Un oso, un cántaro y doce años de trabajo
La Biblia que se cita en español viene de un fugitivo. Casiodoro de Reina, monje huido del convento de San Isidoro del Campo, en Sevilla, tardó doce años en traducir el texto completo desde el hebreo y el griego. Se imprimió en Basilea el 28 de septiembre de 1569. En la portada no hay cruz ni santo: hay un oso empinado contra un tronco robando un panal. Es la marca del impresor, y está ahí para que el libro no pareciera un libro religioso, porque traducir la Biblia a lengua vulgar estaba prohibido y aquello era contrabando. De ese oso le viene el nombre con el que todo el mundo la conoce: Biblia del Oso.
Reina murió en 1594. Su compañero de fuga, Cipriano de Valera, dedicó más de veinte años a revisarla y la publicó en Ámsterdam en 1602; otra vez por el grabado de la portada, esa se llama Biblia del Cántaro. Los dos apellidos pegados, Reina-Valera, son el castellano que oye cualquiera que haya visto una película de exorcismos doblada.
El taller que dibujó el fin del mundo
El Apocalipsis no se lee: se mira. Y se mira con imágenes que tienen firma y fecha. La primera serie importante es española: Beato de Liébana escribió su Comentario al Apocalipsis en el monasterio de San Martín de Turieno, hoy Santo Toribio de Liébana, en 776, con revisiones en 784 y 786. Se conservan unas treinta y cinco copias manuscritas, la mayoría iluminadas; la más citada es la que Fernando I y doña Sancha encargaron en 1047. Son miniaturas mozárabes: bandas de color plano, sin profundidad, con ojos desproporcionados y bestias que parecen recortadas con tijera.
En 1498 Alberto Durero publica en Núremberg el Apocalipsis cum figuris, quince xilografías. Una de ellas, Los cuatro jinetes, comprime el capítulo 6 entero en una sola estampida y fija para siempre cómo son esos cuatro: no cuatro retratos, sino un atropello.
Entre 1625 y 1630 Matthäus Merian el Viejo saca en Estrasburgo las Icones Biblicae, con textos en alemán, latín y francés de Johann Ludwig Gottfried. Acabaron siendo 233 planchas de cobre, reunidas en 1630 en la llamada Biblia de Merian. Ahí está una de las cosas más raras del repertorio: el ofán de Ezequiel, una rueda metida dentro de otra en perpendicular, con los aros llenos de ojos.
Y en 1866 llega el que se lo comió todo: Gustave Doré, 241 grabados en madera para la Grande Bible de Tours, un folio en dos volúmenes publicado a la vez por Mame en Tours y por Cassell en Londres.
Los cuernos de Moisés y la manzana que nadie mordió
Dos de los objetos más reconocibles de esta iconografía existen por errores de traducción. En Éxodo 34,29 el hebreo dice que la cara de Moisés qaran al bajar del Sinaí: el verbo viene de la raíz de «cuerno» y describe una cara que echaba rayos. La Septuaginta lo resolvió como «glorificado». Jerónimo, en la Vulgata, escribió cornuta. Mil años de Moisés con cuernos, hasta el mármol de Miguel Ángel en San Pietro in Vincoli.
El otro es la manzana. El Génesis no dice qué fruta era: usa peri, «fruto», a secas. En latín, malum es manzana y malum es mal. El grabado Adán y Eva que Durero hizo en 1504 acabó de fijarla, y desde entonces la serpiente ofrece siempre lo mismo.
De la plancha de cobre al plató
Cecil B. DeMille montó Los diez mandamientos, la de 1923 y la de 1956, copiando composiciones de Doré casi tal cual, y no lo escondía; D. W. Griffith hizo lo propio antes. El cine bíblico de Hollywood nació con un álbum de grabados franceses encima de la mesa de dirección.
Bergman abre y cierra El séptimo sello (1957) con Apocalipsis 8,1, «hubo silencio en el cielo como por media hora»: el título de la película es el versículo. Mel Gibson rodó La Pasión de Cristo (2004) en arameo, hebreo y latín, y su guion visual debe tanto a los evangelios como a La amarga Pasión de Nuestro Señor Jesucristo (1833), las visiones de la monja Anne Catherine Emmerich transcritas por Clemens Brentano, de donde salen escenas que no están en ningún evangelio. Darren Aronofsky sacó los Vigilantes de Noé (2014) —ángeles caídos convertidos en gigantes de piedra— del primer libro de Henoc, un texto que se quedó fuera del canon.
El dato: la profecía de La profecía no está en la Biblia
En The Omen (1976) un sacerdote recita unos versos sobre el regreso de los judíos a Sion, un cometa que raja el cielo y el ascenso del Sacro Imperio Romano. Suena a Apocalipsis, se cita como Apocalipsis y no está en ninguna Biblia: lo escribió el guionista David Seltzer para la película. Lo que sí es literal es el versículo del final, Apocalipsis 13,18, el que manda contar el número de la bestia.
Segundo aviso: Pazuzu, el demonio de El Exorcista cuya estatua abre la película en una excavación en Hatra, al suroeste de Mosul, donde se rodó de verdad, no es bíblico sino asirio, y en el primer milenio antes de Cristo su cara se llevaba como amuleto de protección, sobre todo para apartar a Lamashtu de las embarazadas y los recién nacidos. Iba en el bando de los que defienden.
Qué se estrena con esto dentro
Whalefall (Brian Duffield, en cines el 16 de octubre de 2026) es Jonás 2 con manómetro: un buzo tragado por un cachalote de sesenta toneladas y una hora de oxígeno. Leviticus, de Adrian Chiarella, estrenada en la sección Midnight de Sundance el 23 de enero de 2026, mete a dos adolescentes en un ritual de conversión dentro de una comunidad cristiana aislada del estado de Victoria, en Australia, y el título señala el libro del que se sacan las citas. La Carrie de Mike Flanagan llega a Prime Video el 7 de octubre de 2026, con Samantha Sloyan como Margaret White y ocho episodios de golpe. La profecía cumple cincuenta años, estrenada el 6 de junio de 1976. Y El maestro y Margarita, de Michael Lockshin, parte la historia entre el Moscú de los años treinta y un Jerusalén con Claes Bang de Poncio Pilato.

















