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Casablanca

ficha cine

Solo tres de los catorce actores de La Marsellesa eran franceses

13.08.2026 · Casablanca (1942) ·Michael Curtiz

La escena dura poco y no mueve la trama ni un centímetro, pero es el punto donde la película deja de fingir. Tirando del hilo de esos dos minutos aparecen un barco varado frente a Virginia, un formulario racial rellenado con mala idea y un actor que ya había cantado ese mismo himno cinco años antes, en otra película que los nazis prohibieron.

Victor Laszlo baja al salón del Rick's, se planta delante de la orquesta y pide un himno. El director de la banda no le responde a él: levanta la vista hacia el balcón, busca al dueño del local y espera. Rick asiente. Es un gesto de medio segundo, sin diálogo y casi sin subrayado musical, y es la primera vez en toda la película que el hombre que presume de no jugársela por nadie se la juega. Todo lo demás de Casablanca (Michael Curtiz, 1942) puede leerse desde ahí.

Lo interesante es que, en cuanto la banda ataca, la película se le escapa a sus protagonistas. Bogart mira desde arriba. Bergman mira a Laszlo. Y el plano se llena de caras secundarias que hasta ese momento eran decorado: el camarero, el crupier, la chica del bar, el carterista, la señora que vendía sus joyas. Esa es la escena. No es un duelo entre Laszlo y Strasser; es el momento en que el reparto de fondo se pone de pie.

Los alemanes cantan la canción equivocada, y es a propósito

Antes de que arranque La Marsellesa, los oficiales alemanes entonan Die Wacht am Rhein, un canto patriótico renano del siglo XIX. No era el plan. En el guion, los alemanes cantaban el Horst-Wessel-Lied, el himno del partido nazi. Warner lo retiró al comprobar que la pieza seguía protegida por derechos de autor: en territorio aliado daba igual, pero la película iba a distribuirse también en países neutrales y el estudio no quería exponerse a la escena grotesca de que el partido nazi le reclamara royalties.

Una decisión tomada por el departamento jurídico acabó afinando la escena. Los alemanes no cantan una consigna de partido, cantan una canción de cuartel heredada, algo pesado y antiguo. Enfrente, La Marsellesa entra empujada por Max Steiner, que ya la había hecho sonar sobre los propios títulos de crédito: cuando llega este momento, el espectador lleva casi hora y media oyéndola en fragmentos.

Madeleine Lebeau grita «Vive la France» con dos años de retraso

El plano más recordado de la secuencia no es de Bogart. Es el de Yvonne, la francesa que minutos antes había entrado en el local del brazo de un oficial alemán, cantando con los ojos llenos de lágrimas y gritando «Vive la France» al terminar. La interpretaba Madeleine Lebeau, que tenía 19 años durante el rodaje, entre el 25 de mayo y el 3 de agosto de 1942.

Lebeau había salido de París en junio de 1940, con las tropas alemanas a las puertas, junto a su marido: el actor Marcel Dalio, judío, nacido en París como Israel Moshe Blauschild y ya famoso en Europa. En la película, Dalio es Emil, el crupier de la ruleta. En el plano de la Marsellesa está a pocos metros de ella.

El Quanza se queda parado frente a Norfolk

La huida de los dos es, casi plano por plano, la trama de Casablanca. Cruzaron a España y llegaron a Lisboa, probablemente con visados de tránsito firmados por el cónsul portugués Aristides de Sousa Mendes. Tardaron dos meses en conseguir papeles para Chile. Embarcaron en el Quanza, que zarpó de Lisboa el 9 de agosto de 1940 con 317 pasajeros rumbo a Veracruz vía Nueva York.

Los visados chilenos eran falsos. En Veracruz no les dejaron bajar y el barco quedó con 81 personas a bordo que ningún país aceptaba. El 11 de septiembre de 1940 el Quanza atracó en Norfolk (Virginia) para repostar antes de devolverlos a Europa. Los pasajeros telegrafiaron a Eleanor Roosevelt; el abogado marítimo Jacob L. Morewitz interpuso una demanda que retuvo el barco en el puerto el tiempo suficiente. Desembarcaron. Dalio llegó a Hollywood, según contó él mismo, con 17 dólares y sin hablar inglés.

Dicho de otro modo: la mujer que llora en el plano había vivido dos años antes lo de los papeles falsos, el funcionario, el puerto y el barco que se va. No hacía falta dirección de actores.

