Un pie de página en una biblioteca de Whitby
Abraham Stoker (1847-1912) no era escritor a tiempo completo: gestionaba el Lyceum Theatre de Londres para el actor Henry Irving. En julio de 1890 se fue de vacaciones a Whitby, en la costa de Yorkshire, y el 8 de agosto pidió en la biblioteca del muelle un libro de 1820, An Account of the Principalities of Wallachia and Moldavia, de William Wilkinson, cónsul británico en Bucarest. En una nota a pie de página leyó que «Dracula en lengua valaca significa Demonio».
Sus cuadernos de trabajo lo confirman: la novela iba a transcurrir en Estiria y el villano se llamaba Count Wampyr, tachado y sustituido a mano. Esos papeles están hoy en el Rosenbach Museum & Library de Filadelfia. Stoker no pisó Transilvania nunca, y la palabra «nosferatu» tampoco la trajo de allí: la leyó en Transylvanian Superstitions (1885), de la escocesa Emily Gerard. Drácula salió en mayo de 1897 en Archibald Constable and Company, en tela amarilla con letras rojas, a seis chelines, y sin narrador: son diarios, cartas, telegramas, recortes y cilindros de fonógrafo.
Pelos en la palma de la mano
Harker describe al conde vestido de negro «de la cabeza a los pies, sin una sola mancha de color». Le mira las manos y anota que son anchas, de dedos achatados, con pelos en el centro de la palma y las uñas largas cortadas en punta; le huele el aliento. Días después le ve salir por la ventana del castillo:
«Vi al hombre entero emerger despacio de la ventana y empezar a arrastrarse muro abajo sobre aquel abismo espantoso, boca abajo, con la capa desplegada a su alrededor como grandes alas… igual que un lagarto se mueve por una pared.»
El inventario sigue igual de concreto. Cincuenta cajones de tierra de su castillo, que los cazadores van tachando de una lista uno a uno. El Deméter encallando en Tate Hill Sands con el capitán amarrado al timón y un perro enorme que salta a tierra y desaparece: Stoker copió un naufragio real, el del ruso Dmitry, encallado allí hacia 1885. Llamas azules la víspera de San Jorge sobre los sitios donde hay tesoro enterrado. Renfield, el «paciente zoófago», criando moscas para cebar arañas y arañas para cebar un gorrión. Lucy resucitada, a la que la prensa llama «the bloofer lady» porque así pronuncian «beautiful» los niños. Una hostia consagrada que le quema la frente a Mina.
Y el final, que casi ninguna película respeta: no hay estaca. Harker le abre la garganta con un kukri nepalí mientras Quincey Morris le clava un bowie en el corazón, y el cuerpo se deshace en polvo.
La capa la inventó un escotillón
El conde de Stoker va de negro y con capa, pero el esmoquin de gala y el cuello almidonado en abanico no salen de ahí: salen del teatro. En 1924 el actor irlandés Hamilton Deane montó la primera adaptación autorizada por la viuda y vistió al conde de etiqueta, con una capa negra de cuello altísimo. El cuello tenía función técnica: tapaba la cabeza del actor al salir por un escotillón y hacía que pareciera esfumarse.
John L. Balderston reescribió la obra para Estados Unidos y se estrenó en el Fulton Theatre de Broadway en octubre de 1927 con Béla Lugosi. Universal compró los derechos de la obra de teatro, no de la novela, y por eso el Drácula de Tod Browning (1931) es Lugosi con la capa de Deane. La silueta que sigue vendiendo camisetas es un truco de tramoya.
Wisborg, las ratas y el amanecer
Prana Film la fundaron en 1921 Enrico Dieckmann y Albin Grau, artista y ocultista de la Fraternitas Saturni. Encargaron el guion a Henrik Galeen y la dirección a F. W. Murnau, y estrenaron Nosferatu, eine Symphonie des Grauens el 4 de marzo de 1922 en el Marmorsaal del Zoo de Berlín. No habían comprado los derechos: cambiaron Drácula por Orlok, Harker por Hutter, Mina por Ellen, Renfield por Knock y Londres por la inventada Wisborg.
Grau diseñó decorados, vestuario y ese contrato garabateado con signos enoquianos que firma Knock. Y la película metió en el canon dos cosas que Stoker no escribió: el vampiro muere al amanecer y la peste viaja con las ratas. En la novela el conde pasea a plena luz por Piccadilly, solo que sin poderes. Florence Stoker denunció, Prana quebró durante el pleito y en 1925 el tribunal ordenó destruir negativos y copias. Sobrevivió porque ya se habían vendido copias fuera de Alemania.
De Villarías a Skarsgård
El caso más raro es de 1931. Mientras Browning rodaba de día, George Melford rodaba de noche en los mismos decorados una versión en español, con Carlos Villarías y Lupita Tovar; el equipo veía por la tarde los copiones ingleses y buscaba planos mejores. Se dio por perdida hasta que en abril de 1991 la Cinemateca de Cuba anunció una copia completa en buen estado.
Drácula (1958), de Terence Fisher para Hammer, puso a Christopher Lee en color, con colmillos y sangre. Nosferatu, vampiro de la noche (1979) es Herzog rehaciendo a Murnau con Klaus Kinski, y esta vez el conde ya puede llamarse Drácula: la novela está libre. En Drácula de Bram Stoker (1992), Coppola despidió al equipo de efectos por decirle que aquello exigía ordenador y puso a su hijo Roman a resolverlo con retroproyección, maquetas y dobles exposiciones; Eiko Ishioka ganó el Óscar de vestuario. La sombra del vampiro (2000) juega a que Max Schreck era vampiro de verdad. Van Helsing (2004) convierte al profesor holandés en héroe de acción. El último viaje del Demeter (2023) estira un solo capítulo, el diario del capitán. Renfield (2023) abre metiendo a Nicolas Cage y Nicholas Hoult dentro de los planos de 1931, en blanco y negro. Y el Nosferatu de Robert Eggers (2024) le devuelve a Orlok bigote de noble transilvano y piel de cadáver.
El Drácula sueco que nadie encargó
Del 10 de junio de 1899 al 7 de febrero de 1900, el diario de Estocolmo Dagen publicó por entregas Mörkrets makter, «Los poderes de la oscuridad». Se vendía como Drácula y no lo era: casi el doble de largo, con el conde llamado Draculitz y convertido en jefe de una secta internacional darwinista social que celebra sacrificios y aspira a dominar el mundo. Las tres novias son una sola rubia; en el castillo hay un ama de llaves sordomuda.
En 1900 empezó a salir en Islandia una versión mucho más corta, Makt myrkranna, firmada por Valdimar Ásmundsson (1852-1902) en su periódico Fjallkonan y publicada en libro en agosto de 1901, con un prólogo firmado «B. S.» que insinuaba un vínculo con los crímenes de Jack el Destripador. Durante un siglo se dio por una traducción normal. En 2014 el investigador Hans Corneel de Roos localizó el texto islandés completo y vio que era otra novela; en 2017 el sueco Rickard Berghorn señaló que el islandés venía del sueco. Sigue sin estar claro cuánto sabía Stoker.


















