Un cirujano con libreta
La primera fuente la escribió un cirujano barbero. Alexandre Olivier Exquemelin, nacido hacia 1645, navegó con los filibusteros de Tortuga y Jamaica, estuvo en el saqueo de Panamá con Henry Morgan y volvió a Ámsterdam a contarlo. De Americaensche Zee-Roovers salió allí en 1678, en casa del librero Jan ten Hoorn, con doce láminas grabadas. Es el acta de nacimiento de toda la iconografía posterior.
Lo mejor no son los abordajes, es la letra pequeña. Exquemelin copia el reparto que la tripulación firmaba antes de zarpar, y ahí el cuerpo humano tiene tarifa: seiscientos pesos de a ocho —o seis esclavos— por el brazo derecho, quinientos por el izquierdo, y todo eso se pagaba antes de repartir el botín. Un pirata con pata de palo no era un chiste gráfico: era un hombre que había cobrado su seguro.
El inglés leyó a los piratas en español
Este es el dato que casi nunca se cuenta. La traducción castellana, Piratas de la América, y luz a la defensa de las costas de Indias Occidentales, la firmó en 1681 el doctor Alonso de Buena-Maison, «español, médico práctico en la amplísima y magnífica ciudad de Ámsterdam», con pie de imprenta de Colonia Agrippina. Y de esa versión española —no del original neerlandés— salió la inglesa de 1684.
O sea: el mundo anglosajón conoció a sus piratas a través de un texto en castellano. Y no era una traducción neutral: añade material y carga la mano contra los ingleses. Por eso Henry Morgan, ya caballero y vicegobernador de Jamaica, denunció por libelo a los editores londinenses William Crooke y Thomas Malthus: ganó doscientas libras y la retirada del pasaje donde usaba monjas y frailes como escudos humanos.
14 de mayo de 1724
El segundo libro es el que fabrica personajes. A General History of the Robberies and Murders of the most notorious Pyrates se publicó en Londres ese día, editado por Ch. Rivington, J. Lacy y J. Stone y firmado por un «capitán Charles Johnson» que nunca ha aparecido. En 1932 John Robert Moore lo atribuyó a Daniel Defoe; hoy se apunta más al impresor Nathaniel Mist. Para 1726 iba por la cuarta edición ampliada. De ahí sale casi todo lo concreto:
- El retrato de Barbanegra grabado por Benjamin Cole y el texto que lo acompaña: tres pares de pistolas «colgando en fundas como bandoleras» y «mechas encendidas bajo el sombrero, que asomaban a cada lado de la cara».
- La bandera de Bartholomew Roberts: él mismo con un sable llameante, de pie sobre dos calaveras rotuladas ABH y AMH, cabeza de barbadense y cabeza de martiniqués. La habría mandado hacer a medida contra las dos islas que habían armado barcos para cazarlo. Conviene decir que lo cuenta Johnson y que ningún documento de la época corrobora esa bandera.
- El primer uso registrado de «Jolly Roger». Johnson se lo oye a Roberts en 1721 y a Francis Spriggs en 1723, y ninguna de las dos banderas llevaba calavera con tibias. Era un apodo para cualquier trapo negro.
- Los artículos de la gente de Roberts, más reglamento doméstico que código de sangre: luces apagadas a las ocho y quien quiera seguir bebiendo que salga a cubierta a oscuras; «los músicos descansarán el domingo, y solo el domingo».
Y conviene decir lo que no hay. Las banderas que hoy se le cuelgan a cada pirata concreto son casi todas invención posterior: la del esqueleto con cuernos que atraviesa un corazón, la que todo el mundo llama de Barbanegra, no aparece en ninguna fuente del siglo XVIII. Se publica en The Mariner's Mirror en 1912 como bandera pirata genérica, sin atribuírsela a nadie, y solo hacia los años setenta empieza a dársele su nombre. De las banderas que Barbanegra usó de verdad únicamente consta lo que escribió un periódico en 1718: trapos negros con calaveras y trapos rojos.
