Dos poemas sin firma y un tomo de monstruos
El Cantar de los Nibelungos se compuso hacia 1200, probablemente en el entorno de Passau, a orillas del Danubio, bajo el mecenazgo del obispo Wolfger von Erla (1191-1204). Nadie lo firmó. Sobreviven treinta y siete manuscritos y fragmentos, y los tres que mandan son del siglo XIII: el A (Biblioteca Estatal de Baviera, Múnich, Cgm 34), el B (abadía de San Galo, Cod. Sang. 857) y el C (Karlsruhe, Cod. Donaueschingen 63). La UNESCO los inscribió en el registro Memoria del Mundo en 2009.
El poema estuvo desaparecido siglos. En 1755 Jacob Hermann Obereit dio con el manuscrito C, Johann Jacob Bodmer sacó a la luz en 1757 su último tercio y Karl Lachmann publicó en 1826 la edición crítica que fijó el texto. Está escrito en estrofas de cuatro versos largos —la Nibelungenstrophe— pensadas para cantarse, aunque no se ha conservado ni una melodía.
Beowulf va por otro camino: 3.182 versos aliterativos en inglés antiguo, copiados por dos escribas distintos hacia el año 1000 en el llamado Códice Nowell, hoy encuadernado dentro del Cotton MS Vitellius A.xv de la British Library. No viaja solo: va encuadernado con las Maravillas de Oriente, la Carta de Alejandro a Aristóteles, un fragmento de la Vida de San Cristóbal y un Judit incompleto. Alguien reunió a propósito un tomo de monstruos. En el manuscrito, por cierto, el poema no tiene título.
El inventario: lo que se ve, no lo que simboliza
Sigfrido se baña en la sangre de un dragón y queda invulnerable salvo en un punto de la espalda, donde se le posó una hoja de tilo. Lleva la espada Balmung y la Tarnkappe, una capa que da invisibilidad. Al fondo, el tesoro del Rin, que Hagen termina hundiendo en el río para que no lo tenga nadie.
La versión escandinava del mismo héroe —Sigurd— dejó imágenes, y son mejores que cualquier descripción. La roca de Ramsund (Sö 101, Södermanland, Suecia, hacia 1030) cuenta la historia entera dentro del cuerpo serpentiforme del propio dragón: Sigurd apuñala a Fáfnir desde abajo, asa el corazón, se quema el pulgar y, al chupárselo, entiende a los pájaros que le avisan de la traición; al lado, la cabeza cortada de Regin entre sus herramientas de herrero desperdigadas, y el caballo Grani cargado con el oro. El portal de la iglesia de madera de Hylestad (Noruega, tallado hacia 1170, hoy en el Museo de Historia Cultural de Oslo) repite la secuencia en siete escenas y añade la mejor de todas: Gunnar en el foso de serpientes, tocando el arpa con los pies.
Beowulf aporta otro repertorio: la sala Heorot; el brazo de Grendel arrancado y clavado sobre la puerta; la espada Hrunting, que falla en el momento decisivo; la empuñadura de una espada de gigantes que se funde como hielo en la sangre del pantano; Nægling, que se parte; y un dragón que vigila un túmulo. El casco de Sutton Hoo, excavado en 1939 y fechado hacia 620-625, es el objeto real más parecido a lo que describe el poema: cejas con granates incrustados rematadas en cabezas doradas de jabalí, y un dragón que recorre la máscara facial hasta convertir la cara en un animal con las alas abiertas.
Fritz Lang fabrica el molde en 1924
Lang rodó las dos partes en los estudios de Babelsberg, con la ciudad de Worms y el palacio de Etzel levantados a escala, y las estrenó en el Ufa-Palast am Zoo de Berlín: Siegfried el 14 de febrero de 1924 y La venganza de Krimilda el 26 de abril. Casi cinco horas en total (293 minutos), guion suyo y de Thea von Harbou, y una secuencia animada —el sueño del halcón de Krimilda— resuelta por Walter Ruttmann, que poco después firmaría Berlín, sinfonía de una gran ciudad. De ahí sale el molde visual que todavía se copia: el héroe con la espada al hombro, el bosque como decorado geométrico, el dragón como criatura de escala imposible.
La recepción tiene su lado sucio. Goebbels despachó la película en 1924 como «un producto típicamente judío», aunque admitía que «el judío sabe dirigir»; en 1929 ya la llamaba «la cima del logro alemán». Hitler la vio, según su fotógrafo Heinrich Hoffmann, al menos veinte veces.
Hubo remake: Harald Reinl rodó otras dos partes, Siegfried von Xanten (13 de diciembre de 1966) y Kriemhilds Rache (16 de febrero de 1967), con Uwe Beyer de Sigfrido, Karin Dor de Brunilda y Siegfried Wischnewski de Hagen. Coproducción alemana-yugoslava rodada en Islandia, las cuevas de Postojna, la fortaleza de Smederevo, la ciudadela de Spandau y —esto sorprende— la Ciudad Encantada de Cuenca. En 2004, Uli Edel firmó El anillo de los Nibelungos, miniserie rodada entera en Sudáfrica con Benno Fürmann, Kristanna Loken, Alicia Witt, Julian Sands y Max von Sydow; fue la miniserie más vista de la televisión alemana ese año, emitida por Sat.1.
