Enero de 1697, diciembre de 1812, mayo de 1835
Charles Perrault (1628-1703) publicó en enero de 1697, en la librería de Claude Barbin de París, Histoires ou contes du temps passé, avec des moralitez. Ocho cuentos en prosa: La bella durmiente, Caperucita Roja, Barba Azul, El gato con botas, Las hadas, Cenicienta, Riquete el del copete y Pulgarcito. El privilegio de impresión, fechado el 28 de octubre de 1696, iba a nombre de Pierre Darmancour, su hijo de diecinueve años. En la corte nadie se creyó la firma.
Jacob (1785-1863) y Wilhelm Grimm (1786-1859) sacaron el primer tomo de Kinder- und Hausmärchen el 20 de diciembre de 1812 en Berlín, en la Realschulbuchhandlung, con 86 cuentos; el segundo llegó en 1815 con setenta más. La colección no se quedó quieta hasta la séptima edición, la de 1857, con 210 textos.
Hans Christian Andersen (1805-1875) empezó el 8 de mayo de 1835 con un cuadernillo de cuatro cuentos que le imprimió C. A. Reitzel en Copenhague: El yesquero, Claus el grande y Claus el pequeño, La princesa y el guisante y Las flores de la pequeña Ida. La sirenita salió el 7 de abril de 1837, en el tercer cuadernillo, a la vez que El traje nuevo del emperador.
El napolitano que llegó primero
Ninguno de los tres inventó nada. La versión escrita más antigua de Cenicienta y de La bella durmiente está en Lo cunto de li cunti, cincuenta cuentos en napolitano de Giambattista Basile (1566-1632) que publicó su hermana Adriana después de muerto él, en dos tomos de 1634 y 1636, bajo el seudónimo Gian Alesio Abbatutis.
Allí la Cenicienta se llama Zezolla y se quita de encima a su primera madrastra con la tapa de un arcón. A la durmiente, Talía, no la despierta un beso: la despierta uno de los dos hijos que ha tenido mientras dormía. Perrault reescribió aquel material para el salón, los Grimm lo recogieron siglo y medio después convencidos de que era alemán, y Matteo Garrone lo devolvió al cine tal cual en Il racconto dei racconti (2015).
Lo que los Grimm fueron borrando entre edición y edición
En el tomo de 1812, quien manda matar a Blancanieves es su madre. En la segunda edición, la de 1819, pasa a ser madrastra: la madre buena muere en el parto y el rey se vuelve a casar. En Hansel y Gretel el arreglo tardó más — la mujer del leñador sigue siendo la madre en 1812 y en 1819, y la palabra madrastra no entra hasta la cuarta edición, 1840.
Los castigos, en cambio, no los tocaron. La reina de Blancanieves termina bailando con unos zapatos de hierro sacados de las brasas con tenazas, en plena boda, hasta caer muerta. Y en Aschenputtel no hay hada madrina ni calabaza: hay un avellano plantado sobre la tumba de la madre y un pájaro blanco que le deja caer el vestido desde las ramas. La zapatilla es de oro. Una hermanastra se corta el dedo gordo del pie y la otra un trozo de talón para que les entre, y dos palomas cantan que hay sangre en el zapato antes de sacarles los ojos a picotazos el día de la boda. La zapatilla de cristal es cosa de Perrault.
La cara se la pusieron los grabadores
El texto no dice cómo es un lobo. Eso lo decidió el grabado del XIX, y por ahí es por donde entra RELIC.
Ludwig Emil Grimm (1790-1863), el tercer hermano, grabador de oficio, firmó las siete láminas de la Kleine Ausgabe de 1825, la selección de cincuenta cuentos que fue la que de verdad vendió. La idea de ilustrar vino de fuera: German Popular Stories (1823), traducción de Edgar Taylor con planchas de George Cruikshank, fue la primera edición ilustrada de los Grimm en cualquier idioma y arrasó en Londres. Los hermanos llegaron a plantearse comprar los grabados de Cruikshank antes de encargárselos a su hermano.
Eugen Napoleon Neureuther (1806-1862) grabó su Bella durmiente al aguafuerte sobre acero en 1836; el ejemplar está en el Cleveland Museum of Art. Gustave Doré (1832-1883) publicó Les Contes de Perrault con Hetzel en 1862, cuarenta planchas a madera de pie: de ahí sale, literalmente, el lobo con cofia metido en la cama. Y Arthur Rackham (1867-1939) cerró la serie con The Fairy Tales of the Brothers Grimm (Constable, Londres, 1909), traducción de Mrs. Edgar Lucas, cuarenta láminas en color y una tirada de lujo de 750 ejemplares firmados a mano.
Dónde se le nota al cine
Maléfica (2014) y Maléfica II (2019) reparten un agravio que en los Grimm es un problema de vajilla: en Dornröschen hay trece mujeres sabias en el reino y sólo doce platos de oro, así que a una la dejan sin invitar. Ese es el motivo del maleficio del huso.
2012 fue el año de las tres Blancanieves. Mirror Mirror, de Tarsem Singh, con vestuario de Eiko Ishioka —ganadora del Óscar por el Drácula de Coppola—, que murió el 21 de enero de 2012, dos meses antes del estreno, y fue nominada a título póstumo. Blancanieves y la leyenda del cazador, de Rupert Sanders, tiró por la armadura y el bosque negro. Y Blancanieves, de Pablo Berger, se rodó muda y en blanco y negro, con la protagonista hecha torera: diez Goyas, mejor película incluida.
Hansel y Gretel: cazadores de brujas (2013), de Tommy Wirkola, convierte la casa de jengibre en escena del crimen y a los hermanos en pistoleros. Después llega el ciclo Disney en carne y hueso: Cinderella (2015), La bella y la bestia (2017) —que no es de Perrault ni de Grimm, sino de Villeneuve (1740) y Beaumont (1756)—, La sirenita (2023) y Snow White (2025).
Y dos que no adaptan pero saquean. En los títulos finales de Labyrinth (1986), Jim Henson reconoce su deuda con la obra de Maurice Sendak: en Outside Over There (1981) unos duendes se llevan un bebé de la cuna y dejan una copia de hielo, que es el niño cambiado de Los duendecillos de los Grimm. Y El laberinto del fauno (2006) no adapta ningún cuento concreto pero funciona con sus reglas —tres pruebas, una comida prohibida, una llave— plantadas en el monte de 1944, con maquis y un capitán franquista.
Un cuento entero recortado con tijeras
Andersen contaba y recortaba a la vez. Mientras hablaba iba dando tijeretazos a una hoja doblada, sin que el público supiera qué estaba saliendo, y desplegaba la figura justo al terminar el cuento. Se conservan alrededor de mil de esos papirklip, la mayoría en el museo de Odense.
El Metropolitan de Nueva York guarda uno: A Fully Cut Fairy Tale, hacia 1864, una hoja de 34,4 por 33,7 centímetros que entró por la colección Elisha Whittelsey en 2012. Es la única imagen de esta colección hecha de su puño por uno de los tres autores.
