Y las mujeres. En la edición inglesa de 1724, Anne Bonny y Mary Read salen grabadas casi andróginas, con gorro de marinero; en la neerlandesa de 1725, con el pecho descubierto bajo ropa de hombre. Un año de diferencia, y ahí está ya el cine entero que vendría.
El fajín rojo lo puso un ilustrador de Delaware
La tercera fuente es puro invento y es la que más pesa. En agosto y septiembre de 1887, Howard Pyle (Wilmington, 1853 – Florencia, 1911) escribió e ilustró para Harper's Magazine un reportaje en dos entregas titulado «Buccaneers and Marooners of the Spanish Main». Ahí está Walking the Plank. La tabla no sale en Exquemelin ni en Johnson, la práctica es casi con seguridad ficticia, y Pyle la volvió icono de un plumazo. Con Blackbeard Buries His Treasure hizo lo mismo: enterrar el botín era rarísimo, porque se repartía en el acto.
El vestuario tampoco es marinero. Pyle puso fajín rojo, pañuelo a la cabeza, tricornio, pendientes y zapatos de hebilla, y el color lo sacó de la imaginería decimonónica de bandidos y gitanos españoles —el mundo de Spanish Gypsies de Robert Kemm—, no de la ropa de a bordo. Sus alumnos lo propagaron: N. C. Wyeth ilustró en 1911 La isla del tesoro de Scribner's, y ese es el pirata que ya no se ha ido. El recopilatorio Howard Pyle's Book of Pirates lo montó Merle Johnson en 1921, diez años después de su muerte.
De la lámina al fotograma
El pirata negro (1926) es el eslabón exacto. Jackie Coogan contó años después que fue él quien le enseñó a Douglas Fairbanks su libro favorito, el de Pyle, y Fairbanks rodó una lámina en movimiento: tercer largometraje en Technicolor de dos tiras, con una paleta apagada a propósito, tomada de Rembrandt y de los ilustradores —Pyle, Wyeth, Maxfield Parrish—. «No puedo imaginar la piratería sin color», escribió en 1925.
La voz llegó después. Robert Newton, nacido en Shaftesbury (Dorset), exageró su propio acento del West Country para el John Silver de La isla del tesoro (1950) y lo repitió en Blackbeard, the Pirate (1952). Ese carraspeo es hoy «hablar como un pirata», y no viene de ningún pirata: viene de un campesino del suroeste inglés. El 18 de marzo de 1967 abrió en Disneyland Pirates of the Caribbean, la última atracción cuyo diseño supervisó Walt Disney en persona; Marc Davis dibujó los personajes mirando las láminas de Pyle. Treinta y seis años más tarde, la atracción se hizo película.
Lo que se ve ahora
La saga de Piratas del Caribe (2003-2017) devuelve las fuentes casi sin filtro: el Barbanegra de Ian McShane en En mareas misteriosas (2011) lleva mechas encendidas humeándole en la cara, que es la estampa de Cole; que ardan en la barba y no bajo el sombrero, como dice el texto de 1724, ya es cosa del cine. Black Sails (2014-2017) va más lejos y usa el libro de Johnson como reparto: Vane, Rackham, Bonny, Teach.
El resto también apunta ahí. El Royal Merchant que persiguen los Pogues en Outer Banks calca al Merchant Royal real, hundido frente a Land's End el 23 de septiembre de 1641 con cuatrocientas barras de plata mexicana y casi medio millón de reales de a ocho cargados en Cádiz para pagar a los tercios de Flandes. En One Piece cada tripulación tiene su propia Jolly Roger con la marca de su capitán, que es exactamente como funcionaba: no existía «la» bandera pirata, existía la de fulano. Y en El castillo en el cielo (1986), que vuelve a cines este año, Miyazaki se queda con la parte que casi nadie cuenta: los piratas son una familia que reparte y el que da miedo es el hombre del gobierno.

















