La luna llena la puso Universal en 1943
El hombre lobo europeo empieza en actas judiciales, no en cuentos. A Peter Stumpp lo ejecutaron cerca de Colonia el 31 de octubre de 1589: rueda, tenazas al rojo en diez puntos del cuerpo, brazos y piernas rotos. Había confesado que el diablo le regaló un cinturón que lo convertía en lobo. El caso viajó hasta Londres en un pliego ilustrado con la xilografía de Lukas Mayer, y ahí está ya la iconografía entera: la rueda, el cinturón, el lobo mordiendo una garganta.
De la bestia de Gévaudan, que Jean Chastel abatió en junio de 1767, viene la bala de plata fundida con una medalla de la Virgen; pero ese detalle se le añadió después, no aparece en los papeles de la cacería. El primer inventario serio del asunto es The Book of Were-Wolves, que el reverendo Sabine Baring-Gould publicó en 1865.
La luna llena, en cambio, es de Hollywood. La cuarteta que recita la gitana en El hombre lobo (1941) la escribió el guionista Curt Siodmak, y habla del acónito en flor y de la luna de otoño. La regla que todos damos por folclore la fija Frankenstein y el hombre lobo (1943), de Roy William Neill. Cuarenta años después, la transformación de Un hombre lobo americano en Londres (1981) le dio a Rick Baker el primer Óscar de maquillaje de la historia.
Ourense, 1852: el único juicio español por licantropía
Manuel Blanco Romasanta (1809-1863), buhonero de Allariz, confesó trece muertes y se le probaron nueve. Su defensa fue que una maldición lo convertía en lobo. El jurado lo condenó a garrote el 6 de abril de 1853 y en 1854 Isabel II le conmutó la pena, tras el informe de un hipnólogo francés que firmaba como Mr. Phillips. Es el único proceso por licantropía que ha visto España.
La otra criatura gallega no muerde: avisa. La definición impresa más temprana de la Santa Compaña está en el Diccionario gallego de Juan Cuveiro Piñol, 1876:
Compaña: entre el vulgo, procesión de brujas que andan de noche alumbrándose con huesos de muertos.
El cine ha ido a por Romasanta dos veces: El bosque del lobo (1970), de Pedro Olea, sobre la novela El bosque de Ancines (1947) de Carlos Martínez-Barbeito, y Romasanta: la caza de la bestia (2004), de Paco Plaza. Detalle de la primera: uno de sus guionistas, Juan Antonio Porto, era tataranieto del abogado que llevó el caso real.
El tablero se puso el nombre él solo
La ouija no sale de ningún grimorio: es un producto de bazar. La Kennard Novelty Company se montó en Baltimore en 1890 y la patente 446.054 se concedió el 10 de febrero de 1891 a nombre del abogado Elijah Bond. El nombre lo eligió el propio tablero: Helen Peters, cuñada de Bond, le preguntó cómo quería llamarse y deletreó O-U-I-J-A; preguntado qué significaba, contestó «buena suerte».
Lo que casi nadie sabe es cómo se aprobó la patente. Según contó Linda Rodríguez McRobbie en Smithsonian Magazine el 27 de octubre de 2013, con la documentación del investigador Robert Murch, el examinador jefe puso una condición: si la tabla deletreaba su nombre, que él no había dicho, firmaba. Lo deletreó. Firmó pálido.
El negocio lo hizo William Fuld (1870-1927), que murió al caer del tejado de su fábrica de Baltimore vigilando la colocación de un asta de bandera. Sus herederos vendieron a Parker Brothers en 1966. En pantalla: la tabla con la que Regan llama al Capitán Howdy en El exorcista (1973), Witchboard (1986) y Ouija: el origen del mal (2016), de Mike Flanagan.
Abedul, cadenas y felicitaciones de Navidad
Krampus viene de Krampen, garra, y la criatura es prima de los Perchten alpinos que corrían las aldeas entre el solsticio y el 6 de enero. Su cara actual la fijó la imprenta: cuando el cromo y la postal se abarataron en los años noventa del XIX, Austria y Alemania se llenaron de Krampuskarten con el saludo «Gruss vom Krampus», y ahí quedó el catálogo: lengua roja larguísima, cuernos de macho cabrío, manojo de varas de abedul, cadenas, cencerros y el cuévano a la espalda con un niño dentro.
También tiene expediente político. El régimen austrofascista de Dollfuss lo persiguió, y en diciembre de 1934 el New York Times titulaba «Krampus Disliked in Fascist Austria». En los cincuenta el gobierno austriaco todavía repartía folletos titulados Krampus ist ein böser Mann. La versión que hoy conoce el público viene de Krampus (2015), de Michael Dougherty, que le devolvió el cuévano y las cadenas casi tal cual salían en las postales.
El wendigo no llevaba astas
El wendigo de las culturas algonquinas —ojibwe, cree, innu— no es un ciervo. Las descripciones tradicionales hablan de un gigante escuálido, con la piel gris pegada a las costillas, los labios comidos a mordiscos y el corazón de hielo: es lo que le pasa a quien se deja ganar por el hambre y la codicia. El cráneo de ciervo con astas es diseño reciente, de cine y de videojuego, y Antlers (2021), de Scott Cooper, lo dejó clavado en la cabeza de todo el mundo.
Conviene decirlo sin adorno: no es un mito muerto, es creencia viva de comunidades que siguen ahí. Por eso aquí vale la descripción documentada y no la caricatura con astas, que además tiene autores modernos detrás.
La sábana, la cadena y el aguafuerte
La sábana no es pereza de disfraz: es la mortaja de lino crudo con la que se enterraba, y en el XIX ya funcionaba como uniforme. El caso de Hammersmith lo demuestra. La noche del 3 de enero de 1804 el albañil Thomas Millwood volvía a casa con su ropa de trabajo —pantalón de lino blanco, chaleco y delantal— y Francis Smith, que patrullaba buscando al fantasma del barrio, le pegó un tiro. El Old Bailey lo juzgó el 11 de enero; la pena de muerte se le quedó en un año de trabajos forzados.
La cadena la puso Dickens: el Jacob Marley de Canción de Navidad (1843) arrastra cajas fuertes, candados y libros de cuentas, y desde entonces el fantasma hace ruido de hierro. Los dos agujeros para los ojos son lo último en llegar, y A Ghost Story (2017), de David Lowery, los convirtió en película entera.
El resto del vocabulario visual sale de la estampa. Los ochenta Caprichos de Goya se pusieron a la venta el 6 de febrero de 1799, anunciados en el Diario de Madrid y despachados en una perfumería para esquivar a los libreros. De ahí viene media iconografía española del espanto, y de ahí el Hombre Pálido de El laberinto del fauno (2006), armado con dos piezas: el Saturno de Goya y el tenome, el yōkai con ojos en las palmas que Toriyama Sekien dibujó en el Gazu Hyakki Yagyō (1776). De ese mismo libro vienen los kodama que Miyazaki pone a cabecear en La princesa Mononoke (1997).















