La historiadora que asesoró el guion pidió que borraran su nombre de los créditos. Repasamos, dato a dato, qué inventa Gladiator, qué copia literalmente de Casio Dión y por qué se equivoca justo donde se equivoca.
Kathleen Coleman, latinista de Harvard, dedicó cientos de horas a documentar el guion de Gladiator. Cuando vio el montaje final pidió que retiraran su nombre de los créditos. La acreditaron igual, en los agradecimientos. Después escribió un ensayo sobre el asunto con un título que lo dice todo: The Pedant Goes to Hollywood, sobre asesores contratados para dar a una película «un barniz de respetabilidad». Entregó a Steven Spielberg una lista de errores en el preestreno; le prometieron arreglar lo que se pudiera con voces superpuestas y retoque digital. No se corrigió nada.
Merece la pena mirar esa lista con cierto orden, porque no todos los cambios pesan lo mismo. Que Máximo Décimo Meridio no exista es irrelevante: es el protagonista de una ficción y nadie ha sostenido lo contrario. Lo interesante está en otro sitio.
La mentira que sostiene el guion entero
Toda la película arranca de una premisa: Marco Aurelio quería devolver el poder al Senado y por eso su hijo lo asesina. No hay nada que la sostenga, y hay un dato que la desmonta sin discusión. El 17 de junio de 177, con quince años, Cómodo fue elevado a co-augusto por su propio padre. Es decir, Marco Aurelio dedicó los tres últimos años de su vida a asegurar por escrito que su hijo reinara. Con él se rompía una racha de emperadores adoptivos que venía de Nerva; fue una decisión deliberada, no un accidente.
Marco Aurelio murió enfermo en Vindobona —la actual Viena— el 17 de marzo de 180, en plena campaña contra marcomanos y cuados. Nadie lo asfixió con un cojín.
Y aquí está lo raro: la traición real de Cómodo a su padre existió, y es más cinematográfica que la inventada. Marco Aurelio pretendía convertir aquellos territorios en dos provincias nuevas, Marcomania y Sarmacia. Cómodo firmó la paz contra el criterio de sus generales, replegó las legiones a la frontera vieja y se celebró un triunfo en Roma el 22 de octubre de 180. Liquidó el proyecto de su padre en siete meses. El guion prefirió un cojín.
La bañera, no la arena
El duelo final en el Coliseo, con el emperador muerto ante cincuenta mil personas, no ocurrió. Cómodo murió el 31 de diciembre de 192 en una conjura doméstica: su prefecto del pretorio, Quinto Emilio Leto, y su chambelán, Eclecto, convencieron a Marcia, su concubina, para envenenarle la carne de buey. Vomitó el veneno. Entonces entró Narciso, su compañero de entrenamiento —un atleta, un profesional de la lucha— y lo estranguló en el baño. Casio Dión anota la cuenta exacta: doce años, nueve meses y catorce días de reinado. Tenía 31 años.
Lo que vino después tampoco se parece a los aplausos finales de la película. El Senado lo declaró enemigo público, derribó sus estatuas, borró su nombre de las inscripciones y devolvió a Roma su nombre de siempre, porque Cómodo la había rebautizado Colonia Commodiana. Subió al trono Pertinax, que duró tres meses. De ahí a la guerra civil del 193.
Lucila estaba en el otro bando
La película convierte a Lucila en conciencia moral y en freno de su hermano. La Lucila histórica organizó en 182 un intento de asesinato: dos hombres esperaban a Cómodo a la entrada de un teatro. Falló. Los conspiradores fueron ejecutados, ella fue desterrada a Capri y allí la mataron. La hermana que en la pantalla protege a un niño de la locura del emperador fue, en realidad, la primera en intentar apuñalarlo.
Lo que parece inventado y está en las fuentes
Aquí la película acierta más de lo que se le reconoce, y por márgenes amplios:
- El emperador combatiendo. Cómodo bajó a la arena de verdad, como secutor, y presumía del título de campeón de los secutores. La Historia Augusta —fuente tardía y poco fiable, conviene decirlo— habla de 735 apariciones. Dión cita una inscripción con mil hombres vencidos.
- Y cobrando por ello. Dión, que estaba sentado en las gradas como senador, cuenta que Cómodo exigía un millón de sestercios diarios del fondo gladiatorio. Se hacía pagar por su propio espectáculo.
- Las cacerías. Cien osos en una sola jornada; unos juegos que se estiraron catorce días.
- La amenaza a los senadores. El pasaje más escalofriante de Dión es de testigo presencial: Cómodo decapitó un avestruz, se acercó a las gradas del Senado con la cabeza en la mano izquierda y la espada ensangrentada en la derecha, y movió la suya con una sonrisa para indicar lo que les esperaba. Dión escribe que se puso a masticar hojas de laurel de su corona y convenció a los de al lado de hacer lo mismo, para que el movimiento de la boca disimulara que se estaban riendo.
- El delirio herculeo. Mandó rehacer la cabeza del Coloso de Nerón con su propio rostro, le añadió una maza y un león de bronce. De esa estatua, y no del edificio, viene el nombre «Coliseo». La restauraron en cuanto murió.
Un detalle que a un lector español le tocará de cerca: en 177 o 178, Marco Aurelio y el propio Cómodo impulsaron un senadoconsulto para abaratar los juegos, fijando topes de 5.000, 4.000 y 3.000 sestercios según la categoría del gladiador. La copia en bronce más completa que conservamos apareció en Itálica, en Santiponce, Sevilla. El filósofo estoico de la película legislaba sobre tarifas de gladiadores.
Dos gestos que la película no inventó, pero fijó
El pulgar hacia abajo para pedir la muerte no está probado. Las fuentes hablan de pollice verso y de pollices premere sin describir la postura, y el debate sigue abierto: el clasicista Anthony Corbeill defiende justo lo contrario de lo que creemos, que el pulgar alzado pedía matar y el pulgar apretado dentro del puño pedía clemencia. Lo mismo pasa con el «los que van a morir te saludan»: aparece una sola vez en toda la literatura antigua, en la Vida de Claudio de Suetonio, y no en boca de gladiadores, sino de condenados en una batalla naval simulada del año 52 en el lago Fucino.
El guion no viene de Roma, viene de 1872 y de 1958
Los errores de Gladiator no son descuidos: son una elección de linaje. David Franzoni concibió la historia a partir de Those About to Die, un libro divulgativo de Daniel P. Mannix de 1958 que compró en Bagdad. Y Ridley Scott aceptó dirigir antes de leer una sola página de guion: los productores Walter Parkes y Doug Wick le enseñaron la reproducción de un cuadro y dijo que sí en el acto. La película se documenta en el siglo XIX y en el quiosco, no en Dión. Con esos mimbres, 103 millones de dólares de presupuesto, 466 de recaudación y cinco Óscar, incluidos película y actor.
El cuadro era Pollice Verso, que Jean-Léon Gérôme pintó en 1872 y hoy cuelga en el Phoenix Art Museum: la arena, el secutor de pie sobre el vencido y las vestales con el pulgar vuelto hacia abajo. De ahí sale la imagen del Coliseo que tenemos todos, incluido el gesto que probablemente nunca existió. Está en dominio público desde hace décadas, y como grabado sobre tela funciona mejor que como fotograma: es la escena que convenció a Scott antes de que hubiera película.
La fuente, en un museo
The Metropolitan Museum of Art · dominio público · ficha
The Metropolitan Museum of Art · dominio público · ficha
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