Cuatro raíces con nombre de dios
Quien las juntó fue Empédocles de Acragante, la actual Agrigento, en el siglo V a.C. No las llamó elementos: las llamó rizomata, raíces, y las presentó con nombre propio en su poema Sobre la naturaleza.
Ante todo, aprende las cuatro raíces de todas las cosas: Zeus el magnífico y Hera que da la vida; también Aidoneo, y Nestis, que hace correr con sus lágrimas las fuentes de los mortales.
Que las cuatro raíces son fuego, tierra, aire y agua no lo discute nadie; qué dios es cuál, sí, y hay repartos rivales. El más extendido hace a Zeus el fuego, a Hera el aire, a Aidoneo —Hades— la tierra y a Nestis el agua. Platón les dio cuerpo geométrico en el Timeo: tetraedro para el fuego, cubo para la tierra, octaedro para el aire e icosaedro para el agua, y el dodecaedro para el cosmos entero. Aristóteles (384-322 a.C.) los ordenó por pares de cualidades —caliente, frío, húmedo, seco— y añadió un quinto cuerpo para el cielo, el éter, que los traductores latinos llamaron quinta essentia. De ahí viene la palabra quintaesencia, y de ahí sale el título de una película de 1997 a la que llegaremos.
En China no son cuatro, y tampoco son elementos
El wuxing (五行) se traduce mal como «los cinco elementos». El carácter 行 significa marchar, moverse: son fases, tramos de un ciclo. Y no son el equivalente chino de los cuatro griegos: los de Empédocles contestan a de qué está hecho el mundo, y estos a cómo cambia. Son madera, fuego, tierra, metal y agua, y la lista más antigua está en el «Hong Fan», el capítulo del Libro de los documentos que las define por lo que hacen y no por lo que son.
El primero es el agua; el segundo, el fuego; el tercero, la madera; el cuarto, el metal; el quinto, la tierra. El agua empapa y desciende; el fuego arde y asciende; la madera se curva y se endereza; el metal cede y cambia; la tierra sirve para sembrar y cosechar.
El mismo capítulo les pone sabor: el agua sabe salado; el fuego, amargo; la madera, ácida; el metal, picante; la tierra, dulce. Zou Yan (c. 305-240 a.C.) convirtió el esquema en teoría política: cada dinastía gobierna bajo una fase. Los Zhou habían reinado bajo el fuego, así que Qin Shi Huang tomó el agua, que lo vence, y con ella el negro para banderas y ropa, el norte, el invierno y el número seis. Ese relevo usa sólo uno de los dos ciclos, el de la conquista. Los dos que hoy se dibujan siempre igual —un círculo en el que cada fase engendra a la siguiente y una estrella de cinco puntas dentro en la que cada una vence a otra— no quedaron encajados en un único sistema hasta la dinastía Han.
Un triángulo con una raya y una cabeza hecha de pulpos
Los cuatro triángulos que todo el mundo reconoce son de tabla impresa, no de manuscrito medieval: el fuego apunta arriba, el agua abajo, el aire es el de arriba cruzado por una raya y la tierra el de abajo cruzado por otra. Cada taller los dibujaba a su manera, y en la tabla que acompaña a De attractionibus electivis, de Torbern Bergman (1775), ya salen impresos así.
El material ilustrado bueno está en los libros de emblemas. Atalanta fugiens, de Michael Maier (1568-1622), se imprimió en Oppenheim en 1617 con cincuenta grabados de Matthäus Merian el Viejo, y cada emblema lleva epigrama, comentario en prosa y una fuga a tres voces: un libro que se mira, se lee y se canta.
En pintura manda la serie que Giuseppe Arcimboldo pintó en 1566 para Maximiliano II: cabezas de perfil hechas de cosas. El Agua es un amasijo de cangrejos, tortugas, langostas y pulpos; el Fuego, pedernal, eslabón, leña ardiendo y cañones; el Aire, pájaros, con un pavo real de cuerpo. Fuego y Agua cuelgan en el Kunsthistorisches de Viena; del Aire original no queda nada, se conoce por una copia de la época.
Cuatro piedras, cinco ninjas y una salamandra
El quinto elemento (Luc Besson, 1997) es el sistema entero convertido en atrezo: cuatro piedras grabadas, una por elemento, un sarcófago con el quinto y un templo egipcio donde en 1914 un sacerdote toma el relevo. El diseño lo firmaron dos dibujantes de cómic, Moebius y Jean-Claude Mézières; el vestuario, Jean Paul Gaultier.
Avatar: la leyenda de Aang (Michael Dante DiMartino y Bryan Konietzko, 2005-2008) hizo lo contrario: en vez de inventarse una magia elemental, contrató a un maestro. Sifu Kisu, de la Harmonious Fist Chinese Athletic Association, asignó a cada nación un arte marcial real, y por eso las cuatro se mueven distinto en pantalla.
- Agua — taichí: continuidad, alineación, respiración.
- Tierra — hung gar: postura baja y golpe corto.
- Fuego — shaolín del norte: brazos y piernas largos, ataque recto.
- Aire — baguazhang: círculos y cambios de dirección.
- Toph, ciega, pelea con mantis religiosa del sur (chu gar).
La caligrafía de la serie la firmó Siu-Leung Lee. De ese tronco cuelgan la película de M. Night Shyamalan de 2010, la serie de imagen real de Netflix de 2024 y la película animada de Aang de 2026.
El resto del catálogo tira del mismo cuadro. Frozen II (2019) reparte los cuatro espíritus —la salamandra Bruni, el viento Gale, el caballo de agua Nokk y los gigantes de piedra— y hace de Elsa el quinto. Elemental (2023) levanta una ciudad entera con un barrio por elemento. Y en el lado chino está la rareza que casi nadie ha visto: Five Element Ninjas (Chang Cheh, Shaw Brothers, 1982), donde el enemigo despliega un escuadrón ninja por cada fase.
El alquimista que no escribió nada
Nicolas Flamel existió: fue escribano público en París, de hacia 1330 a 1418, y redactaba contratos y cartas. No dejó un solo texto de alquimia. El Libro de las figuras jeroglíficas que lo hizo inmortal se publicó en París en 1612, casi doscientos años después de su muerte, con su firma encima y con P. Arnauld de la Chevalerie detrás. Cuando Harry Potter y la piedra filosofal (2001) pone a Flamel a fabricar la piedra de la que sale el elixir de la vida, está repitiendo un fraude editorial del siglo XVII, no una leyenda medieval.
El préstamo también funciona al revés. En El castillo en el cielo (Hayao Miyazaki, 1986) el cristal de eterium que sostiene a Sheeta en el aire es materia elemental de libro, y la isla voladora se llama Laputa por la de Los viajes de Gulliver (Jonathan Swift, 1726); Miyazaki reconoció después que metió la referencia para convencer a los patrocinadores y que nunca llegó a leer la novela en serio.



















