Una apuesta perdida en un verano sin sol
En junio de 1816 el volcán Tambora llevaba un año escupiendo ceniza y Europa se quedó sin verano. Encerrados por la lluvia en Villa Diodati, junto al lago de Ginebra, Lord Byron, su médico John Polidori, Percy Bysshe Shelley y Mary Godwin —dieciocho años— se pasaron las noches leyendo Fantasmagoriana, una antología alemana de historias de fantasmas traducida al francés. Byron propuso que cada uno escribiera la suya. Polidori sacó de ahí El vampiro. Mary sacó Frankenstein.
Salió el 1 de enero de 1818 en Lackington, Hughes, Harding, Mavor & Jones: tres volúmenes, quinientos ejemplares, sin firma, con prólogo de Percy y dedicatoria a William Godwin, el padre de Mary. Medio Londres dio por hecho que lo había escrito el marido. Su nombre no llegó a una portada hasta la segunda edición, el 11 de agosto de 1823, y llegó a rebufo de una adaptación teatral que estaba llenando salas. En 1831 Colburn y Bentley publicaron la versión de un solo volumen que casi todos hemos leído: Shelley la revisó entera, limó lo más radical y le añadió el prólogo donde cuenta lo de Diodati.
Lo que hay en el libro y no en la pantalla
El laboratorio de la novela no es una torre con pararrayos. Es «un cuarto solitario, o más bien una celda, en lo alto de la casa», lo que Victor llama su taller de creación inmunda. Los materiales salen del cuarto de disección y del matadero. No hay ayudante, no hay rayo y Shelley nunca explica cómo se hace: esa elipsis es el motor del libro. La escena entera cabe en una vela consumiéndose una noche de noviembre y un ojo amarillo que se abre.
Así describe Shelley lo que Victor ve al despertar a su criatura:
Su piel amarilla apenas cubría el trabajo de músculos y arterias; el pelo era de un negro lustroso, y suelto; los dientes de una blancura de perla; pero esas exuberancias sólo formaban un contraste más horrendo con sus ojos acuosos, casi del mismo color que las cuencas pardo-blanquecinas en que estaban hundidos, la tez arrugada y los labios negros y rectos.
Mide dos metros y medio, habla mejor que nadie del reparto, es vegetariano por convicción y aprende a leer espiando a una familia por una rendija: sus libros son El paraíso perdido, las Vidas paralelas de Plutarco y el Werther de Goethe. Las localizaciones son concretas: el mar de hielo del Mont Blanc, donde criatura y creador discuten cara a cara; una isla de las Órcadas, donde Victor despedaza a la compañera a medio hacer; y el Ártico, donde el capitán Robert Walton recoge del hielo a un hombre acabado.
De un muñeco ardiendo a los electrodos de Karloff
La primera película es de Edison. Frankenstein se estrenó el 18 de marzo de 1910, la dirigió J. Searle Dawley, medía 975 pies de celuloide y Charles Ogle hacía de criatura con una peluca descomunal. El nacimiento se rodó quemando un muñeco y pasando la película del revés, de modo que el monstruo se forma a partir del fuego. Se dio por perdida durante décadas: el único copión conocido lo compró en los años cincuenta Alois F. Dettlaff, un coleccionista de Wisconsin, y no se supo de él hasta mediados de los setenta. La Biblioteca del Congreso terminó de restaurarla el 15 de noviembre de 2018.
La cara que todos tenemos en la cabeza es de 1931: James Whale, Universal, Boris Karloff y el maquillaje de Jack P. Pierce, con el cráneo cortado a escuadra, los párpados de plomo y dos piezas metálicas en el cuello que son bornes eléctricos, no tornillos de sujeción. El guion no venía de la novela, sino de la obra de teatro de Peggy Webling de 1927. Los aparatos que chisporrotean los construyó Kenneth Strickfaden. Tres comisiones de censura cortaron la frase «ahora sé lo que se siente al ser Dios».
La novia de Frankenstein (1935) es más rara y mejor película. Elsa Lanchester hace dos papeles: la propia Mary Shelley en el prólogo y la novia del final, que aparece unos tres minutos y se lleva el cartel. El peinado vertical con las vetas blancas lo levantó Pierce sobre un armazón de alambre mirando a Nefertiti. Ernest Thesiger guarda homúnculos en tarros de cristal. Karloff se opuso a que la criatura hablara.
Cuando Hammer volvió en 1957 con La maldición de Frankenstein —Terence Fisher, Peter Cushing de barón, Christopher Lee de criatura, el primer Frankenstein en color— no pudo tocar el diseño de Pierce, que era de Universal. Phil Leakey tuvo que inventar una cara que no se pareciera en nada a la de Karloff.
En la película de 1931 hay un Victor, pero no es el científico
Whale le cambió el nombre al protagonista. En la novela es Victor Frankenstein; en la película de 1931 Colin Clive interpreta a Henry Frankenstein, y el nombre Victor se le da a otro personaje: Victor Moritz, el amigo y rival amoroso que hace John Boles. La confusión lleva noventa años viajando.
Con Igor pasa algo parecido y peor. En la novela no existe: Victor trabaja solo. En la película de 1931 el ayudante jorobado se llama Fritz y lo hace Dwight Frye. Ygor, con «y», aparece en 1939 en El hijo de Frankenstein y lo interpreta Bela Lugosi: es un herrero al que ahorcaron por robar cadáveres, sobrevivió con el cuello roto y maneja al monstruo para vengarse del jurado que lo condenó. No es ayudante de laboratorio de nadie. El Igor que todo el mundo cree recordar lo fijó Marty Feldman en El jovencito Frankenstein (1974), pronunciándolo «áigor» y contestando «¿qué joroba?».
Esa película, además, se rodó con los cacharros auténticos: Strickfaden los tenía guardados en el garaje de su casa desde 1931 y se los prestó a Mel Brooks con una condición, que le pusieran en los títulos de crédito. Universal no lo había hecho nunca.
La criatura no ha dejado de trabajar
Kenneth Branagh la devolvió al libro en 1994 con Robert De Niro de criatura. Victor Frankenstein (2015) le dio el punto de vista al ayudante. Y Guillermo del Toro cerró treinta años de intentos con su versión: Venecia el 30 de agosto de 2025, cines el 17 de octubre y Netflix el 7 de noviembre, con Oscar Isaac y Jacob Elordi. Recupera el marco ártico de la novela y esquiva a Karloff a propósito: su referencia visual es el Frankenstein que ilustró Bernie Wrightson en 1983.
Fuera del apellido, el molde está en todas partes. Alguien fabrica algo, lo abandona en cuanto le sale bien y lo fabricado vuelve a pedirle cuentas. Cada vez que una película planta una creación delante de su creador para reprocharle haber nacido, está repitiendo la escena del mar de hielo.















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