Beowulf tarda mil años en llegar a una pantalla
El poema no interesó al cine hasta muy tarde. El asalto serio llega en 1999, y por partida doble: El guerrero número 13, de John McTiernan, que cruza el poema con el viajero árabe Ibn Fadlan siguiendo la novela Devoradores de cadáveres (Michael Crichton, 1976), y una Beowulf de ciencia ficción con Christopher Lambert. Antes solo estaba Grendel Grendel Grendel (1981), animación australiana contada desde el punto de vista del monstruo a partir de la novela de John Gardner.
- Beowulf y Grendel (2005), de Sturla Gunnarsson, con Gerard Butler, rodada en Islandia.
- Beowulf (2007), de Robert Zemeckis, en captura de movimiento, con guion de Neil Gaiman y Roger Avary, Ray Winstone, Anthony Hopkins, Crispin Glover y Angelina Jolie. 150 millones de presupuesto, 196,4 de recaudación mundial.
- Outlander (2008), con Jim Caviezel: el poema convertido en ciencia ficción de naves estrelladas.
- Beowulf: Return to the Shieldlands (ITV, 2016), con Kieran Bew.
Gaiman y Avary se atrevieron a lo que el poema calla: en su versión, Grendel es hijo de Hroðgar, y el dragón del último acto es hijo de Beowulf, los dos de la misma madre. El monstruo deja de ser el enemigo y pasa a ser la factura.
La vía indirecta, sin embargo, ha movido más cine que todas las adaptaciones juntas. Wagner trabajó en El anillo del nibelungo entre 1848 y 1874 y lo estrenó completo en Bayreuth en agosto de 1876: unas quince horas. Y Tolkien, que en 1936 dio ante la British Academy la conferencia Beowulf: los monstruos y los críticos, se llevó de allí el robo de una copa que despierta a un dragón dormido sobre su oro —Smaug— y la sala Meduseld de Rohan, que es Heorot con otro nombre. Sobre la comparación con Wagner fue seco, en una carta del 23 de febrero de 1961 a sus editores:
Ambos anillos eran redondos, y ahí acaba el parecido.
Dos mil letras que solo existen en una copia a mano
En la noche del 23 de octubre de 1731 se incendió Ashburnham House, en Londres, donde estaba depositada la biblioteca de Robert Cotton. El manuscrito de Beowulf salió vivo, pero con el borde superior y el exterior de cada hoja chamuscados, y desde entonces se ha ido desmigando.
En 1787, el erudito islandés Grímur Jónsson Thorkelin encargó una transcripción completa a James Matthews, empleado del Museo Británico que no sabía inglés antiguo, y sacó otra de su puño y letra, antes de que se perdiera más. En 1815 publicó la primera edición impresa, y lo hizo en latín, con un título que ni siquiera mencionaba a Beowulf. Aquellas dos copias conservan alrededor de 2.000 letras que ya no están en el pergamino. Es decir: cualquiera que hoy lea Beowulf entero está leyendo, en los márgenes, la letra de dos copistas del siglo XVIII. El poema que da de comer a media industria del fantástico depende de una copia hecha a tiempo.
Qué se puede usar y qué no
Los dos poemas son anónimos y medievales, con ocho o diez siglos por delante de cualquier plazo. En España, el texto refundido de la Ley de Propiedad Intelectual da 70 años tras la muerte del autor (art. 26) y 70 años desde la divulgación lícita para las obras anónimas (art. 27); la disposición transitoria cuarta mantiene los 80 años de la ley de 1879 para los autores fallecidos antes del 7 de diciembre de 1987, y el artículo 30 cuenta los plazos desde el 1 de enero del año siguiente. Aquí no hay nada que discutir.
Con las imágenes históricas se aplica la misma regla, una por una. La roca de Ramsund (h. 1030), el portal de Hylestad (h. 1170) y los manuscritos ilustrados del Cantar —como el Códice Hundeshagen, de mediados del siglo XV— son libres por edad. Arthur Rackham, que ilustró el Anillo de Wagner para Heinemann en 1910 y 1911, murió el 6 de septiembre de 1939: le corresponden los 80 años, y su obra es de dominio público en España desde el 1 de enero de 2020.
Lo que no se toca: las películas. Fritz Lang murió en 1976 y Thea von Harbou en 1954, así que Los Nibelungos de 1924 sigue protegida en Europa, y las traducciones modernas del poema —la de Seamus Heaney de 1999, por ejemplo— tienen sus propios derechos, independientes del original. Los diseños de esta colección salen del texto y de la iconografía antigua, no de los fotogramas.




![Single Leaf from an Antiphonary: Initial H[odie nobis] with The Nativity](/img/museo/nibelungos_beowulf-f1109a0441.jpg?w=640)