Detrás de Yvonne hay un salón que no necesita ensayar

Dan Seymour, que interpreta a Abdul, el portero, y era de los pocos estadounidenses del reparto, se lo contó años después a la periodista Aljean Harmetz, autora de Round Up the Usual Suspects (1992), el trabajo de referencia sobre el rodaje:

Levanté la vista y la mitad de ellos estaba llorando de verdad. De pronto me di cuenta de que eran refugiados auténticos.

El dato que sostiene la anécdota es el reparto. De los catorce intérpretes acreditados, solo tres habían nacido en Estados Unidos: Humphrey Bogart, Dooley Wilson y Joy Page. El resto, y buena parte de los cerca de setenta y cinco actores con papel hablado, eran emigrados. S. Z. Sakall, el camarero Carl, era húngaro; sus tres hermanas fueron asesinadas en campos de exterminio. Helmut Dantine, el joven búlgaro que se juega en la ruleta el dinero de los visados, había pasado tres meses internado en un campo cerca de Viena tras la anexión de Austria en 1938, con 19 años. Curt Bois, el carterista, había salido de Alemania en 1933. Wolfgang Zilzer es el hombre al que la policía abate en los primeros minutos por no tener papeles en regla; su mujer, Lotte Palfi, es la señora que malvende sus brillantes. El propio Curtiz era húngaro, nacido en Budapest como Manó Kertész Kaminer.

Conrad Veidt escribió «judío» en el formulario de Goebbels

El mayor Strasser, el alemán que ordena callar la música, lo interpreta Conrad Veidt, el actor mejor pagado de la película por encima de Bogart y Bergman. Veidt no era judío: lo era su mujer, Ilona Prager. Cuando el ministerio de Goebbels obligó a todo el sector cinematográfico alemán a declarar su «raza» en un cuestionario, Veidt escribió que era judío y se marchó del país en 1933. Pasó el resto de su carrera haciendo de nazi en cine británico y estadounidense.

Cinco años antes, en un teatro de campaña alemán

La escena tiene un antecedente directo, y Dalio está en los dos. En La gran ilusión (Jean Renoir, 1937), los prisioneros franceses interrumpen una función de aficionados al saber que Francia ha recuperado el fuerte de Douaumont y se ponen de pie a cantar La Marsellesa. Dalio interpretaba allí a Rosenthal. Goebbels llamó a Renoir «enemigo cinematográfico número uno» y ordenó destruir las copias que encontrara; el gobierno de Vichy prohibió la película en 1940.

Es decir: el mismo actor canta el mismo himno en las dos escenas más citadas del asunto, con cinco años y un exilio en medio, y en 1942 lo hace desde detrás de una mesa de ruleta en vez de con uniforme de oficial.

En Francia, esa noche, cantarlo salía caro

Conviene recordar qué se estaba cantando exactamente en 1942. En la zona ocupada, los alemanes prohibieron La Marsellesa; el 11 de noviembre de 1940 un grupo de estudiantes la cantó en los Campos Elíseos como acto de desafío y hubo detenciones. Vichy adoptó como himno propio Maréchal, nous voilà, dedicado a Pétain. La Marsellesa quedó del lado de la Resistencia y de la Francia Libre.

Por eso el desenlace de la escena no es la victoria que parece. En cuanto se apagan las voces, el capitán Renault clausura el local alegando juego ilegal, mientras le entregan sus ganancias de la ruleta. Cantarlo tiene consecuencias, también dentro de la ficción.

Curtiz corta y el noticiario alcanza a la película

La cronología de aquellos meses explica por qué el estudio adelantó el estreno:

  1. 8 de noviembre de 1942: los aliados desembarcan en el norte de África, Casablanca incluida, en la operación Torch.
  2. 26 de noviembre de 1942: estreno mundial en el Hollywood Theatre de Nueva York, dieciocho días después.
  3. 23 de enero de 1943: estreno general en Estados Unidos, mientras Roosevelt y Churchill se reúnen precisamente en Casablanca entre el 14 y el 24 de enero.

Veidt no llega a la ceremonia

Conrad Veidt murió el 3 de abril de 1943 en Los Ángeles, a los 50 años. Cuando la película ganó sus tres Óscar —mejor película, dirección para Curtiz y guion adaptado para Julius y Philip Epstein junto a Howard Koch— en la ceremonia del 2 de marzo de 1944, llevaba once meses muerto. Madeleine Lebeau, la del grito, murió en 2016 con 92 años: fue la última superviviente del reparto acreditado.

Queda esa secuencia, que no adelanta la historia, no resuelve el triángulo amoroso y podría cortarse sin que la trama se resintiera. Y que es exactamente lo contrario de un número musical: es el único tramo de la película en el que casi nadie está fingiendo del todo.