Un libro sin firma, una balada sin apellido
La edición más antigua que se conserva de Viaje al Oeste (Xiyouji) es de 1592, la imprimió la casa Shidetang de Jinling y no lleva ninguna firma. El nombre de Wu Cheng'en llegó por un camino torcido: un registro local de Huai'an fechado en 1625 anota que Wu escribió «algo llamado Viaje al Oeste», y fue Hu Shi quien convirtió aquel apunte en atribución. En 1983 David Lattimore señaló lo evidente: la crónica no dice en ningún momento que fuera una novela. Cuando Siruela publicó la primera traducción completa al castellano en 1992, obra de Enrique P. Gatón e Imelda Huang-Wang, la portada decía «Anónimo chino del siglo XVI». Sigue siendo la fórmula más honesta.
La Balada de Mulán es todavía más huérfana. Se compuso bajo la dinastía Wei del Norte (386-535) y el texto más antiguo que ha llegado está dentro del Yuefu shiji, la antología que compiló Guo Maoqian en los siglos XI o XII; la fuente que él mismo cita se perdió. En el poema, al soberano se le llama kehan, kan, junto al título chino de Hijo del Cielo: Mulán sirve a una corte de raíz esteparia, no a un emperador Han de manual. Y no tiene apellido. El «Hua», que significa flor, se lo puso Xu Wei en una obra de teatro del siglo XVI, y de ahí lo heredó todo el mundo, Disney incluido.
El inventario del Rey Mono
Lo que hace grande a Sun Wukong no es su carácter, es su equipo, descrito con una precisión casi de catálogo. El bastón aparece en el capítulo 3: es un pilar de hierro que estaba criando polvo en el tesoro del Rey Dragón del Mar del Este y que, según la novela, había servido a Yu el Grande para medir la profundidad de las aguas durante el diluvio. Lleva un aro de oro en cada punta y una inscripción grabada con su peso, trece mil quinientos jin, casi ocho toneladas. Obedece órdenes: crece, se multiplica y, cuando no hace falta, encoge hasta el tamaño de una aguja y se guarda detrás de la oreja. Ese gesto es de las mejores ideas visuales que ha dado la literatura fantástica.
El resto del inventario: casco con plumas de fénix, cota de malla de oro, botas para caminar sobre las nubes, setenta y dos transformaciones y una voltereta de nube que cubre 108.000 li de un salto. Encima lleva una diadema dorada que le regaló Guanyin y que no se puede quitar. En el capítulo 7 lo meten cuarenta y nueve días en el horno de los ocho trigramas de Laozi para fundirlo; sale entero, con los ojos irritados para siempre por el humo, y esos ojos de fuego y pupilas de oro le permiten ver a través de cualquier disfraz. La novela tiene cien capítulos y el peregrinaje está contado como una cuenta: ochenta y una calamidades, ni una menos.
La calabaza, el talismán y un remolino sorprendentemente moderno
El taoísmo popular aporta a esta colección algo muy útil para un diseño: objetos que funcionan como identidad. A los ocho inmortales se los reconoce sin cara, solo por lo que sostienen. Abanico de plumas para Zhongli Quan, calabaza y muleta para Li Tieguai, flauta para Han Xiangzi, flor de loto para He Xiangu, espada para Lü Dongbin, cesto de flores para Lan Caihe, tambor de bambú para Zhang Guolao y la tablilla de jade de audiencia en la corte para Cao Guojiu. Ocho objetos, ocho personajes. Un juego de estampación entero sale de ahí.
De Fengshen yanyi (Investidura de los dioses), atribuida a Xu Zhonglin y cuya edición más antigua que se conserva la imprimió la casa Shu Zaiyang en Suzhou durante la era Wanli (1573-1620), sale el otro gran arsenal: Nezha y su faja de seda roja, su anillo del cielo y la tierra, sus ruedas de fuego y viento y ese detalle brutal de que, muerto y desmembrado, su maestro Taiyi Zhenren le reconstruye el cuerpo con raíces de loto.
Y una sorpresa: el símbolo del yin y el yang, ese remolino blanco y negro que parece milenario, es tardío. Zhou Dunyi (1017-1073) popularizó un diagrama del Supremo Último hecho de círculos concéntricos; la variante en espiral no aparece hasta los años setenta del siglo XIV con Zhao Huiqian, y la forma que hoy damos por eterna, dos espirales entrelazadas con un punto del color contrario dentro, la fija Lai Zhide (1525-1604). Es más joven que el bastón del Rey Mono.
