El demonio que empezó siendo guardaespaldas
Pazuzu no lo inventó Hollywood. Es un demonio asirio-babilonio del que se conservan cientos de figuras de los siglos VIII a VI a.C.; las primeras salieron de tumbas de Nimrud. Muchas llevan grabada detrás la misma fórmula: «Yo soy el dios Pazuzu, hijo del dios Hanbi, rey de los demonios malignos del viento».
Lo raro es para qué servían. Pazuzu no atacaba: defendía. Su enemiga era Lamashtu, la que se llevaba a los recién nacidos; las embarazadas colgaban del cuello cabecitas de bronce con un aro para el cordón, y las grandes, de piedra, iban en la puerta de casa. El monstruo de El Exorcista empezó siendo un amuleto de guardia.
La pieza que mejor lo cuenta está en el Louvre: la Plaque des Enfers, AO 22205, un bronce neoasirio de 13,8 centímetros. En el registro central, un enfermo tumbado en una cama con la mano alzada y, a los lados, dos oficiantes vestidos de pez. Debajo, Lamashtu de rodillas sobre un asno embarcado, con dos serpientes en las manos y un cerdito y un perro mamando. Y en el reverso, agarrada al borde de arriba, la cabeza de Pazuzu asomándose por encima de la escena. Una de las imágenes de exorcismo más antiguas que se conservan ya está compuesta como un cartel de cine.
Setenta y dos nombres y unos sellos que llegaron tarde
La otra mitad de la colección viene de los grimorios, y el punto de partida no es un mago sino un médico. Johann Weyer (1515-1588), alumno de Agripa, publicó en 1563 el De praestigiis daemonum para defender que las acusadas de brujería estaban enfermas, no endemoniadas. A la edición de 1577 le añadió un apéndice, la Pseudomonarchia Daemonum: 69 demonios con su rango y sus legiones.
De ahí sale la Ars Goetia, primero de los cinco libros del Lemegeton Clavicula Salomonis, compilado a mediados del siglo XVII. Sube la cifra a 72 —los ángeles del Shem HaMephorash—, añade a Vassago, Seere, Dantalion y Andromalius y deja fuera a Pruflas.
Y aquí va lo que casi nadie sabe: los sellos llegaron los últimos. Esos garabatos circulares que hoy van en tatuajes, portadas y carteles no están en Weyer: su catálogo no lleva ni uno. Aparecen en copias manuscritas posteriores, como la de Thomas Rudd, emparejados con los sellos de los 72 ángeles para proteger al que conjura. Los popularizó una edición de 1904: The Book of the Goetia of Solomon the King, traducida por S. L. MacGregor Mathers y editada por Aleister Crowley.
1863: el año en que los demonios tuvieron cara
Si te pido que dibujes a Belcebú, dibujarás una mosca gigante. Eso no sale de la Biblia: sale de un grabado francés de 1863.
Jacques Collin de Plancy (1794-1881) publicó el Dictionnaire Infernal en 1818, en dos tomos y con humor volteriano. Se reconcilió con el catolicismo hacia 1841 y reescribió el diccionario para que pasara el visto bueno del arzobispo de París, que llegó con la tercera edición, la de 1844. La sexta y última edición, la de 1863, es la ilustrada: cerca de setenta estampas de demonios dibujadas por Louis Le Breton y grabadas en madera por M. Jarrault.
El repertorio es rarísimo y muy concreto. Bael tiene tres cabezas —hombre, sapo y gato— sobre patas de araña. Belcebú es un insecto de mandíbulas largas con ojos humanos. Amdusias lleva cabeza de unicornio y manda veintinueve legiones. Astaroth va flaco y con garras, encorvado sobre un lobo con alas de murciélago. Stolas, un búho coronado de patas larguísimas.
Le Breton (1818-1866) no era ocultista, era pintor de marinas: sustituyó al dibujante de la expedición antártica de Dumont d'Urville cuando este murió en Hobart, en enero de 1840, y volvió del Astrolabe y la Zélée con cerca de quinientos apuntes. El que le puso cara a los demonios venía de dibujar bichos para una expedición científica.
Un manual de 1614 escribió el guion
El rito católico que todos hemos visto en pantalla está en un libro con fecha: el Rituale Romanum que Pablo V promulgó el 17 de junio de 1614, capítulo De exorcizandis obsessis a daemonio. Siguió vigente hasta 1999, cuando Roma publicó el De exorcismis et supplicationibus quibusdam.
Las advertencias previas listan los indicios de posesión. Los tres primeros:
ignota lingua loqui pluribus verbis, vel loquentem intellegere; distantia et occulta patefacere; vires supra aetatis seu conditionis naturam ostendere.
Hablar una lengua desconocida o entender a quien la habla; revelar lo oculto y lo lejano; mostrar una fuerza superior a la propia edad o condición. Son exactamente las tres cosas que hace cualquier poseída del cine: soltar latín sin haberlo estudiado, decirle al cura algo que solo él sabe y arrancar la cama del suelo. Medio siglo de guiones copiando, sin cambiarles ni el orden, tres líneas de una rúbrica litúrgica.
Cómo llegó Pazuzu a Georgetown
William Peter Blatty, estudiante en Georgetown, supo en la primavera de 1950 de un caso que The Washington Post había llevado a portada el 20 de agosto de 1949: «Priest Frees Mt. Rainier Boy Reported Held in Devil's Grip». Un chaval de catorce años y más de treinta sesiones del rito entre Maryland y San Luis. Blatty lo convirtió en una niña de doce, Regan; la novela es de 1971 y la película de William Friedkin, de 1973.
El prólogo iraquí se rodó en Hatra, al suroeste de Mosul. La estatua grande de Pazuzu no la desenterró nadie: la fabricó la Warner y la mandó a Bagdad, y Friedkin le colgó carne para atraer buitres al plano, sin éxito. El amuleto que encuentra el padre Merrin es una cabeza de Pazuzu con su aro, como las de las asirias embarazadas. El nombre no suena en la película del 73: se dice en voz alta en El exorcista II: el hereje (1977), donde el demonio se manifiesta sobre todo como plaga de langostas.
Dónde se le nota en la pantalla
La profecía (1976) no tira de grimorio sino del 666 del Apocalipsis, pero le dio al género su himno: «Ave Satani», de Jerry Goldsmith —sanguis bibimus, corpus edimus—. La canción se quedó en la nominación; el Óscar lo ganó la banda sonora, el único de toda la carrera de Goldsmith.
La Goetia, en cambio, es la cantera de nombres:
- The Nun (2018). Valac es el espíritu 62: un niño con alas de ángel montado en un dragón de dos cabezas que dice dónde hay tesoros y serpientes. Del texto solo sobrevive el nombre: la monja la inventó James Wan para El caso Conjuring 2 (2016), un recambio de última hora que sustituyó, en rodajes añadidos, a un demonio cornudo animatrónico ya construido. La película de 2018 la dirigió Corin Hardy sobre una historia de Wan.
- Hereditary (2018). Paimon es el noveno: un rey coronado sobre un dromedario, precedido de una hueste con trompetas y címbalos. Ari Aster se queda con la corona y con la hueste, y tira el camello.
- Helluva Boss. Stolas es el trigésimo sexto, príncipe que enseña astronomía y las virtudes de las hierbas y las piedras preciosas. En el texto es un cuervo: que sea un búho coronado se lo debemos a Le Breton.
En España, Verónica (2017), de Paco Plaza, sale del atestado policial de Vallecas y de la muerte de Estefanía Gutiérrez Lázaro en 1991.

















