las descripciones que corren entre los siglos XIV y XVII: en 1592 el alsaciano Augustin von Mörsperg la copió a mano para su crónica de viaje, y ése es el retrato más antiguo que se conserva del flautista, que ahí no sopla una flauta sino una chirimía. El deán Lude guardaba hacia 1384 un libro de coro con unos versos latinos presentados como relato de un testigo presencial; tampoco se conserva. Lo que sí sobrevive es una anotación en los libros de la ciudad, de ese mismo 1384: hace cien años que se fueron nuestros niños.
Y sobrevive una casa. En la esquina de Osterstraße con Bungelosenstraße, la Rattenfängerhaus —levantada en 1602-1603 para el concejal Hermann Arendes, en pleno Renacimiento del Weser— lleva la fecha tallada en una viga:
anno 1284 am dage johannis et pauli war der 26. juni dorch einen piper mit allerley farve bekledet gewesen cxxx kinder verledet binnen hameln geboren to calvarie bi den koppen verloren
Una piedra de la Puerta Nueva, de 1556 y hoy en el museo de la ciudad, lo cuenta al revés: hace 272 años el mago se llevó 130 niños.
Las ratas llegan con casi tres siglos de retraso
En la historia original no hay ratas. Aparecen entre 1559 y 1565, en la Zimmerische Chronik del conde Froben Christoph von Zimmern, y ya no se marchan. El primer relato en inglés lo firma Richard Verstegan —anticuario católico exiliado en Amberes— en A Restitution of Decayed Intelligence (1605), páginas 85 a 87: ahí están las ratas, ahí están los niños reapareciendo en Transilvania y ahí está una fecha nueva y equivocada, el 22 de julio de 1376.
Los Grimm lo fijan en Deutsche Sagen (1816), donde es la leyenda número 244 —245 en las ediciones posteriores—, «Die Kinder zu Hameln». Su versión es la que casi todo el mundo recuerda sin saber de dónde. Al hombre lo llaman Bundting por su abrigo de paño de muchos colores. No toca una flauta de oro sino un Pfeifchen, una flautilla. Las ratas y los ratones se ahogan en el Weser. Vuelve disfrazado de cazador, con el rostro espantoso y un sombrero rojo extraño. Se lleva a los niños de cuatro años para arriba. Y tres se salvan por accidente: uno ciego, uno mudo y uno que había salido en camisa y dio media vuelta a buscar su chaqueta.
Robert Browning escribió su poema en mayo de 1842 por encargo doméstico: Willie, el hijo del actor William Macready, estaba enfermo en cama y le pidió alguna cosita para ilustrar. Browning tiró de Verstegan, se quedó con la fecha errónea de 1376 y le puso al flautista la prenda que se dibuja desde entonces, un abrigo largo mitad amarillo y mitad rojo. Salió en Dramatic Lyrics ese mismo año.
Un abrigo de retales y un monte con dos cruces
El repertorio es corto y muy identificable: el abrigo bicolor de paño, la flautilla corta de los Grimm y de Browning, el Weser lleno de ratas ahogadas, las fachadas de gablete escalonado del Renacimiento del Weser y el monte donde se cierra la roca. Los Grimm lo llaman Poppenberg y lo señalan con dos piedras plantadas en forma de cruz.
Dos ediciones fijaron la estampa. Kate Greenaway ilustró el poema de Browning en 1888 para Routledge: 35 dibujos grabados e impresos a color por Edmund Evans, con esos niños de talle alto y capota que eran su marca. Ruskin las tuvo por lo mejor que hizo. Arthur Rackham lo ilustró en 1934 para Harrap, en tirada limitada y firmada de 410 ejemplares, y le salió lo contrario: tejados torcidos, ratas con demasiada mirada y un flautista que asusta antes de hacer nada.
Del grabado al fotograma
El flautista llegó pronto al cine mudo: hay cortos anteriores, uno británico de 1907 y otro estadounidense de 1911. Pero el primer Hamelín de largo es alemán y se estrenó el 19 de diciembre de 1918 en el U.T. de Nollendorfplatz de Berlín, un mes después del armisticio. Der Rattenfänger, de Paul Wegener, cerraba su trilogía de leyendas alemanas —Rübezahls Hochzeit (1916) y Hans Trutz im Schlaraffenland (1917)— y anunciaba el Golem de 1920. Las ratas no eran ratas: como no hubo forma de trabajar con animales amaestrados, las tallaron en madera y las animaron fotograma a fotograma. Del film sólo quedan fragmentos.
Disney estrenó The Pied Piper como Silly Symphony en Technicolor el 16 de septiembre de 1933, dirigida por Wilfred Jackson. Jacques Demy lo trasladó a 1349, con la peste encima, en The Pied Piper (1972), con Donovan de flautista y Donald Pleasence, John Hurt y Jack Wild alrededor. Jiří Barta rodó en Checoslovaquia Krysař (1986): marionetas talladas de uno a sesenta centímetros, una ciudad expresionista de madera, un idioma inventado con sonoridad alemana y música de Michael Kocáb, sobre la novela de Viktor Dyk de 1915.
La adaptación más rara no se llama Hamelín. En El dulce porvenir (Atom Egoyan, 1997) el poema de Browning es el esqueleto: Nicole se lo lee a los niños que cuida, se pierde un autobús escolar entero y la única que queda es la que no pudo seguir al flautista. Corea lo llevó a una aldea de posguerra en El flautista (Kim Kwang-tae, 2015), y en Shrek (2001) el flautista pasa de refilón entre los cuentos desahuciados.
La calle en la que los músicos callan
La casa del flautista da a la Bungelosenstraße, y el nombre no es adorno: bunge era «tambor» en el bajo alemán de la zona. Por ahí salieron los niños y ahí no se toca. Los Grimm ya lo anotaban en 1816: no se bailaba ni se rozaba una cuerda, y cuando pasaba una boda con música los músicos callaban mientras cruzaban ese tramo. La costumbre sigue.
Hay un segundo detalle, este de cine. Las siluetas de los rótulos del film de Wegener las recortó Lotte Reiniger, que en 1918 tenía diecinueve años y no era nadie. Ocho años después estrenaba Las aventuras del príncipe Achmed (1926), el largometraje de animación más antiguo que se conserva.
De 1284 no hay explicación cerrada, y conviene separar lo documentado de lo conjeturado. Documentado está sólo que Hamelín llevaba siglos anotando la pérdida —la fecha, los 130, la costumbre de contar los años desde entonces—; ninguna fuente antigua dice qué ocurrió. Lo demás son hipótesis. La mejor trabajada la publicó en 1997 el profesor de onomástica Jürgen Udolph: los topónimos de la comarca de Hamelín reaparecen de forma anómala al norte de Berlín —Hamelspringe da Hammelspring en la Uckermark; el condado de Spiegelberg, Groß Spiegelberg junto a Pasewalk—, lo que apunta a una emigración organizada hacia el este en plena colonización alemana. Se han propuesto también la manía danzante —en 1237 un grupo de niños recorrió bailando los veinte kilómetros de Erfurt a Arnstadt— y una cruzada infantil a imitación de la de 1212, pero estas dos chocan con las fechas: la cruzada fue setenta y dos años antes, y la peste, que también se ha invocado, no llega a Europa hasta 1347. Ninguna explica los 130.