Cómo llegó todo esto a las pantallas
El primer gran salto es de guerra. Mulán se alista en el ejército (Bu Wancang, estrenada el 16 de febrero de 1939 en el cine Astor de Shanghái) se rodó en la ciudad ocupada y aguantó ochenta y tres días seguidos en cartel: la historia de una mujer que se pone la armadura funcionaba como llamada a la resistencia sin decirlo.
El segundo es de dibujo. Havoc in Heaven (Wan Laiming, Shanghai Animation Film Studio, primera parte en 1961 y segunda en 1964) adapta los primeros capítulos de la novela con unos setenta mil dibujos, mezclando tinta tradicional china y maquillaje de ópera de Pekín. Fue lo último que hizo el estudio antes de que la Revolución Cultural lo cerrara, y su Sun Wukong, de cara roja en forma de corazón, es la imagen que casi todo el mundo tiene del personaje.
Después la cosa se ramifica. En Japón, la serie Saiyūki de Nippon TV (1978-1980) cruzó a Reino Unido como Monkey, con diálogos ingleses de David Weir y la actriz Masako Natsume interpretando al monje Tripitaka, que en el original es un hombre; solo se doblaron 39 de los 52 episodios y los trece restantes esperaron hasta 2004. En 1984 Akira Toriyama arranca Dragon Ball con un niño con cola de mono, un bastón que se alarga y una nube voladora: los tres son de Sun Wukong, empezando por el nombre.
La rama taoísta va por su cuenta: Mr. Vampire (Ricky Lau, 1985), producida por Sammo Hung, convierte al sacerdote taoísta con talismanes de papel amarillo en un icono pop y funda un subgénero entero de cadáveres saltarines; Golpe en la pequeña China (John Carpenter, 1986) saquea ese imaginario para su hechicero Lo Pan y sus Tres Tormentas; y Una historia china de fantasmas (Ching Siu-tung, con Tsui Hark de productor, 1987) adapta «Nie Xiaoqian», un relato de Pu Songling. Luego llegan Mulán de Disney (Barry Cook y Tony Bancroft, 19 de junio de 1998), su remake de 2020, Creation of the Gods I (Wuershan, 2023) y sobre todo Ne Zha (2019) y Ne Zha 2 (Jiaozi, 2025), que con 2.270 millones de dólares es la película de animación más taquillera jamás hecha y viene directa del Fengshen yanyi.
El día que Mulán provocó un motín en Chongqing
Aquella Mulán de 1939 tuvo un final que casi nadie cuenta. Cuando la película llegó a Chongqing en 1940, parte del público estalló contra una frase que se repetía en ella, «cuando sale el sol, alumbra el mundo entero», leyéndola como un guiño al Japón imperial y a su bandera. Hubo protestas en la sala, fue la primera vez que una película china provocó un altercado así, y la cinta quedó prohibida temporalmente hasta que las autoridades la revisaron y permitieron reestrenarla unos meses después.
Merece la pena pararse aquí: la balada original acaba con una imagen que va justo en la dirección contraria a cualquier lectura patriótica limpia. Mulán vuelve a casa, se cambia de ropa y sus compañeros de doce años de campaña no la reconocen. El poema cierra con dos liebres corriendo juntas y una pregunta: cuando van una al lado de la otra, ¿quién distingue cuál es la hembra? Ese es el final. Ni boda, ni condecoración, ni moraleja.
Lo que es libre y lo que no: cuidado con Mushu
Conviene separar dos cosas que se confunden a diario. Los textos son libres: la balada, la novela de 1592, el Fengshen yanyi, los relatos de Pu Songling. Las películas modernas no. Mushu, Li Shang y Shan Yu no existen en la balada, se los inventaron en Burbank y son propiedad de Disney; el diseño de Sun Wukong de Havoc in Heaven es una creación de 1961 con autores concretos; el Nezha de Jiaozi es de 2019. Dibujar «el Rey Mono» es libre. Dibujar ese Rey Mono, no.
Por eso aquí se trabaja desde donde nace la imagen y no desde donde la vimos por última vez: la descripción escrita del bastón con sus dos aros y su inscripción, el atrezzo de los ocho inmortales, la estampa y el grabado antiguos. Sale más raro y se parece menos a un fotograma, que es exactamente lo que se busca.




















